
El lugar donde una persona vive puede dejar marcas que van más allá de su casa, su rutina o el trayecto al trabajo. Un estudio realizado en Estados Unidos encontró que residir en barrios con mayor desventaja socioeconómica se asocia con un cerebro que aparenta más edad, menor volumen cerebral y más señales de daño vascular en resonancias magnéticas.
La investigación, publicada en Radiology, analizó 2.826 estudios de imágenes cerebrales de personas de entre 18 y 96 años. Los resultados abren una discusión que excede a la medicina individual: el entorno social y económico de un barrio también podría estar vinculado con la salud del cerebro.
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El trabajo fue desarrollado por investigadores de la Universidad de Wisconsin, que revisaron resonancias realizadas entre enero y junio de 2024 en hospitales universitarios y centros de salud asociados. La muestra incluyó a 1.094 hombres y 1.732 mujeres, con una edad promedio de 53 años.
Las imágenes detectaron cerebros que aparentaban mayor edad
Uno de los principales indicadores que estudiaron los especialistas fue la brecha de edad cerebral. El concepto compara la edad cronológica de una persona con la edad que parece tener su cerebro según un modelo basado en resonancias magnéticas.
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Una brecha elevada indica que el cerebro se ve más envejecido de lo esperado para la edad real del paciente. Los residentes de los barrios con mayores privaciones económicas mostraron una diferencia ajustada de 2,72 años en la comparación nacional con quienes habitaban en áreas menos desfavorecidas. Cuando la referencia fue estatal, la diferencia llegó a 3,02 años.
Los datos no implican que cada persona que vive en una zona con dificultades económicas tendrá un cerebro más envejecido. Sin embargo, la asociación se mantuvo después de que los investigadores ajustaran los resultados por edad y sexo.
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“El lugar donde vivís deja una huella medible en tu cerebro”, afirmó John-Paul J. Yu, profesor asociado de radiología, psiquiatría, ingeniería biomédica, bioestadística e informática médica de la Universidad de Wisconsin, en declaraciones difundidas por la Sociedad Radiológica de Norteamérica.
El barrio fue medido a través de ingresos, empleo y condiciones de vivienda
Para analizar las características de cada zona, el equipo utilizó el Índice de Privación de Área (ADI, por sus siglas en inglés). Esta herramienta asigna una puntuación a cada área geográfica a partir de 17 variables vinculadas con ingresos, nivel educativo, empleo y condiciones habitacionales.
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El índice se basa en el código postal de residencia y en datos de la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense de 2023. No evalúa la economía personal de cada participante ni permite determinar cómo vive cada familia en particular. En cambio, busca retratar las desigualdades acumuladas de un área determinada.
Esta distinción es central para interpretar el estudio. Los autores no afirman que la responsabilidad recaiga en las decisiones individuales de los habitantes de un barrio. El foco está puesto en condiciones territoriales que pueden incluir dificultades para acceder a atención médica, espacios verdes, alimentos saludables, transporte, descanso adecuado o empleos estables.
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La investigación excluyó a personas que ya presentaban signos radiológicos de enfermedad. De esa manera, el análisis se concentró en una población clínica sin lesiones visibles que explicaran por sí solas los cambios observados en el volumen cerebral.
El volumen cerebral también fue menor en las zonas más privadas de recursos
Además de la brecha de edad cerebral, las resonancias mostraron un volumen total del cerebro menor entre los habitantes de los barrios con mayor nivel de privación. En la comparación nacional, la diferencia fue de 6,33 mililitros normalizados; a nivel estatal, llegó a 7,46 mililitros.
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Para realizar estas mediciones, los investigadores normalizaron los valores de acuerdo con el volumen intracraneal. El objetivo fue evitar que las diferencias naturales del tamaño de la cabeza entre las personas alteraran la comparación de las imágenes.
El volumen cerebral puede variar por múltiples motivos, entre ellos la edad, enfermedades neurológicas, factores cardiovasculares, hábitos de vida y antecedentes personales. Por eso, el estudio plantea una asociación con el entorno barrial, pero no identifica una causa única.
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El resultado se suma a investigaciones anteriores que ya habían vinculado la desventaja del vecindario con un menor volumen de tejido cerebral. Otro estudio publicado en 2020 en JAMA Neurology, que incluyó a 951 personas sin deterioro cognitivo, también encontró menor volumen cerebral total y del hipocampo en quienes vivían en las zonas más desfavorecidas.
Las resonancias mostraron marcas relacionadas con el daño de pequeños vasos
El tercer hallazgo se concentró en las hiperintensidades de la sustancia blanca. Son áreas que aparecen más brillantes en una resonancia magnética y suelen relacionarse con alteraciones de los vasos sanguíneos pequeños que irrigan el cerebro.
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Los participantes que residían en los sectores con mayores carencias tuvieron un volumen más alto de estas hiperintensidades. Según los autores, esas marcas pueden reflejar el impacto de factores como la hipertensión, la falta de sueño, el estrés persistente y otros riesgos cardiovasculares.
“Las hiperintensidades de la sustancia blanca son, en esencia, las huellas del daño cardiovascular en el cerebro”, explicó Yu. Un mayor volumen de estas lesiones se ha asociado en estudios previos con problemas de memoria, deterioro cognitivo y mayor riesgo de demencia.
El análisis también halló que, en los barrios más desfavorecidos, estas alteraciones vasculares se relacionaban con una reducción más pronunciada del volumen en el núcleo caudado y la corteza prefrontal dorsolateral. Ambas regiones participan en funciones como la motivación, la planificación y la toma de decisiones.
El trabajo no demuestra que el barrio cause cambios cerebrales
Pese a los resultados, los investigadores remarcan límites importantes. El estudio tuvo un diseño retrospectivo y transversal, es decir, revisó imágenes y datos de un período específico sin seguir a los mismos pacientes durante años. Por eso, los resultados muestran una relación estadística, pero no prueban que el barrio sea la causa directa de los cambios cerebrales.
También hay variables que no fueron medidas de manera directa, como la dieta, la actividad física, la escolaridad individual, la presión arterial, los tratamientos médicos o el tiempo que cada persona llevaba viviendo en ese lugar. Cualquiera de esos factores podría intervenir en los resultados.
Además, los datos proceden de un centro académico y sus instituciones asociadas en Wisconsin, por lo que no representan de forma automática a toda la población estadounidense ni pueden trasladarse sin más a otros países.
Aun con esas limitaciones, el equipo sostiene que el contexto territorial debería tenerse en cuenta en la investigación médica, la prevención y la planificación de políticas públicas. El estudio propone mirar la salud cerebral junto con factores ya conocidos, como la edad, la genética, el tabaquismo, la hipertensión y la actividad física.
“Las condiciones en las que las personas nacen, viven, trabajan y envejecen influyen de forma profunda en su salud neurológica a largo plazo”, señaló Yu. Los autores plantean que futuras investigaciones deberán seguir a las personas durante períodos más extensos e incorporar datos cardiovasculares, clínicos y sociales para entender mejor los mecanismos detrás de esta relación.
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