
Un olor familiar, aunque poco agradable, fue el punto de partida de un descubrimiento evolutivo. Lo que en los humanos es una señal de mal aliento, en el mundo vegetal se transformó en una herramienta eficaz para atraer polinizadores: una enzima que normalmente neutraliza compuestos sulfurados en nuestra boca mutó en ciertas flores para producir un aroma a carne en descomposición, irresistible para las moscas carroñeras.
Del mal aliento a la estrategia floral

La clave está en una molécula sencilla pero poderosa: el metanotiol, un compuesto con olor sulfuroso que se libera en los humanos como resultado de la descomposición del aminoácido metionina y que está vinculado directamente a la halitosis.
En condiciones normales, tanto en animales como en plantas, una enzima específica se encarga de neutralizar este olor. Pero algunas especies del género Asarum, conocido como jengibre silvestre, decidieron seguir otro camino.
En estas plantas, el metanotiol no desaparece. Se transforma en disulfuro de dimetilo (DMDS), una sustancia con olor a carne podrida que, lejos de repeler, atrae a sus polinizadores naturales: insectos carroñeros como ciertas especies de moscas.
Una enzima “defectuosa” con nuevo propósito

En el estudio publicado en la revista Science, un equipo liderado por el doctor Yudai Okuyama del Museo Nacional de Naturaleza y Ciencia de Japón reveló cómo una mutación en el gen que codifica esta enzima transforma su función radicalmente. La versión común de este gen está presente en la mayoría de los animales y plantas, incluyendo los humanos, y produce una proteína que convierte el metanotiol en sustancias inodoras.
Pero en el Asarum fudsinoi y otras especies del mismo género, los investigadores encontraron una variante mutada del gen. Esta versión produce una enzima que en lugar de eliminar el olor, lo intensifica: convierte el metanotiol en DMDS, generando ese característico hedor a descomposición.
El papel de la disulfuro sintasa

Al analizar el genoma de distintas especies de Asarum, los científicos identificaron la aparición de una enzima hasta ahora desconocida en este contexto: la disulfuro sintasa (DSS). Esta enzima es producto directo de la mutación de la metanotiol oxidasa (MTOX), una proteína altamente conservada en múltiples especies.
Lo más sorprendente fue descubrir que bastaron apenas dos o tres sustituciones de aminoácidos para modificar la actividad enzimática original. Mediante un experimento con metionina marcada con átomos de carbono-13, el equipo confirmó que el carbono del metanotiol alimentado a las plantas aparecía en el DMDS liberado, estableciendo el vínculo directo entre ambas moléculas.
Implicaciones evolutivas y convergencia

Este hallazgo no es exclusivo del jengibre silvestre. Plantas como Eurya y Symplocarpus también presentan disulfuro sintasas capaces de generar DMDS, aunque no están relacionadas filogenéticamente con Asarum. Esto indica un claro caso de evolución convergente: la reutilización independiente del mismo tipo de enzima para cumplir una función similar en distintas líneas evolutivas.
No todas las plantas malolientes, sin embargo, comparten este mecanismo. Las especies del género Amorphophallus, célebres por su “flor cadáver”, carecen de esta enzima. Según el equipo, en estos casos otra proteína, aún no identificada, podría estar cumpliendo una función equivalente.
Una función reciclada por la evolución

La reutilización de una enzima común para un propósito radicalmente distinto es, en palabras de Okuyama, un ejemplo de cómo la evolución puede operar con soluciones sorprendentemente simples. “Algunos organismos tienen un rasgo extraordinario que parece difícil de desarrollar, pero tales características pueden evolucionar de una manera más simple de lo que uno imaginaría”, señaló el investigador.
El hallazgo no solo explica el desagradable olor de algunas flores, sino que ofrece una ventana fascinante a los mecanismos que permiten la aparición de nuevos rasgos funcionales. En este caso, un proceso molecular que en los humanos sirve para evitar la vergüenza social, en ciertas plantas fue adaptado para convertir el hedor en una llamada seductora a la polinización.
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