
La magnetorrecepción en abejas apareció en casi el 90% de más de 120 especies analizadas en un estudio publicado en Science Advances. El trabajo explicó que esa capacidad no sería exclusiva de las especies sociales y que podría anteceder al origen de las abejas como grupo.
Desde fines de los años setenta se sabe que las abejas melíferas poseen magnetorrecepción, es decir, la capacidad de detectar el campo magnético terrestre y usarlo para ubicarse en el espacio. Lo que no estaba claro era si esa facultad era exclusiva de las especies sociales o si estaba más extendida entre los insectos.
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Las abejas melíferas usan ese sentido de un modo preciso: las obreras regresan a la colmena tras recolectar polen y comunican la ubicación de las flores mediante una danza alineada con el campo geomagnético.
Esa función llevó a los investigadores a suponer que la magnetorrecepción estaba ligada a la vida en colonia. Fuera de las abejas melíferas, solo otras cuatro especies habían sido identificadas con propiedades magnéticas desde 1977.

Cómo se hizo el estudio
La investigación estuvo a cargo de Laura Russo, profesora asistente de ecología y biología evolutiva de la Universidad de Tennessee, junto con Dustin Gilbert, profesor asociado del Departamento de Ciencia e Ingeniería de Materiales, y Anne Murray, profesora investigadora en ecología y biología evolutiva de la misma institución.
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Para detectar propiedades magnéticas, el equipo recolectó especímenes de distintas familias de abejas, los deshidrató y los procesó hasta obtener polvo. Luego lo midió con un magnetómetro, un instrumento que cuantifica la respuesta magnética de una muestra.
La familia estudiada incluyó especies sociales y solitarias dentro del grupo Apidae, que reúne a las abejas melíferas y a otras como las abejas chimenea, que anidan en solitario.
Los resultados descartaron la idea inicial del equipo. “Primero muestreamos miembros sociales y solitarios de la familia Apidae, que incluía todas las especies previamente reportadas como ferromagnéticas. Originalmente creímos que solo las especies sociales serían magnéticas, pero el ferromagnetismo estaba bien representado en las especies solitarias también. Tuvimos que ampliar el alcance de nuestras hipótesis", afirmó Russo, según el comunicado de prensa de la Universidad de Tennessee.
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Qué encontraron los investigadores
La señal magnética no fue uniforme entre todas las especies. Las abejas de mayor tamaño corporal mostraron respuestas más intensas, al igual que las especies más sociales y las que anidan en cavidades, en comparación con las que construyen sus nidos bajo tierra.
Aun así, el magnetismo apareció en todos los grupos analizados: abejas diurnas y nocturnas, machos y hembras, especies solitarias, sociales y cleptoparásitas, cuya estrategia reproductiva consiste en depositar huevos en nidos ajenos sin construir los propios.
Ante la falta de un único factor explicativo, el equipo amplió el análisis hacia grupos evolutivamente más antiguos. Al incorporar avispas y otros insectos, encontró que aproximadamente el 90% de casi 300 especies de avispas también presentaba ferromagnetismo.
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Un origen anterior a las abejas
Según el estudio, esa distribución amplia de partículas magnéticas sugiere que la capacidad de magnetorrecepción surgió antes de que las abejas existieran como grupo diferenciado, hace unos 150 millones de años.
“En conjunto, esto sugiere que la magnetorrecepción es un sentido que se remonta más atrás en el árbol evolutivo y continúa proporcionando una ventaja desconocida”, afirmó Gilbert, según el comunicado de prensa de la Universidad de Tennessee.
“Si bien la teoría predominante es que los insectos usan la visión para navegar, nuestros datos sugieren que el magnetismo también puede tener un papel, probablemente en la navegación de corto alcance. Pero aún no sabemos con certeza por qué usan los campos magnéticos ni por qué parecen haberlos conservado durante 150 millones de años", completó.
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Qué sigue sin saberse
Los autores advirtieron sobre los límites de las conclusiones. Medir partículas ferromagnéticas en tejido seco no equivale a demostrar que los animales vivos utilicen esas partículas para orientarse. La magnetorrecepción es uno de los sentidos más difíciles de estudiar en condiciones controladas, entre otras razones porque probablemente no sea el sentido dominante incluso en los organismos que sí lo poseen.
El estudio tampoco identifica el mecanismo biológico preciso por el que operaría ese sentido en las abejas. El trabajo concluye que la señal magnética no estuvo concentrada en una sola región del cuerpo en ninguna de las especies analizadas. El mesosoma, la región central del tórax, tendía a acumular mayor cantidad de material magnético, aunque el abdomen también registraba señales fuertes.
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Esa distribución es consistente con la hipótesis de la magnetita, un mineral de óxido de hierro capaz de responder a campos magnéticos, aunque descarta otras teorías que postulaban la participación exclusiva de proteínas sensibles a la luz en los ojos.
Los próximos pasos, según el comunicado de prensa de la Universidad de Tennessee, apuntan a experimentos con organismos vivos para determinar si esas estructuras magnéticas funcionan como brújulas internas en condiciones naturales.
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