
Un vasto ensayo internacional coordinado por la universidad británica University of Oxford, con participación de la University of Antwerp, de Bélgica, en el componente cualitativo, y publicado en la revista médica británica The Lancet, concluyó que la implementación aislada de pruebas diagnósticas rápidas en pacientes con infecciones respiratorias en atención primaria no reduce de manera significativa la prescripción de antibióticos, incluso cuando los médicos contemplan indicar estos medicamentos.
El resultado desafía una de las estrategias más promovidas para combatir la resistencia antimicrobiana y recalibra las expectativas sobre el papel de las tecnologías de diagnóstico en la práctica clínica.
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Más del 90 % de los antibióticos se recetan en el ámbito de atención primaria, esencialmente para infecciones respiratorias agudas que son en su mayoría autolimitadas y de etiología viral, por lo que el medicamento resulta innecesario. Sin embargo, la sobreprescripción persiste debido a la incertidumbre diagnóstica, la medicina defensiva, la presión asistencial y la creencia de los pacientes sobre la eficacia de estos fármacos en procesos virales.
Diversos planes nacionales e internacionales recomiendan la adopción de pruebas rápidas en la consulta general como instrumento para reducir el uso de antibióticos y enfrentar la resistencia microbiana. No obstante, el ensayo PRUDENCE y su evaluación cualitativa aclaran que las pruebas rápidas, implementadas en solitario, no representan un método suficiente para disminuir la prescripción de antibióticos.
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Resultados y alcances del estudio PRUDENCE
El estudio PRUDENCE, ejecutado entre diciembre de 2021 y enero de 2024, incluyó a 2.639 pacientes de 13 países europeos, con 2.433 personas en atención primaria y 209 en residencias de larga estancia. Los participantes tenían al menos un año de edad y acudían a consulta con síntomas de tos o dolor de garganta, condiciones habitualmente tratadas con antibióticos aunque son mayoritariamente de origen viral.
Los pacientes entraron al ensayo cuando sus médicos consideraban recetar antibióticos, y fueron asignados al azar a uno de dos grupos: atención habitual o atención habitual más una estrategia de pruebas rápidas, que podía incluir análisis de proteína C reactiva (CRP), detección de estreptococo grupo A o test de influenza A y B, según los síntomas y la temporada.
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La tasa de prescripción fue similar en ambos cohortes: los antibióticos fueron indicados al 45,7 % del grupo con prueba rápida y al 47,1 % del grupo de atención estándar, diferencia sin significación estadística, de acuerdo con los análisis. El tiempo hasta la recuperación —definido como el retorno a actividades cotidianas— fue idéntico en ambos grupos, con una mediana de cuatro días (intervalo intercuartílico 2–8).
No se observaron discrepancias relevantes en complicaciones, hospitalizaciones o eventos graves relacionados con la estrategia diagnóstica: se registraron 42 eventos graves (26 en el grupo de prueba rápida y 16 en el de atención usual), incluidos cinco fallecimientos ajenos al método utilizado.
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Los autores lo subrayan así: “Las pruebas rápidas de diagnóstico, utilizadas como única intervención en escenarios donde los médicos ya consideran prescribir antibióticos, no logran disminuir sustancialmente la tasa de prescripción ni afectan la seguridad o la evolución de los pacientes”.

Factores clínicos en la decisión de uso de pruebas rápidas
Un componente cualitativo del mismo ensayo profundizó en las motivaciones detrás de estos resultados. Investigadores entrevistaron a 56 pacientes y 33 médicos de seis países para comprender cómo la práctica real influye en la utilidad de las pruebas rápidas.
El análisis identificó que los médicos suelen utilizar los resultados diagnósticos para confirmar decisiones previas, en lugar de cambiarlas. Ante evaluaciones clínicas firmes de infección bacteriana, la intuición profesional y la experiencia pesaron más que los resultados de laboratorio, y fue frecuente que los médicos cuestionaran la fiabilidad de las pruebas cuando éstas contradecían su juicio inicial.
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La utilidad de las pruebas rápidas fue mayor en casos complejos o de síntomas poco claros, donde la incertidumbre diagnóstica era real. En esos contextos, los resultados sí influyeron en la decisión de recetar antibióticos, en ambos sentidos. Sin embargo, la expectativa percibida de los pacientes, la gravedad clínica, el momento en el que se realiza la consulta y las costumbres culturales respecto al uso de antibióticos superaron en peso a los datos de las pruebas.

Reflexiones y propuestas para optimizar el uso de pruebas rápidas en la práctica médica
La profesora Sarah Tonkin-Crine del Nuffield Department of Primary Care Health Sciences de la universidad británica University of Oxford explicó: “Los resultados muestran que las pruebas diagnósticas, por sí solas, no bastan. Los médicos de seis países y sistemas sanitarios distintos describieron patrones comunes: predomina la intuición clínica, la presión por las expectativas de los pacientes y la dificultad de seguir resultados de pruebas discordantes con la valoración propia”.
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Según la profesora “esto indica que las pruebas rápidas deben integrarse en estrategias más amplias, que incluyan formación clínica, apoyo a la comunicación con pacientes y directrices claras para interpretar y actuar sobre los resultados”.
El profesor Chris Butler, responsable de investigación en la misma institución y autor principal del ensayo, añadió: “Las pruebas rápidas tienen potencial, pero nuestro estudio demuestra que el diagnóstico aislado no cambia necesariamente las decisiones. Si el médico ya se inclina por los antibióticos, el resultado suele reforzar esa elección”.
Además, añadió: “Para lograr cambios sustanciales, las pruebas deben acompañarse de directrices claras, capacitación y respaldo en la gestión de las expectativas de los pacientes. Además, se requiere más pruebas sobre la seguridad de aplicar las recomendaciones de las pruebas diagnósticas”.
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