Cómo afecta la falta de gravedad al cerebro de los astronautas en el espacio y al regresar

El proceso de reajuste tras su llegada a la Tierra requiere recalibrar la coordinación motora, entre otros aspectos. El impacto de la experiencia espacial en la fuerza de agarre y el control de objetos, según un reciente estudio

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Astronauta mujer de perfil con casco y traje espacial, cerebro anatómico superpuesto y fondo oscuro.
El cerebro humano conserva la huella de la gravedad incluso tras largos periodos de ingravidez, según un estudio en astronautas (Imagen Ilustrativa Infobae)

El cuerpo humano puede adaptarse a entornos extremos, pero no siempre borra por completo lo aprendido. Una nueva investigación muestra que el cerebro mantiene durante meses una “huella” de la gravedad terrestre, incluso tras una larga permanencia en el espacio. Este fenómeno influye directamente en la forma en que los astronautas manipulan objetos y en cómo deben readaptarse al regresar a la Tierra.

El estudio, publicado en la revista JNeurosci de la Society for Neuroscience, fue liderado por el neurocientífico Philippe Lefèvre, de la Université catholique de Louvain e Ikerbasque. Los resultados aportan nuevas claves para comprender cómo el sistema nervioso controla el movimiento en condiciones cambiantes de gravedad.

El cerebro anticipa la gravedad en cada movimiento

En la vida diaria, sostener un objeto parece una acción simple. Sin embargo, implica un cálculo preciso: el cerebro anticipa cuánto pesa y cuánta fuerza aplicar para evitar que caiga.

Ese cálculo está profundamente influido por la gravedad terrestre. Por eso, cuando una persona se encuentra en un entorno sin peso, como el espacio, ese sistema de predicción no desaparece de inmediato.

Astronauta con auriculares y guantes en un traje azul, flotando en una estación espacial. Una llave inglesa, una tableta y una taza de café flotan lejos. La Tierra se ve por la ventana.
La coordinación motora de los astronautas se ve afectada por la memoria motora adquirida en la Tierra, alterando sus movimientos en el espacio (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio comprobó que los astronautas tienden a sobrecompensar la fuerza de agarre al manipular objetos en ingravidez. En otras palabras, aplican más presión de la necesaria porque su cerebro sigue anticipando que los objetos podrían caer. Este error no es casual. Refleja la persistencia de una memoria motora construida durante toda la vida en la Tierra.

Qué observaron en los astronautas

Para analizar este fenómeno, los investigadores estudiaron a 11 astronautas —nueve hombres y dos mujeres— en dos contextos: bajo gravedad terrestre (1G) y en condiciones de gravedad cero (0G).

Los resultados mostraron que, de manera recurrente, los participantes aplicaron una fuerza excesiva al mover objetos en el espacio. Esta respuesta corresponde a una predicción equivocada sobre el riesgo de caída, basada en la experiencia previa con gravedad.

Vista interior de un laboratorio moderno de la NASA con científicos que asisten a un hombre durante una prueba motora, rodeados de equipos biomédicos y pantallas.
La readaptación a la gravedad terrestre tras una misión espacial es un proceso gradual e incompleto (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según la Society for Neuroscience, estos datos confirman que la “huella de la gravedad” se mantiene activa en la coordinación motora incluso tras varios meses de exposición a la ingravidez.

El proceso de readaptación tras regresar a la Tierra

El regreso al planeta no implica una recuperación inmediata de la precisión en los movimientos. Por el contrario, los astronautas atraviesan un proceso progresivo de reajuste.

En las primeras tareas tras volver, los participantes realizaron estimaciones incorrectas sobre la fuerza necesaria para manipular objetos. Este desajuste refleja la persistencia de los patrones adquiridos en el espacio.

Infografía muestra a un astronauta con un cerebro brillante dentro del casco, rodeado de estrellas, con información sobre la ingravidez y el cerebro.
Investigadores identifican errores en el control motor, como anticipar 'peso negativo', demostrando la influencia prolongada de la ingravidez sobre el sistema nervioso (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los científicos describen este fenómeno como una “adaptación gradual e incompleta”. El cerebro necesita tiempo para recalibrar sus predicciones y volver a ajustarse a un entorno donde la gravedad vuelve a ser determinante.

Además, se detectaron errores llamativos: en algunos casos, el sistema nervioso anticipó que los objetos podían desplazarse hacia arriba, como si tuvieran un “peso negativo”. Este tipo de predicción ilustra hasta qué punto la experiencia en ingravidez modifica los esquemas de control motor.

Un modelo más preciso del control del movimiento

El estudio propone un nuevo modelo para explicar cómo el cerebro regula la fuerza de agarre. Tradicionalmente, se consideraba que el principal objetivo era evitar que un objeto se deslizara. Sin embargo, los investigadores demostraron que el control motor también depende de la energía cinética, es decir, la energía que posee un objeto en movimiento.

La principal innovación del trabajo es la identificación de una relación cuadrática entre la fuerza de agarre, la fuerza de carga y la energía cinética. Este vínculo permite describir con mayor precisión cómo el cerebro ajusta sus respuestas ante distintos riesgos físicos.

Una mujer en bata de laboratorio señala un monitor grande que muestra una resonancia magnética funcional de un cerebro con vías neuronales de colores.
La investigación cuestiona teorías clásicas al mostrar una adaptación anti-bayesiana, donde el cerebro mantiene expectativas previas ante condiciones nuevas (Imagen Ilustrativa Infobae)

En términos simples, no se trata solo de sostener un objeto sin que caiga. También importa qué podría ocurrir si ese objeto se mueve rápido, cambia de dirección o se pierde el control. En esos casos, el impacto potencial se vuelve un factor clave.

Este enfoque amplía la comprensión del sistema sensoriomotor, es decir, el conjunto de mecanismos que conectan la percepción con el movimiento.

Un comportamiento que desafía teorías clásicas

Los resultados también introducen un concepto relevante en neurociencia: la interpretación “anti-bayesiana” del comportamiento motor.

En teoría, el cerebro debería ajustar sus predicciones en función de la experiencia reciente. Sin embargo, en este caso, el sistema nervioso mantiene expectativas previas —como la presencia de gravedad— incluso cuando ya no se cumplen.

Esto implica que el cerebro no siempre responde de la manera más eficiente desde el punto de vista estadístico. En cambio, prioriza modelos aprendidos a lo largo del tiempo, lo que puede generar errores en entornos nuevos.

Aplicaciones en ciencia y tecnología

Las implicaciones de estos hallazgos van más allá de la investigación básica. Comprender cómo se adapta el cerebro a distintos entornos gravitacionales puede mejorar la seguridad en misiones espaciales, especialmente en aquellas de larga duración.

También puede influir en el diseño de herramientas y dispositivos utilizados en el espacio, así como en el desarrollo de sistemas robóticos que imiten el comportamiento humano en condiciones extremas.

Un valiente astronauta de la NASA flota en el espacio mientras realiza una delicada reparación en la Estación Espacial Internacional. (Imagen ilustrativa Infobae)
Estos hallazgos pueden mejorar la seguridad espacial, el diseño de herramientas y la rehabilitación motora al comprender la adaptación cerebral a nuevas gravedades (Imagen ilustrativa Infobae)

En la Tierra, este conocimiento podría aplicarse en procesos de rehabilitación, donde el cerebro debe reaprender a coordinar movimientos tras una lesión.

El equipo liderado por Philippe Lefèvre anticipa nuevas investigaciones centradas en la precisión de los movimientos, la respuesta ante colisiones y el papel de la fricción en el contacto con objetos. Estos estudios serán clave para optimizar el entrenamiento de astronautas y desarrollar tecnologías más seguras en contextos variables.

Los resultados presentados son el fruto de casi 20 años de trabajo, coordinación internacional y desarrollo experimental. Este avance abre nuevas líneas de investigación en neurociencia aplicada y refuerza la importancia de comprender cómo el cerebro humano responde a los desafíos de la exploración espacial.