
La salinidad en el agua potable representa un desafío creciente para la salud pública en distintas regiones del mundo, sobre todo en áreas costeras. A medida que el nivel del mar se eleva y el agua salada penetra en reservas de agua dulce, millones de personas quedan expuestas a una mayor concentración de sodio en el recurso que consumen a diario.
Un estudio publicado en BMJ Global Health reunió datos de más de 74.000 personas en siete países para analizar el vínculo entre el consumo de agua salina y el riesgo de hipertensión, definida como una presión en los vasos sanguíneos de 140/90 mmHg o superior. La investigación evaluó si la presencia de sales disueltas en el agua de consumo cotidiano puede elevar la presión arterial y aumentar la probabilidad de desarrollar enfermedades cardiovasculares.
Incremento de presión arterial y riesgo de hipertensión
Según la NASA, el nivel del mar se encuentra en aumento en todo el mundo debido principalmente a dos razones vinculadas con el cambio climático: “La mayor parte del aumento observado del nivel del mar (unos 3 mm al año) proviene del agua de deshielo de las capas de hielo terrestres y los glaciares de montaña, lo que aumenta el volumen del océano (unos 2 mm al año en total), y de la expansión térmica, o la expansión del agua del océano a medida que se calienta (aproximadamente 1 mm al año)”
Las consecuencias para las comunidades costeras van desde la pérdida de tierras habitables y agrícolas hasta la intrusión de agua salada en ríos, acuíferos y fuentes de agua potable, lo que afecta la disponibilidad de agua dulce, la seguridad alimentaria y la salud pública.

El análisis de datos mostró que las personas que beben agua con mayor salinidad presentan, en promedio, valores de presión arterial más altos que quienes consumen agua con menos sodio. La diferencia es de 3.22 puntos más en el valor superior de la presión arterial (llamado presión sistólica) y de 2.82 puntos más en el valor inferior (conocido como presión diastólica). Además, el riesgo de desarrollar hipertensión resultó un 26% más alto entre quienes se exponen a niveles superiores de sal en el agua potable. Estos efectos se observaron con mayor intensidad en poblaciones costeras y en estudios publicados después del año 2000.
En una columna publicada en The Conversation, Rajiv Chowdhury, coautor del estudio y profesor de salud global en la Florida International University, señaló que el impacto de beber agua con alta salinidad puede equipararse al de factores de riesgo como la inactividad física, que incrementa el riesgo de hipertensión entre un 15% y un 25%. Subrayó que la exposición a agua salina suele pasar inadvertida en comunidades costeras, donde más de 3 mil millones de personas utilizan principalmente agua subterránea para beber y cocinar, muchas veces sin detectar el sabor salado.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 1.400 millones de adultos entre los 39 y los 70 años en el mundo tienen hipertensión. Dentro de los factores modificables para la prevención, se menciona el consumo excesivo de sal en la dieta, la inactividad física y la obesidad, pero la salinidad ambiental del agua no suele figurar en las guías clínicas.
Cómo se recopilaron los datos y se midió el fenómeno
Para esta investigación, el equipo revisó estudios realizados en diferentes partes del mundo y publicados hasta mayo de 2025. Estos trabajos incluyeron a personas de Estados Unidos, Australia, Israel, Bangladesh, Vietnam, Kenia y países de Europa. Los investigadores buscaron entender si existe una relación entre la cantidad de sodio en el agua que se bebe y problemas como el aumento de la presión arterial, la hipertensión y otras enfermedades del corazón.

Para asegurarse de que los resultados fueran confiables, el grupo de científicos empleó una escala reconocida internacionalmente para evaluar la calidad de los estudios y aplicó técnicas estadísticas que permiten comparar resultados de diferentes países y contextos. En la mayoría de los casos, la cantidad de sal en el agua se midió con pruebas directas de laboratorio, aunque en algunos también se usaron análisis de orina o encuestas a los participantes. El informe destaca que, a nivel global, solo el 54% de adultos con hipertensión saben que la tienen, 42% reciben tratamiento y apenas 21% logran mantener la presión bajo control.
La revisión también detectó problemas en estudios anteriores, como el uso de pocos participantes, la falta de métodos claros para medir la sal en el agua y la ausencia de análisis por regiones o grupos de edad. El nuevo análisis ayudó a superar estas dificultades al reunir información de muchos lugares distintos y al comparar los resultados según la ubicación geográfica y el momento en que se hicieron los estudios.
Perspectivas para la salud pública y recomendaciones
El estudio evidencia que la salinidad del agua de consumo debe considerarse entre los factores ambientales de riesgo para la hipertensión y las enfermedades cardiovasculares, especialmente en contextos afectados por el cambio climático y el avance del mar sobre fuentes de agua dulce.
Aunque el riesgo individual asociado al consumo de agua salina puede parecer modesto, el efecto acumulado sobre grandes poblaciones resulta preocupante. Chowdhury destaca que “si bien estos incrementos son modestos a nivel individual, incluso pequeñas variaciones en la presión arterial en grandes poblaciones pueden tener efectos significativos en la salud pública”.

La OMS señala que la hipertensión es una de las principales causas de muerte prematura y recomienda reducir el consumo total de sodio, aunque actualmente no existe un estándar de salud específico para la salinidad en el agua potable.
Los autores del estudio sugieren que los responsables de políticas sanitarias deberían fortalecer la vigilancia de la calidad del agua e impulsar estrategias adaptativas, como la captación de agua de lluvia, la instalación de filtros y el desarrollo de alternativas para poblaciones vulnerables. Además, destacan la necesidad de más investigaciones que exploren la relación entre la salinidad y otras enfermedades cardiovasculares, como los infartos y los accidentes cerebrovasculares, y que ayuden a definir límites seguros de exposición.
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