
Desde comienzos de enero muchas hectáreas andinas del norte de la Patagonia argentina y del centro-sur de Chile quedaron bajo asedio del fuego. Las llamas avanzaron sobre bosques nativos, parques nacionales y comunidades rurales y turísticas a ambos lados de la cordillera.
El paisaje de lagos glaciares y montañas boscosas se transformó en escenario de fuego descontrolado, evacuaciones masivas y humo persistente.

En Argentina, los incendios comenzaron en la provincia de Chubut y retomaron fuerza el 27 de enero. El fuego se extendió por valles cercanos a Cholila, Puerto Patriada, El Hoyo y El Bolsón, además de penetrar en los parques nacionales Lago Puelo y Los Alerces.
Más de 45.000 hectáreas de bosque nativo resultaron afectadas hasta ahora y al menos 3000 personas debieron abandonar sus hogares o alojamientos turísticos.
Del lado chileno, el 16 de enero se registraron focos en Biobío y Ñuble. Luego se propagaron hacia La Araucanía, el Maule y la Región Metropolitana. Las llamas arrasaron localidades como Monte Negro, Codihue y Angol.
El país declaró el estado de emergencia tras la destrucción de más de 1.000 viviendas y la muerte de 23 personas. Más de 52.000 habitantes huyeron ante el avance del fuego y para el 23 de enero el área quemada superó las 64.000 hectáreas.
Las condiciones meteorológicas explican buena parte de la magnitud del desastre. En la Patagonia argentina, El Bolsón registró 38,4 grados en enero, la temperatura más alta para ese mes. Esquel acumuló once días consecutivos de máximas elevadas, la segunda ola de calor más extensa en 65 años. En ambas regiones, las precipitaciones entre noviembre y enero resultaron muy inferiores a lo habitual.
Las altas temperaturas, más los intensos vientos de 40 a 50 kilómetros por hora y una sequía prolongada generó que el fuego adquiriera tal intensidad que se formaron nubes pirocúmulos sobre áreas incendiadas. La vegetación perdió humedad y se convirtió en combustible disponible.

Un equipo internacional de investigadores analizó este episodio con herramientas de atribución climática. La pregunta central fue si el cambio climático provocado por la actividad humana incrementó la probabilidad de que se presentaran estas condiciones extremas.
El resultado fue contundente. En la región chilena estudiada, la probabilidad de eventos con características similares aumentó aproximadamente tres veces debido al calentamiento global. En la Patagonia, el incremento fue de alrededor de 2,5 veces.
En términos más amplios, el tiempo muy caluroso, seco y ventoso que alimentó los incendios fue hasta un 200 por ciento más probable en Chile y un 150 por ciento más probable en el sur argentino en comparación con un mundo sin calentamiento inducido por el ser humano.

Clair Barnes, investigadora asociada de la ONG World Weather Attribution, presentó el estudio científico y afirmó: “En líneas generales, podemos afirmar con bastante seguridad que el principal factor que explica este aumento del riesgo de incendios es el calentamiento causado por el ser humano. Se prevé que estas tendencias continúen en el futuro mientras sigamos quemando combustibles fósiles”.
Para estimar el riesgo, los científicos emplearon el índice de calor, sequedad y viento, conocido como HDWI. Este indicador combina altas temperaturas, baja humedad y fuertes ráfagas. Aunque no contempla la acumulación de combustible vegetal, permite evaluar la amenaza inmediata para comunidades y brigadistas.
Bajo el clima actual, un evento de ese nivel ocurre aproximadamente una vez cada cinco años en las regiones analizadas. En un mundo 1,3 grados más frío, su frecuencia resultaba menor.

Las precipitaciones estacionales también cambiaron. El análisis mostró que las lluvias previas a la temporada de incendios disminuyeron cerca de un 25 por ciento en la región chilena y un 20 por ciento en la Patagonia argentina respecto de un escenario sin calentamiento global.
Con temperaturas elevadas, la evaporación del agua del suelo aumentó y la vegetación perdió humedad.
Juan Antonio Rivera, investigador argentino y autor del estudio, explicó el mecanismo con claridad: “Esto, unido a temperaturas superiores a la media, hizo que la vegetación estuviera sometida a un gran estrés, con una humedad del suelo muy baja”. Y añadió: “Una vez que comenzaron los incendios forestales... había combustible suficiente para que se extendieran y se mantuvieran en el tiempo”.
Alerces milenarios bajo amenaza
La dimensión ecológica de estos incendios resulta especialmente alarmante en la Patagonia. El fuego ingresó en el Parque Nacional Los Alerces, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Allí crecen algunos de los árboles más antiguos del planeta.
Los alerces patagónicos superan los 2.600 años y constituyen testigos vivos de cambios climáticos, erupciones volcánicas y procesos históricos que se remontan a la Antigüedad clásica.
Estos gigantes evolucionaron en ambientes húmedos y fríos. No poseen adaptaciones para resistir incendios de alta intensidad. Cuando el fuego alcanza sus troncos y raíces, la pérdida resulta irreversible en escala humana. La desaparición de un ejemplar milenario implica la destrucción de siglos de historia biológica.
El impacto no se limita a los árboles. Los incendios destruyen hábitats críticos para especies que no existen en otro lugar. El huemul y el pudú, dos ciervos emblemáticos del sur andino, pierden refugio y alimento. El pájaro carpintero negro patagónico queda sin sitios de nidificación. Muchas plantas nativas no logran regenerarse si el fuego arrasa bancos de semillas.
A este escenario se suma la expansión de plantaciones de pino radiata, especie no nativa y altamente inflamable. Estas monoculturas presentan una estructura homogénea y continua que favorece la propagación del fuego.
Tras incendios previos, el pino adaptado al fuego reemplazó vegetación nativa más resistente. Con un clima cada vez más propicio para incendios, el riesgo de que estas especies dominen el paisaje aumenta.
En Chile, estas plantaciones suelen ubicarse cerca de asentamientos urbanos y rurales. La interfaz entre áreas forestales y viviendas reduce la distancia entre el combustible y las personas. El desastre de enero refuerza la necesidad de evaluar el riesgo antes de autorizar nuevos desarrollos y de gestionar de manera estricta el uso del suelo.

Las políticas públicas muestran contrastes. Chile incrementó el presupuesto destinado a combatir incendios en un 110 por ciento en los últimos cuatro años. Esa inversión permitió fortalecer sistemas de pronóstico y equipamiento.
También se implementó un protocolo de acción temprana de la Cruz Roja Chilena para anticipar incendios según los pronósticos y activar medidas de protección.
En Argentina, los investigadores señalaron limitaciones vinculadas a presupuesto, planificación y regulación de actividades turísticas en parques nacionales. La baja resolución y frecuencia de algunos datos de monitoreo también restringen la capacidad de respuesta rápida.

Más allá de las diferencias institucionales, los modelos climáticos coinciden en un punto clave. Proyectan una transición continua hacia condiciones más cálidas y secas en ambas regiones, con disminución de precipitaciones estacionales. Esta coincidencia entre modelos refuerza la confianza en que los cambios observados responden al calentamiento global.
Los modos de variabilidad natural, como La Niña y el Modo Anular del Sur, influyeron en la circulación atmosférica y favorecieron anomalías cálidas y secas durante la temporada de incendios. Sin embargo, esos factores operan sobre un trasfondo que hoy resulta más caliente que en el pasado. El cambio climático altera la línea de base sobre la cual actúan estos fenómenos.
La Patagonia y el centro-sur chileno enfrentan así una combinación peligrosa: sequías más intensas, olas de calor más frecuentes, vientos fuertes y paisajes modificados por actividades humanas. En ese contexto, los árboles más antiguos del planeta ya no representan símbolos de permanencia sino víctimas potenciales de un clima transformado.

Cada alerce que cae bajo el fuego resume una advertencia científica. El calentamiento global no solo eleva termómetros o derrite glaciares.
También redefine la probabilidad de desastres que destruyen patrimonio natural irremplazable.
La ciencia de atribución ofrece números precisos sobre ese cambio. La pregunta que queda abierta apunta a la velocidad con que la sociedad reduzca las emisiones que alimentan esta nueva era de incendios extremos.
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