
Lucrecia Grimaldi tiene 37 años, es psicóloga y vive en Palermo. Hasta ahí, nada de particular. Pero "Lulú", así la llaman en su familia, es una sobreviviente. Estuvo al borde de la muerte cuando era bebé y, ya de grande, le salvaron la vida dos veces: durante el embarazo de su primer hijo y hace dos semanas, cuando tuvo que ser trasplantada de riñón. Muy lejos, a más de 7.000 kilómetros, vivía Yanelli Mercado, una mujer que también se había salvado de la muerte: era bebé cuando casi se ahoga en una pileta. Lucrecia y Yanelli jamás se habían visto pero una situación impensada las unió. Yanelli decidió ser su "madre de alquiler" y gestar a los únicos dos embriones congelados que le quedaban a Lucrecia.

Lulú dice "hola" desde lejos. No puede saludar con un beso porque el trasplante la mantiene sin defensas. En el comedor está su mamá, Lucrecia Gordillo, una mujer que vio sufrir tanto a su hija que terminó siendo la donante del riñón. "Cuando tenía un año y medio -explica Lulú- tuve síndrome urémico hemolítico, una bacteria que está en la carne cruda y que ataca a los riñones. Tuve un paro cardiorrespiratorio siendo bebé, me salvaron la vida y quedé con una insuficiencia renal", cuenta a Infobae.
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Tenía 20 años cuando conoció a Pablo Massone y empezaron a salir. Cuatro años después, cuando faltaban seis meses para el casamiento, su nefrólogo dio la sentencia: "Con estos resultados no vas a poder ser madre". "Así que yo lo agarré a Pablo y le dije: 'bueno, yo no te voy a poder dar un hijo, si querés podemos suspender el casamiento", cuenta ella. Lo que él le contestó lo repite ahora, con cierto pudor: "Yo me estoy casando con vos, no con tus hijos".

Cuatro años después de la boda, los análisis dieron mejor: "Y ella estaba bien y mañana no sabíamos. Había dejado de tomar la medicación para intentar embarazarse así que decidimos hacer una fertilización in vitro para no perder tiempo", dice Pablo. Le transfirieron 2 embriones (y otros dos quedaron congelados). Sólo uno prosperó y Lulú arrancó su primer embarazo.
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"Y en la semana 28, que sería el sexto mes de gestación, mi cuerpo ya no podía más, mi riñón estaba colapsando y ya corría mucho riesgo mi vida. La obstetra nos dijo 'tenemos que interrumpir el embarazo'". Jerónimo nació el 18 de diciembre de 2009: tenía que nacer el 12 de marzo de 2010.

Lulú quedó en terapia intensiva y Jerónimo en neonatología. "Se conocieron por fotos, yo le sacaba a él en la neo y se la llevaba a ella a la terapia", dice Pablo. Las enfermeras creían que el bebé no iba a sobrevivir pero tres meses después le dieron el alta. Recién cuando "Jero" tenía dos años descubrieron qué secuelas le había dejado la prematurez extrema: "Parálisis cerebral -dice ella-. Y bueno, había que levantarse y seguir, él nos necesitaba. Cuando yo era bebé y casi me muero también necesité que me cuidaran".
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Fue Carlos Massone, el padre de Pablo, quien hizo un comentario que a Lulú le quedó rebotando. "No me lo voy a olvidar nunca: dijo 'Nada le haría mejor a Jerónimo que tener un hermanito'. La verdad es que yo nunca me olvidé que nos habían quedado dos embriones congelados pero era consciente de que mi cuerpo no iba a resistir otro embarazo", dice. Viendo en televisión lo que había hecho la periodista Marisa Brel y luego Florencia de la V, apareció la respuesta: "es ésto", la maternidad subrogada.

"Para mí en este momento me estaba hablando de un delito, por donde lo mires", se ríe Pablo. La propuesta era viajar a Estados Unidos, ir a una agencia, trasladar los embriones congelados y probar si podían crecer en el vientre de una madre sustituta. Se cruzaron varios temas con implicaciones éticas y legales: en nuestro país, los embriones no se pueden descartar ni donar a otras parejas y hay un vacío legal en cuanto al "alquiler de vientre". Se puede hacer pero para la ley la madre es quien lo pare.
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Los costos eran altos y fueron los padres de Lulú quienes les regalaron el dinero para que sus nietos tuvieran un lugar donde nacer. Viajaron: "No es que te dan un catálogo de mujeres. Sólo ves el nombre, si está en pareja, si ya tiene hijos, a qué se dedica y cuánto cobra. Además, vos podés elegir a alguien pero esa mujer también te tiene que elegir a vos", cuenta Pablo. Conocieron a una, después a otra. Hasta que algo les pasó cuando, vía Skype, conocieron a Yanelli, su marido y su hija.
"Yanelli puso una sola condición antes de conocernos: nos elegía sólo si era por un tema médico, si era una mujer que no quería llevar un embarazo por estética, no. Ella quería cambiarle la vida a alguien, me lo dijo: yo quiero ser una heroína para alguien. Yo consideré que el dinero que ella iba a recibir por esa decisión también iba a cambiar su vida, la iba a ayudar a tener una casa, que era lo que ella necesitaba", dice Lulú. Y lo explica porque hay quienes plantean que el alquiler de vientre debe ser un acto desinteresado entre seres queridos y sin dinero de por medio para evitar la explotación de la mujer.
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"Yo no estoy de acuerdo con que ésto deba ser un acto altruista: ella iba a cambiar la vida de mi familia, ¿por qué no voy a poner de mi parte para hacer lo mismo con la familia de ella?", sigue. Averiguaron todo: de los 100 mil dólares que costaba el procedimiento completo (incluídos abogados, médicos, pasajes, estadía), 40 mil dólares iban a ser para Yanelli.
Lo que siguió fue la entrada a un mundo de ciencia ficción que Lulú, que había sido dueña de un jardín de infantes, y Pablo, que era gerente de marketing en una empresa, desconocían. Trasladaron los embriones en un tubo de nitrógeno en un courrier especializado en traslado de órganos y en noviembre de 2013, los transfirieron al cuerpo de Yanelli.
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El margen de error era altísimo: si Yanelli no quedaba embarazada era probable que Lulú ya no pudiera estimularse con hormonas para generar otros embriones. Pasaron dos semanas largas y un domingo a las tres de la tarde recibieron un mensaje desde Miami: "We are pregnant". Estamos (en plural) embarazadas. "En ese momento conocí lo que es temblar antes del llanto, como dice el tango", escribió luego Pablo en el libro "Casa alquilada: un lugar donde nacer".
La primera ecografía dijo el resto: los dos embriones habían prendido. Iban a tener mellizos. "¿Miedos? Todos, tus hijos se están gestando a 7.000 kilómetros de donde estás vos y no sabés si la mamá sustituta come bien, a dónde va, si hace reposo, si toma la medicación. Tenés que confiar, tenés que aprender a ser mamá sin tener todo bajo control", dice Lulú. Siguieron el embarazo desde Buenos Aires, a través de videos y de charlas por Skype. Y cuando Yanelli estaba en la semana 34 de gestación, los llamaron: "Tómense un avión y vengan, pueden nacer en cualquier momento".
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La escena del parto, en el Memorial West Hospital, en Miami, no se parece a otras: mientras Yanelli pujaba, Lulú le sostenía la mano y le hablaba para tranquilizarla. "Estábamos las dos juntas de la mano, yo ayudándola a ella a que nacieran Juana y Olivia, mis hijas. Fue muy emocionante, después corté el cordón. Más tarde, cuando fuimos a la habitación, no tuve necesidad de estar sola con las nenas, al contrario, de alguna manera ella también es la mamá de mis hijas y yo quería compartir ese momento con ella". Al principio, Yanelli no se animó a alzarlas, al día siguiente incluso ayudó a alimentarlas.

A los tres días y después de haber presentado los papeles en donde constaba que Yanelli era la madre gestante y ellos los padres biológicos, se fueron de alta. "Antes de volver a la Argentina, nos fuimos a cenar con Yanelly y su familia, para despedirnos. Desde aquel momento ella es parte de nuestra familia, es la mujer que nos cuidó durante nueve meses a nuestros hijos como si fueran de ella, es la mujer que les dio la vida, que permitió que existieran", dice Lulú.
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Lo que dice, se ve: en el Facebook, Yanelly ve crecer a las nenas, comenta sus fotos y sabe que el año que viene tienen pensado volver a Estados Unidos, todos, a visitarla. Volverán como lo que son ahora: una familia con trillizos de distinta edad y con una idea amplia, mucho más amplia, acerca de qué significa ser madre.
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