
Cada noche, mientras la ciudad se apaga y el silencio invade los hogares, muchos niños luchan por cerrar los ojos a tiempo. Las luces de las pantallas, las tareas escolares y los cambios en las rutinas familiares desplazan uno de los pilares más importantes para su desarrollo: el sueño.
Dormir menos de nueve horas por noche no solo disminuye la energía al día siguiente, sino que también deja una marca en el cerebro y las emociones de niños y adolescentes, según alerta el Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics.
¿Por qué es fundamental el sueño para el cerebro en crecimiento?
El sueño ejerce un papel esencial durante la infancia y la adolescencia. Este proceso no solo da descanso físico, sino que permite la consolidación de la memoria, la reorganización y el fortalecimiento de las conexiones neuronales y la eliminación de sustancias de desecho del sistema nervioso.
De acuerdo con la American Academy of Pediatrics, “el sueño es crucial para la consolidación de la memoria, el desarrollo cerebral y la maduración de funciones cognitivas complejas”. A su vez, expertos del National Institutes of Health (NIH) subrayan que, mientras los chicos duermen, el cerebro ordena experiencias, fija aprendizajes y fortalece las redes necesarias para la atención, el autocontrol y la creatividad.

Sin un descanso suficiente y regular, todo ese entramado se desequilibra: la mente en la infancia se vuelve más vulnerable a la fatiga, la irritabilidad y la dificultad para procesar información y emociones, explica la publicación científica Nature and Science of Sleep.
¿Qué pasa cuando los chicos duermen poco?
Diversos estudios científicos recientes —como trabajos publicados en JAMA Pediatrics y The Lancet Child & Adolescent Health— han evidenciado que la falta de sueño y la irregularidad en los horarios de descanso durante la infancia y la adolescencia se asocian directamente con alteraciones en el desarrollo cerebral y dificultades en la salud mental y conducta.
Investigaciones del Children’s Hospital of Philadelphia y la Universidad de Maryland confirman que tanto dormir poco como variar mucho los horarios nocturnos afecta negativamente el bienestar emocional y cognitivo, impactando funciones esenciales del cerebro vinculadas al comportamiento diario.
Los principales hallazgos muestran que los menores que duermen menos de nueve horas, especialmente entre los 6 y 12 años, presentan cambios en la estructura cerebral y una mayor frecuencia de impulsividad, ansiedad, depresión y dificultades para tomar decisiones.

Entre preadolescentes, la falta de sueño se vincula directamente con una reducción en la materia gris de áreas críticas para la atención, la memoria y el autocontrol.
Un estudio llamado Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD) realizado en Estados Unidos sobre miles de niños y niñas de entre 9 y 10 años ha revelado que los efectos del sueño insuficiente pueden observarse en el comportamiento, el rendimiento intelectual y en las imágenes cerebrales, mostrando diferencias que persisten incluso después de dos años de seguimiento.
Dormir bien es clave para crecer sanos
La regularidad y la cantidad de sueño son fundamentales para un desarrollo cerebral saludable. Las recomendaciones internacionales, como las de la American Academy of Sleep Medicine y la Academia Americana de Pediatría, insisten en dormir entre 9 y 11 horas diarias durante la infancia y la adolescencia.
Sin embargo, según datos de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) y de la Fundación Nacional del Sueño (de Estados Unidos), más de la mitad de los adolescentes no alcanza ese mínimo durante los días escolares.

Promover un descanso de calidad requiere un esfuerzo coordinado entre familias, escuelas y profesionales de la salud. Las buenas prácticas incluyen mantener horarios fijos para acostarse, reducir el uso de pantallas al menos una hora antes de dormir y crear ambientes tranquilos y oscuros en el dormitorio.
El impacto del sueño en la infancia se siente toda la vida
La falta de sueño no solo se traduce en dificultades inmediatas como irritabilidad, bajo rendimiento académico o problemas de conducta. El impacto del descanso insuficiente se puede arrastrar durante años: diversos estudios han asociado la privación crónica de sueño infantil con un aumento del riesgo de desarrollar trastornos como ansiedad, depresión, déficit de atención y obesidad en la adolescencia y la adultez.
Algunos trabajos señalan también desde una mayor vulnerabilidad a enfermedades metabólicas a dificultades en las relaciones interpersonales. Es decir, los efectos del mal dormir pueden instalarse y condicionar el desarrollo.
El mensaje de los investigadores es claro: promover hábitos saludables de sueño desde edades tempranas no solo mejora el rendimiento escolar y el ánimo cotidiano, sino que también protege la estructura y la función cerebral a largo plazo.
El seguimiento científico y las nuevas tecnologías de evaluación aportan un panorama contundente sobre cómo el sueño —y su rutina— puede marcar la diferencia en el crecimiento y el bienestar infantil y adolescente. Asegurar el buen descanso de los chicos es, también, una apuesta por su futuro.
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