
Raymond Wilmart de Glymes de Hollebecque nació en Jodoine-Souveraine, en pleno centro de Bélgica, el 11 de julio de 1850. De cuna noble, siendo adolescente decidió dejar el cómodo hogar y una vida de alcurnia y lanzarse a recorrer Europa, alentado por sus simpatías hacia las ideas de la Primera Internacional. Viajaba y trabajaba.
La casualidad hizo que en la ciudad francesa de Burdeos conociera a Laura, la segunda hija de Karl Marx, y a su esposo, el cubano Paul Lafourge, con quienes estableció una relación amistosa y política, ya que lo introdujeron en el comunismo. No pasó mucho tiempo para que conociese al propio Marx, con quien sostuvo un interesante intercambio epistolar. Wilmart se mostró dispuesto a colaborar.
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En Buenos Aires
En 1873, Marx lo envió a la Argentina. Sabría que el diario La Nación había publicado meses atrás que "Marx es el verdadero Lucifer". En nuestro país, se estaba armando una incipiente Asociación Internacional de Trabajadores, que editaba un periódico llamado El Trabajador. El recién llegado, con la obra "El Capital" bajo el brazo y con todo entusiasmo, se incorporó a su comité de administración. El joven Wilmart, de 23 años, instalado en una casa de la calle Chacabuco 296 comenzó su trabajo, tratando de vincular a los gremios de sastres y carpinteros con la Asociación.
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Pronto, fue presa del desánimo. Tal como reproduce Horacio Tarcus, en su "Diccionario de la Izquierda" y en su trabajo Marx en la Argentina, Wilmart se quejaba con el fundador del comunismo, al confesar que "…van mal las cosas por aquí: sillas vacías, falta de buena voluntad (…) No debemos desanimarnos nunca pero hace falta mucha paciencia para soplar siempre sobre las cenizas que no quieren volver a encenderse…"
A comienzos de 1874, le decía a Marx "que había posibilidades (en Argentina) de convertirse en un pequeño patrón" y que esa perspectiva que tenía ante si el trabajador chocaba con lo que preconizaba la Internacional. Decía que las diferencias de clase en el país eran profundas y que no veía con los mejores ojos a los extranjeros.
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Presa del desánimo por la apatía y la falta de respuesta que él esperaba del trabajador, se enlistó voluntariamente en las filas de Lucio Mansilla que estaba peleando contra el caudillo entrerriano Ricardo López Jordán y así pudo conocer, de primera mano, cuál era la situación en el interior del país y la idiosincrasia de sus habitantes.
Sin embargo, de Europa le indicaron viajar a Córdoba para organizar la sección local de la Asociación Internacional de Trabajadores. En esa provincia, su vida terminaría de dar un drástico giro. Ingresó a la Facultad de Derecho, donde se doctoró en forma brillante. Y en esas latitudes conoció a la que sería su esposa, Carlota Correa Cáceres, cuya familia tenía viejas raíces en la alta sociedad local. El matrimonio tendría seis hijos.
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En su faz profesional, fue juez y camarista en Mendoza. A esa altura, ya era propietario de un viñedo en esa provincia y de un campo en San Luis.
¿Y el comunismo? "Lo de acción sin piedad me horrorizaba -escribió años más tarde en la Revista de la Facultad de Derecho- y no lograba conciliar la bondad y dulzura del corazón de Lafargue con la aprobación de esa plan de violencia sin límites".
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En 1899 se desempeñó como profesor de Derecho Romano en la Universidad de Buenos Aires, y en junio de 1900 se dio el lujo de rechazar la tesis "La Miseria en la República Argentina", cuyo autor era un joven estudiante llamado Alfredo Palacios. En ella, exponía las paupérrimas condiciones laborales de los trabajadores y su más que endeble situación en el mercado del trabajo. Se la rechazaron porque violaba la Ordenanza General Universitaria, que prohibía toda palabra injuriosa hacia las instituciones.
Palacios dijo que el rechazo obedecía a que la tesis se basaba en principios socialistas. Wilmart argumentaba: "Alumno Palacios, usted pretende explicar el marxismo desde la perspectiva de la pobreza: esa mirada es católica. El marxismo, joven, se basa en la disputa del proletariado contra el capital". La tesis, según señala Víctor García Costa, biógrafo de Palacios, contiene diversas observaciones manuscritas del propio Wilmart, y muchas de ellas las cerraba con las frase "haga de esta observación lo que quiera".
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Miembro de la élite
Si bien estudiosos del Derecho sostienen que los fallos de Wilmart se caracterizaron por su progresismo, ya había abandonado para siempre aquellos tiempos de militancia comunista. Ejerció la abogacía junto a su socio, el radical Aristóbulo Del Valle, interviniendo en causas importantes. En su momento, los ferrocarriles -en manos inglesas- contaron con sus servicios. En 1931, la facultad lo nombró profesor honorario, una alta distinción que la universidad otorga a la excelencia en la docencia. Era además miembro de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales, autor de libros y, como buen exponente de la oligarquía, socio del Jockey Club.
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A pesar de los años transcurridos, personalidades reconocidas, como José Ingenieros le hacía recordar sus orígenes. Este gran filósofo y médico apuntaba que "el doctor Wilmart en algún momento le dio problemas a la Policía y hoy es un abogado de la élite porteña". Y el propio Palacios escribiría que "en otra época dio algún trabajo a las autoridades francesas por el hecho de haberse declarado socialista".
Wilmart moriría en Buenos Aires en 1937, a los 87 años. Está enterrado en el cementerio de la Recoleta. Una de las placas de la bóveda tiene la leyenda: "Noble jurisconsulto, académico, maestro de Derecho Romano, vindicador de la libertad humana".
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Uno de sus nietos, Raymundo Podestá Wilmart se desempeñó como funcionario en el Ministerio de Economía en la gestión de Martínez de Hoz. Y otro nieto fue Jerónimo Podestá, el obispo de Avellaneda, que en la década del 60 fue uno de los precursores de los "curas obreros", y quien, luego de años de enfrentamientos con la cúpula de la iglesia católica, terminó dejando los hábitos para casarse con su secretaria.
Sin embargo,el último acto de la vida de Wilmart lo realizaría una de sus hijas. Cuando éste murió, por vergüenza quemó la correspondencia que había mantenido con Karl Marx. No halló mejor forma de cuidar la memoria y el honor familiar de aquel padre que dejó este mundo como uno más del establishment porteño pero que, de joven, había cometido un pecado imperdonable que ni el fuego sobre unas cartas pudo borrar.
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