
El índice de masa corporal (IMC) se originó a partir del trabajo del estadístico belga Adolphe Quetelet en el siglo XIX, quien buscaba describir matemáticamente las diferencias corporales dentro de poblaciones adultas.
Esta fórmula —peso en kilogramos dividido por el cuadrado de la altura en metros— se concibió como una herramienta estadística, no como un parámetro médico individual. Su bajo costo y facilidad de aplicación facilitaron su expansión, incluso en entornos clínicos y de salud pública, donde el IMC se utiliza para clasificar a las personas en categorías como bajo peso, peso normal, sobrepeso y obesidad.
Ambas publicaciones consultadas resaltan que, aunque el IMC se popularizó por la facilidad de su uso, también advierten sobre sus limitaciones: la posibilidad de clasificar y comparar poblaciones pero sin precisión para el ámbito individual. Expertos citados en el reportaje de la revista científica británica New Scientist señalan que el IMC no estuvo pensado como herramienta clínica individual, lo que explica su utilidad limitada para evaluar riesgo individual.
Por su parte, el estudio publicada en la revista científica revisada por pares International Journal of Environmental Research and Public Health aclara que, si bien el IMC sigue siendo útil para grandes estudios poblacionales, no debe emplearse como única referencia para determinar el estado de salud de una persona adulta.

Adopción y uso del IMC en sistemas de salud y terapias
El IMC se consolidó como herramienta global en la medicina y la salud pública durante el siglo XX, cuando organismos internacionales y sistemas sanitarios nacionales lo incorporaron en protocolos de cribado y diagnóstico. Su principal ventaja radica en que solo requiere dos datos fácilmente obtenibles: peso y altura (en kilogramos y metros).
Por ello, tanto la Organización Mundial de la Salud como numerosas entidades nacionales adoptaron el IMC para monitorear la prevalencia de sobrepeso y obesidad, definir criterios de elegibilidad para tratamientos y establecer riesgos asociados a enfermedades crónicas.
El reportaje de la revista científica británica New Scientist subraya que el IMC continúa en uso amplio porque permite a médicos y profesionales de la salud realizar evaluaciones iniciales rápidas, especialmente donde no es viable aplicar métodos más avanzados o costosos.

Limitaciones del IMC para evaluar la salud individual
Aunque el IMC es una herramienta ampliamente utilizada, tanto el artículo académico como el reportaje periodístico coinciden en destacar que presenta limitaciones relevantes en la evaluación individual de salud. El principal inconveniente radica en que no distingue entre masa muscular y grasa corporal, ni toma en cuenta la edad, el sexo ni la distribución de la grasa.
Así, personas con distinta composición corporal pueden arrojar el mismo resultado, lo que podría provocar errores de diagnóstico o conducciones clínicas no adecuadas. La revisión científica advierte: el IMC, por sí solo, no predice con precisión el riesgo de enfermedades crónicas ni la mortalidad; funciona como herramienta de cribado y no de diagnóstico definitivo.
Casos en los que el IMC puede resultar engañoso
Hay situaciones en las que el IMC puede ofrecer una imagen poco ajustada al estado de salud real. Por ejemplo, atletas profesionales o personas con alta masa muscular pueden clasificarse como “sobrepeso” u “obesidad” sin presentar exceso de grasa ni riesgo metabólico. Por otro lado, individuos con poca musculatura pero con un alto porcentaje de grasa pueden aparecer bajo “peso normal” pero tener mayor riesgo cardiovascular.
El reportaje de la revista científica británica New Scientist informa que estas situaciones han impulsado debates en la comunidad médica sobre la necesidad de contextualizar los resultados del IMC y de no emplearlo como único criterio en la toma de decisiones clínicas.

Riesgos asociados a la distribución de la grasa corporal no contemplados por el IMC
Uno de los aspectos más discutidos sobre el IMC es su incapacidad de considerar la distribución de la grasa corporal, factor determinante en el riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares. La acumulación de grasa en la zona abdominal, conocida como grasa visceral, se vincula a un mayor riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión y afecciones cardíacas, incluso en personas dentro del IMC “normal”.
El artículo de la revista científica revisada por pares International Journal of Environmental Research and Public Health subraya que no tiene en cuenta la distribución de la grasa corporal, dejando en claro la importancia de incorporar otras mediciones complementarias para precisar el riesgo real de cada individuo.
Alternativas más precisas al IMC para evaluar la salud
Debido a que el IMC no distingue masa muscular y grasa corporal, y desatiende la distribución de la grasa, especialistas proponen alternativas como la medición del perímetro de cintura, el cociente cintura/cadera y técnicas de análisis de composición corporal —como la bioimpedancia o la absorciometría dual de rayos X—.
Estas herramientas permiten evaluar con mayor exactitud el riesgo metabólico y la probabilidad de enfermedades asociadas a la obesidad. El artículo revisado enfatiza que, aunque el IMC mantiene su utilidad a nivel poblacional, su valor para la medicina individual debe complementarse con métodos más específicos.

Recomendaciones prácticas para el bienestar más allá de los valores numéricos
Tanto el reportaje de la revista científica británica New Scientist como la revisión científica sostienen que la salud no depende exclusivamente de un valor numérico como el IMC. Recomiendan que médicos y pacientes contemplen una evaluación integral, considerando hábitos de vida, actividad física, alimentación y antecedentes familiares. La vigilancia de parámetros como la circunferencia de la cintura y la presión arterial, junto con la valoración clínica individualizada, resultan clave para una estrategia adecuada de prevención y tratamiento.
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