
El síndrome de fatiga crónica se caracteriza por producir un agotamiento extremo de más de 6 meses de evolución y presentar dificultades al momento de recuperar energía tras realizar un esfuerzo, sin poder resolverlo mediante el descanso.
El paciente que sufre este trastorno siente fatiga persistente, acompañada de síntomas inespecíficos, que comprometen la realización de sus actividades sociales, laborales y educativas, explicó Ineco en Infobae.
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De acuerdo a esta entidad, el origen de la patología suele estar relacionado con una predisposición genética, algún trauma físico o emocional, infecciones, etcétera.
Según investigadores que realizaron el estudio de ADN más grande del mundo sobre el síndrome de fatiga crónica (EM/SFC) o encefalomielitis miálgica, revelaron que existen “señales genéticas” que podrían ayudar a explicar el origen de la afección. El trabajo fue publicado en una preimpresión por la Universidad de Edimburgo.
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Ocho regiones genéticas fueron identificadas como asociadas a la enfermedad. El análisis, basado en el ADN de más de 15.500 personas diagnosticadas, representa un avance relevante en la comprensión de una afección históricamente poco comprendida y frecuentemente estigmatizada.
Cómo se hizo el estudio más grande de ADN sobre fatiga crónica
La investigación, conocida como DecodeME, se inició en 2022 con financiación del gobierno británico y la colaboración de la Universidad de Edimburgo y la organización benéfica Action for ME.
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A través de una campaña de reclutamiento en línea y redes sociales, el equipo logró que más de 26.000 personas participaran en un cuestionario sobre síntomas y antecedentes médicos.
De ellas, aproximadamente 21.000 contaban con un diagnóstico clínico de EM/SFC y cerca de 18.000 enviaron muestras de saliva para el análisis genético. Finalmente, los investigadores centraron su análisis en 15.579 participantes de ascendencia europea, cuyos genomas se compararon con los de personas sanas del Biobanco del Reino Unido.
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El equipo buscó pequeñas variaciones en el ADN, lo que se denomina polimorfismos de un solo nucleótido (SNP), que pudieran distinguir a los pacientes de los controles.
Mediante la combinación de varios análisis, se identificaron ocho regiones genómicas que mostraban diferencias notables entre ambos grupos. Algunas de estas regiones se solapaban con genes relacionados con la respuesta inmunitaria y neurológica, como OLFM4, que codifica una proteína implicada en la defensa antimicrobiana; ZNFX1, vinculado a la respuesta frente a virus ARN; y CA10, asociado al dolor crónico.
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Los investigadores buscaron las mismas asociaciones genéticas en otros biobancos nacionales que incluían pacientes con EM/SFC.
Muchos de los resultados no se replicaron, aunque el equipo sí halló una asociación con el agotamiento post ejercicio en cuatro genes, incluyendo OLFM4 y CA10, entre personas del Biobanco del Reino Unido y de una cohorte holandesa. Según el el coautor del estudio, Chris Ponting, genetista de Edimburgo, los diferentes criterios para definir la afección podrían explicar las discrepancias.
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Aunque estos hallazgos se publicaron en una preimpresión y aún no han sido revisados por pares, aportan información relevante sobre los posibles mecanismos biológicos de la enfermedad.
La EM/SFC se caracteriza por síntomas debilitantes, como agotamiento extremo y dificultades cognitivas, y suele diagnosticarse tras una infección. No existe una prueba clínica específica para su detección; el diagnóstico se realiza por descarte de otras causas y, en ocasiones, se considera que abarca varios subtipos. La falta de biomarcadores y la tendencia histórica a considerar la enfermedad como un trastorno psicológico han dificultado tanto el reconocimiento médico como la investigación. Algunos grupos de pacientes rechazan el término “fatiga crónica” por considerar que trivializa la gravedad de la afección.
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Sonya Chowdhury, directora ejecutiva de Action for ME y coautora del estudio, destacó que los hallazgos “aportarán credibilidad y validez a la experiencia de las personas con EM”, aunque reconoció que aún es necesario profundizar en la investigación para desarrollar tratamientos y diagnósticos efectivos.

Andy Devereux-Cooke, paciente y participante en el estudio, consideró que el trabajo marca un paso importante para una comunidad que a menudo se ha sentido desatendida por el sistema sanitario, aunque reconoció que “no ofrece todas las respuestas ni asistencia práctica”, pero sí representa un avance en el cambio de percepción sobre la enfermedad.
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El contexto de la investigación sobre EM/SFC cambió en los últimos años, en parte por el aumento de la concientización tras la pandemia de COVID-19 y el reconocimiento de la Covid persistente, que comparte síntomas con la EM/SFC.
Bosch indicó que su equipo colabora actualmente en los Países Bajos en un estudio que analiza tanto la EM/SFC como COVID-19 persistente y otras enfermedades posvirales, incluyendo el análisis de tejido muscular y cerebral post mortem, así como imágenes cerebrales de los pacientes.

En el Reino Unido, la Universidad de Edimburgo y Action for ME lideran el proyecto PRIME, que se lanzará en octubre con una financiación de casi 850.000 libras esterlinas. Este nuevo esfuerzo busca fomentar la colaboración en la investigación genética y patológica de la EM/SFC y aumentar la participación de pacientes y del público en general.
A pesar de estos avances, la financiación para la investigación sigue siendo limitada. Chowdhury señaló que el equipo desea utilizar la secuenciación del genoma completo en las muestras recogidas, una técnica que podría revelar variantes genéticas raras no detectadas por el análisis actual, pero que requiere recursos adicionales.
La comunidad científica y los pacientes insisten en la necesidad de ampliar la investigación, sumar más especialistas al campo y asegurar fondos suficientes para profundizar en los hallazgos y avanzar hacia soluciones concretas.
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