
La enfermedad de Parkinson representa uno de los mayores desafíos actuales para la neurología ya que es una afección neurodegenerativa que suele diagnosticarse cuando los síntomas motores ya son evidentes y el daño cerebral es considerable.
La identificación de biomarcadores en etapas tempranas es una de las búsquedas más intensas en la investigación médica, con la esperanza de desarrollar herramientas que permitan intervenir antes de que la pérdida neuronal avance.
Un estudio publicado en la revista npj Parkinson’s Disease, fruto de la colaboración entre la Universidad Tecnológica Chalmers (Suecia) y el Hospital Universitario de Oslo (Noruega), investigó cómo cambia a lo largo del tiempo la actividad de los genes encargados de reparar el ADN y manejar el estrés celular.
El análisis comparó a personas sanas con pacientes ya diagnosticados y, fundamentalmente, con individuos que atraviesan la etapa “silenciosa” (prodrómica) de la enfermedad, antes de que aparezcan los síntomas motores.
Cambios en los genes antes de la aparición de síntomas
El Parkinson afecta el control del movimiento debido a la muerte progresiva de las neuronas que producen dopamina. Sin embargo, estas células no mueren de repente, al tener una actividad metabólica muy intensa, generan subproductos tóxicos que provocan “estrés oxidativo”, un proceso químico que daña su propio ADN.
Los genes analizados en el estudio son precisamente los encargados de reparar estas lesiones genéticas; cuando se detecta una actividad inusual en ellos, es señal de que las células están luchando por corregir ese daño acumulado y sobrevivir antes de colapsar.

“Para cuando aparecen los síntomas motores de la enfermedad de Parkinson, entre el 50 % y el 80 % de las células cerebrales relevantes suelen estar ya dañadas o han desaparecido. El estudio supone un paso importante para facilitar la identificación temprana de la enfermedad y contrarrestar su progresión antes de que llegue a este punto”, enfatiza Danish Anwer, estudiante de doctorado del Departamento de Ciencias de la Vida de Chalmers y primer autor del estudio, en un comunicado oficial.
La investigación documentó que las personas que transitan la fase silenciosa de la enfermedad (cuando el daño avanza, pero aún no hay temblores ni rigidez) presentan alteraciones distintivas en la forma en que sus genes reparan el ADN y responden al estrés. Según el artículo científico, la capacidad de los modelos genéticos para detectar estas señales alcanzó su punto máximo en las etapas más avanzadas de esta fase silenciosa.
Estos resultados sugieren que los fallos en la reparación del ADN y la desregulación de las defensas contra el estrés celular juegan un papel mucho más crítico en los primeros momentos del desarrollo de la enfermedad que en las etapas tardías.
El estudio reveló un comportamiento llamativo: al inicio de esta fase silenciosa, la actividad de los genes es sumamente inestable, lo que refleja un esfuerzo intenso y desordenado del organismo por reparar el daño. Sin embargo, a medida que la enfermedad avanza, esa respuesta deja de oscilar y se vuelve uniforme. Esto indica que el mecanismo de defensa celular, que al principio actuaba con fuerza, se agota y pierde su capacidad de reacción con el paso del tiempo.

El artículo también reportó que “el 50% de los genes de reparación del ADN y el 74% de los genes de respuesta al estrés exhibieron patrones no lineales”. En términos simples, esto sugiere que el cuerpo activa un mecanismo de defensa temporal para intentar adaptarse al daño, pero ese esfuerzo se apaga en las etapas posteriores.
Entre los genes identificados con mayor peso para predecir esta etapa previa se encuentran el ERCC6, PRIMPOL, NEIL2 y NTHL1. De acuerdo con el artículo, estos hallazgos “indican que los problemas en la reparación del ADN y el manejo del estrés son piezas clave en el Parkinson prodrómico y podrían servir como biomarcadores para una detección precoz”.
Estrategias y herramientas para captar la progresión
Para llegar a estas conclusiones, el equipo científico utilizó la base de datos de la Iniciativa de Marcadores de Progresión del Parkinson (PPMI), obteniendo muestras de sangre y datos genéticos de tres grupos: individuos sanos, personas en fase prodrómica y pacientes con diagnóstico confirmado.
Se analizaron muestras tomadas en cuatro momentos distintos a lo largo de tres años: al inicio, a los 12, 24 y 36 meses. El análisis puso el foco en grupos de genes específicos encargados de reparar el ADN (tanto del núcleo de la célula como de las mitocondrias) y de gestionar la respuesta al estrés.

Para diferenciar entre los grupos, los investigadores utilizaron inteligencia artificial y técnicas estadísticas de validación. El artículo señala que la exactitud para distinguir entre personas sanas y aquellas en la fase silenciosa fue muy elevada, llegando incluso a superar el 90% en algunos momentos de la evaluación gracias a los genes de respuesta al estrés.
En contraste, la capacidad de diferenciar entre pacientes con Parkinson ya establecido y personas sanas fue baja, lo que confirma que las “huellas” moleculares más claras aparecen antes del diagnóstico clínico.
Perspectivas para el diagnóstico y posibles intervenciones
Annikka Polster, profesora adjunta del Departamento de Ciencias de la Vida de Chalmers, quien dirigió el estudio, consideró: “Esto significa que hemos encontrado una importante ventana de oportunidad que permite detectar la enfermedad antes de que aparezcan los síntomas motores causados por el daño nervioso cerebral. El hecho de que estos patrones solo se manifiesten en una etapa temprana y dejen de activarse cuando la enfermedad ha avanzado más también hace interesante centrarse en los mecanismos para encontrar futuros tratamientos”.

El artículo científico subraya que encontrar estos biomarcadores en la sangre abre la puerta a pruebas diagnósticas no invasivas, como podría ser un simple análisis de sangre, en etapas muy tempranas del Parkinson.
Los investigadores destacan que poder detectar la patología antes de que aparezcan los síntomas motores es crucial, ya que facilitaría el uso de tratamientos neuroprotectores que serían más eficaces al aplicarse antes de que el daño cerebral sea extenso.
A pesar de la importancia de los hallazgos, el estudio advierte sobre ciertas limitaciones. Lo que se ve en la sangre refleja solo de forma parcial lo que ocurre dentro del cerebro, aclara el documento. Además, factores externos como el estado del sistema inmune, el uso de medicamentos u otras enfermedades podrían influir en los resultados.
Por ello, los autores recomiendan confirmar estos marcadores en grupos de pacientes más grandes y diversos, e integrar otros análisis complementarios (como el estudio de proteínas o del metabolismo) para afinar su utilidad médica.
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