
Un nuevo estudio de la Universidad de Boston sugiere que reducir las calorías en un 30% podría ser suficiente para proteger el cerebro del envejecimiento, abriendo una posible vía de intervención para enfermedades como el Alzheimer.
El equipo analizó durante más de veinte años los cerebros de veinticuatro monos rhesus alimentados con dietas restringidas en calorías o dietas estándar, y los resultados revelan diferencias notables en la salud cerebral asociadas a la restricción calórica, según los hallazgos del estudio publicado en Aging Cell.
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La neurobióloga de la Universidad de Boston, Ana Vitantonio explicó que, aunque la restricción calórica ya es conocida por su capacidad para “retardar el envejecimiento biológico y reducir las alteraciones metabólicas relacionadas con la edad en modelos experimentales de vida más corta”, este trabajo aporta “evidencia poco común y a largo plazo de que la restricción calórica también puede proteger contra el envejecimiento cerebral en especies más complejas”.

Cabe recordar que el Alzheimer es la forma más común de demencia y representa entre un 60% y 70% de los casos, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
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La demencia figura entre las principales causas de discapacidad y dependencia en personas mayores. Según los registros más recientes de la OMS, más de 57 millones de personas conviven con esta condición en el mundo y se proyecta que la cifra podría ascender a 139 millones para 2050. Este escenario impulsa a la comunidad científica a intensificar la búsqueda de soluciones ante este desafío.
Cómo se investigó la relación dieta-cerebro

El estudio se centró en la mielina, la capa grasa que recubre y protege las fibras nerviosas del cerebro.
Según la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, se trata de una capa aislante, o vaina, que se forma alrededor de los nervios, incluso los que se encuentran en el cerebro y la médula espinal. Está compuesta de proteína y sustancias grasas.
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“La vaina de mielina permite que los impulsos eléctricos se transmitan de manera rápida y eficiente a lo largo de las neuronas. Si la mielina se daña, los impulsos se vuelven más lentos, lo cual puede causar enfermedades como la esclerosis múltiple“, explicó la entidad.

Los investigadores observaron que, en los monos con dietas restringidas, “la envoltura de mielina alrededor de los nervios del cerebro estaba en mejor estado: los genes relacionados con la mielina estaban más activos y las vías metabólicas clave relacionadas con la producción y el mantenimiento de la mielina funcionaban mejor”, según los datos recogidos por el equipo de la Universidad de Boston.
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Además, el análisis mostró que las células responsables de producir y mantener la mielina “funcionaban de manera más eficiente, deteniendo algunos de los signos de envejecimiento observados en los monos con dietas estándar”, según los autores del estudio. Esta protección de la mielina es relevante porque su degradación puede provocar inflamación y aumentar el riesgo de enfermedades neurodegenerativas.
La neurobióloga Tara Moore subrayó la importancia de estos hallazgos: “Esto es importante porque estas alteraciones celulares podrían tener implicaciones relevantes para la cognición y el aprendizaje”. Moore añadió que, al igual que el resto del cuerpo, “la maquinaria cerebral tiende a deteriorarse con el paso de los años”, y que en ocasiones los mecanismos de protección pueden volverse perjudiciales, favoreciendo la neuroinflamación.
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¿Qué es la neuroinflamación? Según la Fundación Americana del Cerebro, la inflamación es la respuesta natural del sistema inmunitario a una lesión, enfermedad o infección.

“La neuroinflamación es una respuesta inflamatoria que se produce en el cerebro y la médula espinal. Esta inflamación puede ser una respuesta protectora, pero en el caso de muchas enfermedades cerebrales, es el resultado de una respuesta autoinmunitaria defectuosa que causa daño al cerebro y al sistema nervioso", señaló la fundación.
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En los últimos años, la relación entre el deterioro de la mielina y la enfermedad de Alzheimer ha sido objeto de revisión científica, y este estudio aporta “otra pista y una posible vía de intervención: la dieta”, según los investigadores. Aunque la investigación se realizó en un número limitado de monos, sus cerebros comparten muchas similitudes con los humanos, lo que sugiere que los resultados podrían ser aplicables a las personas.
Moore concluyó: “Los hábitos alimentarios pueden influir en la salud del cerebro, y comer menos calorías puede retrasar algunos aspectos del envejecimiento cerebral cuando se implementa a largo plazo”.
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Además, hay muchos factores más allá de la dieta que pueden influir en el envejecimiento cerebral, incluida la calidad del sueño, la actividad física y el aprendizaje de idiomas.
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