
El tiempo no siempre se siente igual. Hay días que parecen eternos y otros que pasan sin dejar huella. Un estudio reciente de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) aporta una explicación desde la neurociencia: la dopamina, un neurotransmisor clave del cerebro, puede modificar la forma en que organizamos los recuerdos y, con ello, la manera en que percibimos el tiempo.
Según la investigación, esta sustancia —conocida por su papel en el placer y la recompensa— también interviene en la segmentación de las experiencias. Es decir, ayuda a dividir lo que vivimos en “bloques” diferenciados. Cuando algo cambia o resulta novedoso, la dopamina actúa como una señal que marca un antes y un después, haciendo que esos momentos se perciban más distantes entre sí en la memoria.
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Cómo el cerebro organiza lo que vivimos
A diferencia de una grabación, la memoria humana no almacena los hechos de manera continua ni exacta. En lugar de eso, selecciona y ordena la información en función de su utilidad.
El equipo de psicología de la UCLA, liderado por Erin Morrow y David Clewett, investigó cómo el cerebro transforma una experiencia continua en fragmentos más manejables. Este proceso ocurre gracias a lo que los científicos llaman “límites de evento”: puntos de cambio que separan una situación de otra.
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Por ejemplo, entrar a una habitación distinta, cambiar de actividad o incluso escuchar un sonido diferente puede hacer que el cerebro “corte” una secuencia y comience otra. Esos cortes influyen en cómo recordamos lo ocurrido.
En este mecanismo interviene el área tegmental ventral, una región del cerebro que produce dopamina y se activa ante la novedad o el cambio.
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Un experimento con imágenes y sonidos
Para estudiar este fenómeno, los investigadores trabajaron con 32 voluntarios que participaron en una prueba con resonancia magnética funcional, una técnica que permite observar la actividad cerebral en tiempo real.
Durante el experimento, los participantes observaron imágenes de objetos neutros. Cada imagen estaba precedida por un sonido que se repetía varias veces en el mismo oído, generando la sensación de continuidad.
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En determinados momentos, ese patrón cambiaba: el sonido pasaba al otro oído o variaba su tono. Ese simple ajuste funcionaba como un “límite de evento”, es decir, indicaba el inicio de una nueva secuencia.
Los escáneres mostraron que, cada vez que ocurría ese cambio, se activaba con mayor intensidad el área tegmental ventral. Este aumento se interpretó como una señal vinculada a la dopamina.
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Además, los investigadores observaron otro indicador: el parpadeo. Cuando la actividad cerebral asociada a la dopamina aumentaba, también lo hacía la frecuencia de parpadeo, lo que sugiere una relación entre ambos fenómenos.
Dilatación temporal: cómo la dopamina “estira” los recuerdos
Luego de la fase de observación, los participantes debieron recordar las imágenes y estimar cuán separadas en el tiempo les parecían.
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Aunque el intervalo real entre ellas era siempre el mismo, quienes habían experimentado los cambios de sonido tendían a percibir las imágenes como más alejadas entre sí. Es decir, el cerebro “estiraba” el tiempo entre esos recuerdos.
Este fenómeno se conoce como “dilatación temporal” y no implica que el tiempo haya cambiado realmente, sino que la percepción subjetiva se modifica.
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Según explicó Morrow, esta distorsión cumple una función útil: permite separar mejor los eventos en la memoria. Aunque no sea precisa desde el punto de vista cronológico, facilita la organización de la experiencia.
Clewett agregó que el tiempo no es una entidad fija en el cerebro, sino una construcción que depende de cómo se vive cada situación.
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La novedad y la segmentación de los recuerdos
Los resultados ayudan a entender por qué ciertos momentos quedan más marcados que otros. Cuando una experiencia incluye cambios, sorpresas o estímulos distintos, el cerebro genera más “cortes” en la secuencia, lo que amplía la sensación de duración en el recuerdo.
En cambio, cuando todo es repetitivo o monótono, esos límites son menos frecuentes. Como consecuencia, los días se perciben más cortos al recordarlos, aunque en el momento hayan parecido largos.

Este mecanismo también se vincula con la liberación de dopamina en situaciones diversas, no solo placenteras. El estrés o la incertidumbre, por ejemplo, también pueden activar este sistema.
Un caso cercano es el de la pandemia de COVID-19. Según los autores, muchas personas percibieron el confinamiento como un periodo extenso mientras lo vivían, pero al recordarlo lo sienten comprimido. En contraste, las primeras semanas, marcadas por cambios constantes, suelen recordarse con más detalle.
Implicancias y límites del modelo neurocientífico
Aunque los resultados son consistentes, el estudio presenta algunas limitaciones. Las técnicas utilizadas no permiten medir directamente la dopamina, por lo que los científicos infieren su participación a partir de la actividad cerebral observada.
Además, el experimento se realizó en condiciones controladas, lo que deja abierta la pregunta sobre cómo se comporta este mecanismo en situaciones reales, donde intervienen emociones, interacciones sociales y contextos más complejos.

También queda por explorar cómo varía este proceso entre distintas personas y en diferentes circunstancias.
Los hallazgos de la UCLA ofrecen una perspectiva distinta sobre la memoria y el tiempo. Lejos de ser un registro exacto del pasado, el recuerdo es una reconstrucción influida por la forma en que el cerebro organiza la experiencia.
En ese proceso, la dopamina cumple un papel central: no solo señala lo que resulta importante, sino que también determina cómo se distribuyen los momentos en nuestra mente.
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