
El aroma del chocolate suele asociarse con el placer de comer un postre, no con la exigencia de una sala de musculación. Sin embargo, un equipo de la Universidad de Malaya observó que oler cacao antes y durante un entrenamiento de fuerza aumentó la cantidad de repeticiones sin que los deportistas sintieran que trabajaban más duro.
El hallazgo se enmarca en una línea de investigación que explora cómo las señales sensoriales, en este caso los olores, influyen en el rendimiento físico y en la percepción de hambre. Hasta ahora, muchos estudios se habían centrado en cómo el ayuno, el desayuno o los suplementos energéticos afectan la capacidad para entrenar fuerza.
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La incógnita pendiente era si la sola exposición a un olor alimentario, sin ingerir ninguna comida, podía modificar tanto el apetito como el rendimiento durante el ejercicio de resistencia. En esta nueva investigación, el equipo comparó el efecto de distintos tipos de chocolate frente a un control sin olor y analizó cómo cambiaban el hambre, la sensación de saciedad y el volumen total de trabajo realizado en una tarea de extensión de piernas.
Con esto en mente, científicos de la Facultad de Ciencias del Deporte y del Ejercicio de la Universidad de Malaya realizaron un ensayo con hombres jóvenes entrenados, en ayunas nocturnas, que respiraban aromas de chocolate oscuro, chocolate con leche o agua antes de hacer un ejercicio de piernas. Los resultados, publicados en la revista Frontiers in Physiology, mostraron que quienes olieron chocolate pudieron completar más repeticiones que con el control sin olor y reportaron cambios en la percepción de hambre y plenitud.
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“Exponer a hombres moderadamente entrenados a olores de chocolate justo antes y entre series de ejercicio de resistencia aumentó de manera significativa su volumen total de entrenamiento sin elevar la percepción de esfuerzo”, explicaron en el comunicado de prensa divulgado en Frontiers. El estudio se llevó a cabo con 23 varones jóvenes, sanos y habituados al entrenamiento de fuerza, que acudieron al laboratorio después de al menos 10 horas sin comer.
Cada uno participó en varias sesiones, en un diseño aleatorizado y doble ciego, donde recibía uno de tres estímulos olfativos: una solución de chocolate oscuro con 90% de cacao, chocolate con leche con 60% de cacao o agua como control inodoro.
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Los participantes realizaron extensiones de pierna en máquina a una carga equivalente al 80% de su máximo de 10 repeticiones, con descansos fijos entre series. Antes del ejercicio y durante las pausas, el equipo evaluó el hambre, la sensación de plenitud, el deseo y la intención de comer, así como el agrado que producía el olor. Según se detalla en el estudio, la condición asignada “afectó de manera significativa el número total de repeticiones y de series completadas”, mientras que la escala de esfuerzo percibido se mantuvo similar entre condiciones a pesar del aumento de trabajo.
Uno de los hallazgos centrales del ensayo fue la diferencia entre los dos tipos de chocolate. El aroma de chocolate oscuro se asoció con una supresión del apetito. En comparación con el agua y con el chocolate con leche, los hombres que olieron chocolate con 90% de cacao reportaron menos hambre, menor deseo e intención de comer y una mayor sensación de plenitud antes de comenzar el ejercicio. Indicaron que este estímulo se comportó como una señal aprendida de un alimento “rico, amargo y altamente saciante”, que “engañó al sistema hacia un estado anticipatorio de llenura”.
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En paralelo, el aroma de chocolate con leche generó un perfil distinto. Quienes recibieron la solución con 60% de cacao calificaron ese olor como más agradable que el chocolate oscuro o el agua, pero no mostraron cambios consistentes en las medidas de hambre o saciedad antes del entrenamiento. Según explicó el equipo en el comunicado, la fragancia más dulce se comportó como una clave de recompensa hedónica, al crear un entorno sensorial muy placentero, en lugar de modificar de forma clara las señales básicas de hambre.
Más allá de las diferencias subjetivas, ambos tipos de chocolate se asociaron con mejoras en el rendimiento. Según se detalla en el estudio, la exposición al aroma de chocolate con 90% de cacao se relacionó con “18 repeticiones más en promedio” en las extensiones de pierna frente a la condición control con agua, mientras que el chocolate con leche aportó “unas nueve repeticiones adicionales” respecto del control. Además, los participantes completaron alrededor de una serie más bajo la condición de chocolate oscuro que en las otras sesiones. Estas mejoras se produjeron sin aumentos en la escala Borg de esfuerzo percibido, lo que sugiere que los sujetos no sintieron que el ejercicio fuera más exigente a pesar del mayor volumen total.
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Hambre, saciedad y rendimiento bajo ayuno
El trabajo se inscribe en una línea de investigaciones que vincula la percepción de hambre con el desempeño en ejercicios de resistencia. Estudios previos del grupo de Mohamed Nashrudin bin Naharudin habían mostrado que saltar el desayuno reduce las repeticiones en entrenamientos de fuerza y se acompaña de mayor hambre, mientras que un desayuno, incluso cuando parte de su efecto es placebo, tiende a aumentar la sensación de saciedad y a mejorar el rendimiento. En ese contexto, el nuevo estudio buscó explorar si un estímulo olfativo podía modular esas sensaciones sin aportar calorías.

Los análisis realizados por el equipo, descritos en detalle en el artículo científico, mostraron que niveles más bajos de hambre y mayor plenitud antes del ejercicio se asociaron con mejor rendimiento dentro de cada participante. Según se detalla en el estudio, el hambre preejercicio se vinculó de manera inversa con el número total de repeticiones y de series, mientras que la sensación de llenura se relacionó de forma positiva con esos mismos parámetros. No obstante, los autores aclararon que los modelos estadísticos exploratorios “no permitieron confirmar de manera concluyente” que la supresión del apetito mediara de forma directa el efecto del chocolate sobre el rendimiento.
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En el comunicado institucional, el equipo señaló que la respuesta al chocolate oscuro puede interpretarse dentro del marco de las “respuestas de fase cefálica”, es decir, cambios anticipatorios del organismo frente a señales sensoriales de alimentos. Estas respuestas incluyen modificaciones en hormonas relacionadas con el apetito, como la grelina y péptidos intestinales que regulan la saciedad, aun antes de que se ingiera comida. Según explicaron en el comunicado de prensa, el olor del chocolate amargo podría haber activado, a partir de asociaciones aprendidas, una expectativa de consumo de un alimento muy saciante y haber desplazado de forma transitoria la balanza subjetiva desde el hambre hacia la sensación de estar más lleno.
Olores de alimentos como herramienta no nutritiva
Una característica del estudio es que los participantes realizaron todas las sesiones en estado de ayuno, con al menos 10 horas sin comer y bajo condiciones de laboratorio controladas. Para los autores, esto vuelve relevante el hallazgo de que un estímulo olfativo sin aporte energético pueda asociarse con más repeticiones en un ejercicio exigente y con menores sensaciones de hambre. El trabajo concluye que los “olores relacionados con el chocolate pueden ofrecer una estrategia no nutritiva para apoyar el entrenamiento de fuerza en ayunas”, aunque subraya que se trata de evidencia preliminar que requiere confirmación.
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El uso de olores como herramienta para modular el rendimiento físico ya cuenta con antecedentes con otros aromas, como la menta, que se relacionó con mejoras en tareas motoras y cognitivas. En este caso, la novedad radica en la combinación de un olor de alimento muy familiar, como el chocolate, con medidas sistemáticas de apetito y desempeño en ejercicio de resistencia. “No creemos que el chocolate sea completamente único, aunque representa una señal alimentaria con asociaciones de recompensa muy fuertes y ampliamente reconocidas”, señaló Nashrudin, asistente de profesor en la Facultad de Ciencias del Deporte y del Ejercicio de la Universidad de Malaya, según el comunicado de prensa. El equipo añadió que otros alimentos fuertemente vinculados con la saciedad podrían mostrar efectos similares, siempre que la persona perciba el olor como familiar y no lo considere desagradable.
El propio diseño del estudio introduce, no obstante, varios puntos de cautela. Los autores indicaron que no midieron hormonas, actividad autonómica ni respuestas cerebrales, por lo que los mecanismos biológicos permanecen como hipótesis. Además, el control con agua era inodoro, lo que pudo facilitar que algunos participantes identificaran esa condición como la de referencia y ajustaran sus expectativas. En el texto científico se reconoce también que la muestra se limitó a hombres jóvenes entrenados en ejercicios de fuerza, lo que restringe la extrapolación a mujeres, personas mayores u otros tipos de deportistas.
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A pesar de esas limitaciones, el trabajo propone un escenario en el que señales tan cotidianas como un olor de comida podrían modular la experiencia del entrenamiento en contextos de restricción calórica o ayuno intermitente. Según se detalla en el estudio, exposiciones breves y repetidas de 30 segundos antes y entre series ya resultaron suficientes para modificar las valoraciones subjetivas de hambre y agrado, así como el volumen total de trabajo en la tarea de extensión de piernas. El equipo plantea que futuros ensayos deberían evaluar otros tipos de ejercicio, incluir grupos más diversos y combinar cuestionarios con mediciones fisiológicas para aclarar cómo integra el organismo estas señales olfativas durante el esfuerzo.
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