
La obesidad se consolida como uno de los principales desafíos de salud pública a nivel internacional. Según las últimas cifras divulgadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2022 más de 1.000 millones de personas en todo el mundo eran obesas, abarcando a 650 millones de adultos, 340 millones de adolescentes y 39 millones de niños, siendo que en 2021 el índice de masa corporal (IMC) por encima de lo óptimo contribuyó a 3,7 millones de muertes por enfermedades no transmisibles, según detalla el organismo.
Aunque los fundamentos de este fenómeno son conocidos, persiste una gran incógnita: ¿informar a las personas sobre su riesgo genético de obesidad puede ayudar realmente a cambiar sus hábitos y controlar el aumento de peso? Hasta ahora, los programas de prevención y estrategias públicas han privilegiado recomendaciones generalizadas, dejando muchas veces de lado las particularidades de cada individuo.
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Lo cierto es que, según destacan los expertos, conocer el propio riesgo genético, por sí solo, no genera cambios consistentes en los hábitos ni tiene un impacto significativo en la reducción del exceso de peso. En ese sentido, un estudio internacional realizado por científicos de la SWPS University (Universidad de Ciencias Sociales y Humanidades SWPS, con sede principal en Varsovia, Polonia) y publicado en la revista Obesity Reviews, demuestra que la clave para lograr transformaciones reales está en el acompañamiento personalizado y sostenido a largo plazo.

La obesidad, definida por la OMS como una enfermedad crónica de múltiples recaídas derivada de la interacción de factores genéticos, neurobiológicos, conductuales y del entorno, afecta ya al 16% de los adultos en el planeta.
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“En las últimas décadas, la obesidad ha aumentado como resultado del desarrollo socioeconómico y de cambios en la alimentación, el nivel de actividad física y las normas sociales”, destacan desde el máximo ente sanitario internacional.
Ante esta realidad, el equipo del proyecto BETTER4U advierte que la epidemia de obesidad surge de la interacción entre factores ambientales, psicosociales, fisiológicos y genéticos. Aunque la predisposición hereditaria tiene peso, “los resultados de las investigaciones sobre el estilo de vida demuestran claramente que los genes no determinan nuestro futuro de manera inevitable”, enfatizaron los autores en el comunicado de prensa.

Mantener una alimentación equilibrada y actividad física regular sigue siendo el factor decisivo para reducir riesgos como la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares.
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Conocer el riesgo no siempre es suficiente
El estudio revisó sistemáticamente más de 2.000 publicaciones y seleccionó finalmente 23 ensayos controlados aleatorizados, con 18 intervenciones y casi 8.000 participantes. A partir de este análisis, los investigadores advirtieron los límites de basar las estrategias solo en la comunicación del riesgo genético.
“Sin apoyo adicional, proporcionar a los pacientes información sobre su perfil genético normalmente no conduce a cambios duraderos en el peso, los hábitos alimentarios o los niveles de actividad física”, explicó Zofia Szczuka, psicóloga del CARE-BEH Center for Applied Research on Health Behavior and Health en el Institute of Psychology de SWPS University, y primera autora del trabajo.
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Esta conclusión coincide con teorías previas sobre el impacto limitado de las intervenciones comunicativas centradas únicamente en el riesgo. Estos enfoques logran cuando mucho cambios transitorios, e incluso pueden ser contraproducentes. El estudio indica que “las personas con ‘buenos genes’ pueden desarrollar una falsa sensación de seguridad y terminar haciendo elecciones alimentarias menos saludables o descuidando la actividad física".
En cambio, para quienes enfrentan un alto riesgo hereditario, comunicar ese dato puede activar una mayor motivación para actuar, pero “los efectos positivos, como la reducción efectiva de peso, se observaron principalmente cuando la comunicación se acompañó de un programa profesional e intensivo de apoyo que incluyó metas claras, seguimiento del progreso, devolución de resultados y soporte social”.
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Personalización y acompañamiento: la clave de los resultados sostenibles
“Las intervenciones tienen que personalizarse, no solo según los genes, sino también con base en planes de acción y metas específicas. Los mejores resultados se alcanzan con programas complejos de al menos 12 meses, que articulan la comunicación sobre el riesgo genético con técnicas para modificar la conducta", puntualizó Szczuka.

Según se detalla en el estudio, la eficacia depende fundamentalmente del acompañamiento psicológico sólido y continuo: “La información sobre el riesgo genético solo motiva cuando el paciente recibe un plan detallado de acción y apoyo continuado para modificar sus hábitos”.
El equipo subraya que la comunicación eficaz debe impactar en el conocimiento, en las emociones y en la percepción de control del paciente. Este abordaje facilita la adopción y la automatización de decisiones saludables día a día.
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El trabajo concluye que, en ausencia de estos factores, el simple acceso a información genética carece de impacto sostenido sobre el estilo de vida y el peso corporal.
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