
La forma en que nos alimentamos va más allá de la nutrición o la energía que recibimos día a día. Recientes avances demuestran que una decisión tan simple como consumir más grasas saturadas —comunes en alimentos de origen animal y procesados— podría afectar el funcionamiento de nuestro reloj biológico, llamado ritmo circadiano, y la manera en que respondemos a los cambios de estación.
En un entorno donde la comida ultraprocesada y la exposición continua a la luz artificial son habituales, las señales que dicta la naturaleza tienden a quedar eclipsadas, aunque sus consecuencias sobre la salud sigan presentándose con fuerza.
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Lo que revelan los científicos sobre dieta y relojes internos
El estudio realizado por la Universidad de California, San Francisco y publicado en Science, señala que el tipo de grasa que se consumen no solo incide en cómo almacenamos o quemamos energía, sino también en cuándo y cuánto comemos en cada época del año. Esta relación puede favorecer el desarrollo de obesidad y diabetes tipo 2.

El equipo liderado por Louis Ptacek, MD, y Ying-Hui Fu, Ph.D., identificó que los hábitos alimenticios influyen en los ritmos biológicos más allá de la cantidad de horas de luz.
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Antes se creía que los mamíferos, incluidas las personas, regulaban su alimentación solo con base en el ciclo de luz y oscuridad, como ocurre con los osos que comen más para soportar el invierno. Sin embargo, los expertos encontraron que el equilibrio entre grasas saturadas y no saturadas es un factor tan o más importante que la luz para la adaptación estacional.
El rol de la proteína PER2 en el ajuste al entorno
El mecanismo descubierto pone el foco en la proteína PER2, que regula el metabolismo de las grasas y los ritmos internos del cuerpo. Según la investigación, lo que determina si el cuerpo almacena energía o la utiliza es el tipo y cantidad de grasa que consumimos.
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En el verano, las plantas producen más grasas saturadas y, al comerlas, el organismo percibe que es un momento de abundancia y almacena energías para los meses fríos. En el otoño, predominan las grasas no saturadas, que activan el gasto de esas reservas para enfrentar el invierno.
Louis Ptacek señaló: “Tiene mucho sentido que tanto la nutrición como la duración del día guíen el comportamiento estacional”. Así, la alimentación y la luz actúan en conjunto para regular procesos vitales como el sueño o el metabolismo.
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Para comprobar estos efectos, los científicos realizaron pruebas con ratones sometidos a ciclos de luz y oscuridad que imitaban las estaciones, además de dietas distintas.

Los animales alimentados de forma equilibrada se adaptaron sin dificultad al cambio de estación y modificaron su actividad nocturna según las horas de oscuridad. En contraste, los que ingirieron altas cantidades de grasas saturadas tardaron más en adaptarse y tuvieron problemas para iniciar su actividad habitual al anochecer.
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Al comparar dietas abundantes en grasas no saturadas, como las de frutos secos, con otras ricas en grasas hidrogenadas de alimentos procesados, detectaron que los ratones que consumieron más grasas procesadas no lograron adecuarse a los ciclos estacionales.
Por su parte, Dan Levine, quien participó en el estudio en la University of California, San Francisco, explicó: “Este tipo de grasas parece impedir que los ratones perciban las noches tempranas del invierno”, y sugirió que algo similar podría ocurrir en las personas con dietas procesadas.
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Repercusiones en la salud de la vida moderna

Hoy, la exposición continua a la luz artificial y la oferta de productos procesados dificultan que nuestro reloj biológico siga las pautas naturales del año.
Ante este panorama, Levine agregó: “Comer en exceso se vuelve perjudicial cuando no hay forma de escapar de la tentación”. Los expertos resaltan que estos desajustes en los ritmos, potenciados por el consumo de grasas saturadas, ya se relacionan con trastornos del sueño, diabetes, problemas de peso y de salud mental.
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Ajustar la dieta para armonizarla con las señales biológicas podría mejorar el sueño, los niveles de energía, y prevenir enfermedades crónicas, además de beneficiar a quienes trabajan de noche o sufren jet lag.
Los expertos de la Universidad de California concluyen que adaptar nuestros hábitos alimenticios a los ritmos biológicos resulta fundamental en tiempos donde las señales estacionales naturales se debilitan. De este modo, una elección aparentemente inocente, como un antojo de invierno, puede iniciar una cadena de decisiones que termina por alterar el reloj interno de nuestro cuerpo.
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