En la antesala de las nuevas misiones humanas hacia la Luna y con el reciente e histórico viaje a la órbita lunar por Artemis II, la ciencia argentina aportó evidencia clave sobre uno de los desafíos menos visibles, pero más críticos, de la exploración espacial: dormir y descansar bien cuando la luz natural desaparece.
Los datos provienen de una investigación dirigida por Daniel Vigo, al frente del Laboratorio de Cronofisiología del Instituto BIOMED (UCA–CONICET), en colaboración con el Instituto Antártico Argentino, universidades nacionales, la Agencia Espacial Europea (ESA), la Agencia Espacial Canadiense y la Universidad de Montreal.
El trabajo, realizado en la base Belgrano II de la Antártida, exploró cómo la ausencia prolongada de luz solar altera el sueño, los ritmos circadianos y la regulación autonómica, con implicancias directas para astronautas que viajan a destinos remotos y desafiantes.

La misión Artemis II de la NASA puso nuevamente en el centro del debate la importancia de la biología humana en el espacio. Durante diez días, la tripulación viajó más allá de la órbita baja terrestre a bordo de la nave Orión, enfrentando un entorno confinado y exigente, sin el ciclo de luz y oscuridad al que está acostumbrado el organismo en la Tierra.
“Las misiones espaciales no dependen únicamente de la tecnología; dependen también de la biología humana”, afirma Vigo. “El sueño no es un aspecto secundario: es un determinante clave de la atención, la toma de decisiones y la estabilidad emocional en contextos de alta exigencia”, agrega.
El experimento antártico: cómo la oscuridad extrema afecta el cuerpo y la mente

La base Belgrano II, ubicada en la latitud más austral del continente, se convierte cada invierno en un laboratorio natural para la ciencia. Allí, durante cuatro meses, el Sol no aparece en el horizonte.
Este fenómeno replica de manera extraordinaria el aislamiento, la falta de luz y el confinamiento que enfrentarían los astronautas en un viaje a la Luna o a Marte.
Vigo y su equipo documentaron que el Sol es el principal sincronizador del ritmo biológico humano y que, en ausencia de su luz, el reloj interno tiende a perder la referencia del tiempo.

“Nuestro reloj está programado para vivir 24,5 horas cada día. Si uno se encierra en una caverna, se va a acostar media hora más tarde cada día. Eso es un poco lo que se ve en la Antártida, donde las dotaciones pierden la referencia de la luz natural”, explica el científico.
Los datos recogidos muestran que, ante la falta de luz, los participantes en la base suelen dormir seis horas o menos por noche, muy por debajo de lo recomendado. El entorno ruidoso, las temperaturas extremas y la sobrecarga de trabajo suman factores de estrés.
Vigo detalla que los equipos duermen en bolsas especiales, monitorean sus períodos de sueño con relojes de muñeca y deben adaptar sus horarios a un entorno donde el Sol no marca el ritmo. El resultado es una notable desorganización de las rutinas biológicas y un impacto directo sobre el ánimo y la capacidad de decisión.
Cada año, el equipo argentino prueba nuevas hipótesis para entender cómo responde el sistema nervioso autónomo en estas condiciones extremas. Un ejemplo reciente fue el análisis del impacto de las guardias nocturnas, que simulan los cambios bruscos de turno y las alertas que atraviesan los astronautas. Vigo concluye que muchas de las respuestas fisiológicas observadas no están bajo control voluntario, lo que plantea desafíos adicionales para preservar la salud y el rendimiento en ambientes extremos.
La investigación argentina, articulada con la ESA y otros organismos, demuestra que la Antártida ofrece un modelo único para anticipar y comprender los desafíos de la vida fuera del planeta.
“La Antártida funciona como un laboratorio natural para entender cómo se adapta el organismo en condiciones similares a las del espacio”, explican los investigadores. “Nuestros estudios indican que la ausencia de luz natural contribuye a la desorganización de los ritmos circadianos, cambios en el sueño y alteraciones en la regulación autonómica”.
Dormir en la Estación Espacial Internacional: el desafío de sostener el rendimiento

La experiencia en la Estación Espacial Internacional (EEI) refuerza las conclusiones del equipo argentino. Allí, los astronautas orbitan la Tierra cada 90 minutos y ven 16 amaneceres y 16 atardeceres diarios, pero sus días se organizan en ciclos de 24 horas siguiendo el horario del meridiano de Greenwich.
El astronauta Joseph “Joe” Acabá describe que, sin mirar por la ventana, el paso del tiempo se siente “bastante normal”, aunque el ritmo de trabajo intenso hace que los días pasen rápido.
Sin embargo, el cuerpo humano sí percibe la diferencia y la NASA lleva décadas estudiando los efectos en el sueño y el rendimiento. La doctora Erin Flynn-Evans, responsable del Laboratorio de Contramedidas a la Fatiga en el Centro Ames de la NASA, señala que los astronautas duermen menos en el espacio que en la Tierra.

“En la estación espacial queremos asegurarnos de que las tripulaciones estén en su mejor momento para que puedan rendir al máximo y para que tengan un riesgo mínimo de cometer errores”. Los factores que afectan el sueño en órbita incluyen el ruido, las temperaturas incómodas, la microgravedad y el exceso de dióxido de carbono. El equipo de Flynn-Evans comprobó que el ritmo circadiano desalineado lleva a los astronautas a perder aproximadamente una hora de sueño por noche y a dormir de menor calidad.
El desajuste del ritmo circadiano, que en la base Belgrano II se produce por la ausencia de luz solar, en la EEI está asociado a los cambios constantes de ciclo luz-oscuridad. Según los estudios, los astronautas pasan uno de cada cinco días en estado circadiano desalineado. Esta condición aumenta la fatiga, el riesgo de accidentes y el uso de medicamentos para contrarrestar malestares.
“Alinear los horarios de los astronautas con el reloj interno ha mostrado ser más efectivo que los medicamentos para dormir”, afirma Flynn-Evans. En la actualidad, la programación de las tripulaciones es más regular, lo que mejora el descanso y el rendimiento.

Vigo destaca que el descanso adecuado es fundamental para afrontar etapas críticas en las misiones. Los astronautas cuentan con períodos programados de ocho horas de sueño, pero en la práctica, la exigencia, el entorno ruidoso y la pérdida de referencias naturales dificultan el descanso.
“El sueño es uno de los temas que más estudia la NASA”, asegura el científico argentino. Las investigaciones en la Antártida y en el espacio coinciden en que la sincronización entre el reloj biológico y el ciclo de luz es esencial para sostener la atención, la toma de decisiones y la estabilidad emocional.
El jefe del programa científico sobre investigación humana en la NASA, Steven Platts, señala que el descanso y la calidad del sueño son prioritarios para las misiones. Platts detalla que la agencia monitorea el sueño y la calidad del descanso, y que muchas veces los astronautas creen haber dormido bien, pero los sensores demuestran múltiples despertares.
La NASA identifica cinco desafíos principales para la salud en el espacio: “Radiación, aislamiento, distancia, gravedad o falta de ella y ambiente, tanto afuera del vehículo como dentro”.
En misiones de espacio profundo, como las que irán a la Luna o Marte, estos factores se amplifican y pueden tener un mayor impacto en la tripulación. A diferencia de la EEI, donde el contacto con la Tierra es constante, en los viajes más lejanos el aislamiento será mucho mayor.
En síntesis, el trabajo conjunto de científicos argentinos y agencias internacionales revela que dormir bien y mantener los ritmos biológicos no solo es un requisito para la salud, sino una condición indispensable para el éxito de las misiones espaciales.
La Antártida, con su noche sin fin y sus condiciones extremas, se convierte así en el mejor campo de pruebas para preparar a quienes afrontarán los desafíos más grandes de la exploración humana fuera del planeta.
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