
Perros y gatos pueden transportar ADN humano entre personas, objetos y ambientes, incluso a lugares donde quienes viven con ellos no estuvieron.
Científicos de Australia descubrieron que en escenas de crímenes, el material genético hallado en el pelaje o en superficies asociadas a los animales no siempre corresponde a quienes forman parte del hogar.
Ese material que se toma como parte de las investigaciones forenses puede incluir rastros de visitantes, personas que han transportado al animal o usuarios de los vehículos involucrados.
Este hallazgo, que fue publicado en la revista Forensic Science International, puede cambiar la manera en que la ciencia forense interpreta la evidencia en delitos donde hay perros o gatos.

El equipo comprobó que “los perros pueden servir como vectores efectivos para la transferencia de ADN humano”, incluso con contactos breves.
En el estudio participaron Heidi Monkman y Mariya Goray, de la Facultad de Ciencia e Ingeniería de la Universidad Flinders.
También colaboraron Roland van Oorschot, de la Oficina del Jefe Científico Forense en el Departamento de Servicios Forenses de la Policía de Victoria y de la Facultad de Agricultura, Biomedicina y Medio Ambiente de la Universidad La Trobe, y Volgin Luke, de Ciencia Forense de Australia Meridional.
ADN, animales y el misterio del crimen

La investigación buscó saber si los animales domésticos, presentes en muchas escenas de crímenes, pueden influir en el análisis de ADN.
Aunque ya se sabía que el material genético puede transferirse entre personas y objetos, el rol de perros y gatos como intermediarios había sido poco explorado.
El equipo observó que, a diferencia de objetos o prendas, los animales pueden almacenar y transferir ADN humano de quienes viven en el hogar, de personas visitantes y de quienes los manipulan para un traslado.
Esto es clave en delitos como el robo de animales de compañía, donde el ADN puede ayudar a reconstruir los hechos.

El objetivo fue determinar si un animal puede recibir, retener y trasladar ADN humano a personas y lugares diferentes. Para comprobarlo, diseñaron un experimento controlado.
Un cuidador, sin contacto previo con los animales ni con quienes viven en los hogares, trasladó a cinco perros de distintas razas entre viviendas y autos desconocidos para todos. Así, cualquier ADN hallado debía provenir de esa interacción puntual.
El análisis se centró en el cuerpo del perro, la ropa del cuidador y el interior de los autos. Los perros, la camisa del cuidador y el asiento trasero del auto fueron las superficies clave que se analizaron, detallaron.
Rastros que viajan: cómo se hizo el estudio

Se seleccionaron cinco perros y un cuidador experimentado, sin vínculo previo con los animales ni con las familias. El cuidador tampoco había usado antes los autos, salvo uno propio.
Luego del traslado, los investigadores tomaron muestras de ADN en la cabeza, lomo y costados de cada perro, una hora después del contacto.
También recolectaron rastros en el asiento trasero de cada auto y en distintas partes de la camisa del cuidador.
El ADN de al menos una persona que vivía en el hogar se detectó en el 85 % de las muestras tomadas de los perros.

En los autos, la presencia de ese ADN alcanzó el 35 %, y en la ropa del cuidador, el 10 %. El ADN del cuidador apareció en el 85 % de sus propias camisas, en el 40 % de los perros y en el 13 % de los autos.
Se halló ADN de los propietarios de los autos en los perros, en la ropa del cuidador y en el interior del vehículo, aunque nunca hubo contacto directo entre ellos.
Así, la investigación demostró que los contactos breves pueden permitir la transferencia y posterior recuperación de ADN, incluso a través de intermediarios.

En el 75 % de las muestras hubo al menos un contribuyente desconocido, lo que muestra lo complejo que resulta rastrear el origen del ADN en la vida cotidiana.
El equipo recurrió a herramientas estadísticas para discriminar perfiles principales y minoritarios, y remarcó que la mayoría de estas transferencias indirectas se presentaron como componentes menores o minoritarios en la mezcla.
La cantidad de ADN recuperado varió según la zona del contacto y el tiempo. La cabeza y el lomo de los perros mostraron mayores cantidades.
Qué sigue: recomendaciones y desafíos

El equipo reconoció que el tamaño de muestra fue reducido, lo que limita la posibilidad de generalizar estos resultados.
Consideran que su trabajo es solo un primer paso y sugieren ampliar el estudio con más animales, diferentes escenarios y otros tipos de contacto.
La conclusión central es que “los perros pueden actuar como vectores de transferencia de ADN cuando son trasladados entre dos lugares”, incluso si ese desplazamiento dura poco tiempo.

Recomiendan que, en casos con animales domésticos, se tomen muestras en la ropa, en los propios animales y en los vehículos involucrados.
La investigación subraya que la facilidad con la que el ADN viaja en contactos breves y su persistencia en distintas superficies obliga a repensar las estrategias de la ciencia forense en delitos con animales.
El estudio deja claro que perros y gatos no son solo testigos mudos en las escenas del crimen: pueden convertirse en piezas clave para resolver un caso o, al mismo tiempo, en el mayor enigma para quienes buscan la verdad.

En diálogo con Infobae, el doctor en ciencias naturales Guillermo Giovambattista, investigador en genética no humana del Instituto de Genética Veterinaria Ingeniero Fernando Dulout, dependiente del Conicet y de la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, explicó tras leer el estudio: “Cuando una persona toca un objeto, deja su ADN a través de la piel. Por eso, se han podido identificar perfiles genéticos al recuperar el ADN de superficies. Por lo cual, es lógico que si una persona acaricia a un perro o un gato, se podría recuperar su ADN con la técnica apropiada”.
Además, el experto recordó que “hubo casos judiciales en los que el ADN de un animal doméstico permitió vincular al sospechoso con el lugar del hecho”.
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