
La enfermedad renal crónica es una afección en la que los riñones pierden de manera gradual su capacidad para filtrar desechos y el exceso de líquidos de la sangre. Suele avanzar sin síntomas en sus primeras etapas, por lo que muchas personas no saben que la padecen hasta fases avanzadas. Cuando el daño progresa, el organismo acumula sustancias nocivas que afectan distintos órganos y sistemas.
Entre los síntomas más comunes en etapas avanzadas se encuentran hinchazón de manos y pies, fatiga, pérdida de apetito, náuseas, dificultad respiratoria y alteraciones en la presión arterial, recoge la Cleveland Clinic. De este modo, puede provocar complicaciones como anemia, debilidad ósea, alteraciones cardíacas y mayor riesgo de infecciones.
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Las principales causas de esta enfermedad son la hipertensión arterial y la diabetes, aunque también pueden influir trastornos hereditarios, infecciones renales recurrentes y el uso prolongado de medicamentos nefrotóxicos. La progresión puede llevar a insuficiencia renal terminal, requiriendo diálisis o trasplante, e incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares y muerte prematura, destaca un estudio publicado en Kidney International en 2025.
La nutrición, por su parte, juega un papel fundamental. Si bien no cura por completo la condición, sí colabora en el retraso y control, factores clave para tratarla. Un plan de alimentación saludable para los riñones debe ser cuidadosamente pensado, por lo que entidades como la Mayo Clinic aconsejan las consultas con dietistas profesionales.
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Consejos de una nutricionista para la enfermedad renal crónica

- Ajustar la ingesta de proteínas: las personas con enfermedad renal crónica deben consumir solo la cantidad de proteínas que su organismo necesita, ya que el exceso puede acumular desechos en la sangre debido a la menor capacidad de filtración de los riñones. La dietista-nutricionista Kristi Wempen, en Mayo Clinic, recomienda que las porciones de carne no superen el tamaño de una baraja de cartas por comida. La necesidad de proteínas varía según la estatura, el peso y la salud general de cada persona.
- Limitar el sodio en la dieta: el sodio favorece la retención de líquidos y eleva la presión arterial, lo que puede agravar el daño renal. La dietista aconseja un plan alimentario bajo en sodio, con un objetivo de 1500 a 2000 miligramos diarios. Recomienda evitar alimentos procesados, envasados y comidas rápidas, que concentran la mayor parte del sodio que se ingiere.
- Controlar el potasio: en la enfermedad renal crónica, el organismo puede perder la capacidad de regular el nutriente, lo que incrementa el riesgo de alteraciones cardíacas y musculares. La especialista en Mayo Clinic sugiere limitar el consumo de alimentos ricos en potasio, como papas, tomates, melones, cítricos, bananas, lácteos y sustitutos de la sal que lo contengan, si los valores en sangre son elevados.
- Restringir el fósforo: la acumulación puede dañar huesos y vasos sanguíneos. Wempen aconseja evitar productos con aditivos de fósforo (detectables en etiquetas por términos como “fosfato” o “fosfórico”), así como moderar el consumo de lácteos, frutos secos y cereales integrales.
- Vigilar el calcio: un nivel alto se asocia con depósitos en los vasos sanguíneos. Por eso, la dietista recomienda evitar suplementos o alimentos enriquecidos con calcio si los análisis muestran niveles elevados, y consultar siempre al equipo médico antes de tomar suplementos.
Hábitos para controlar la enfermedad renal crónica

La adopción de hábitos saludables es fundamental para controlar la enfermedad renal crónica y reducir el riesgo de complicaciones. La actividad física regular, como caminar, nadar o andar en bicicleta, favorece el control de la presión arterial, ayuda a mantener un peso adecuado y aporta beneficios cardiovasculares. Las guías internacionales recomiendan acumular al menos 150 minutos semanales de ejercicio de intensidad moderada, adaptado siempre a la tolerancia y condiciones de cada persona, indican autores de un estudio publicado en Kidney 360.
Mantener un peso saludable es otro pilar clave en el manejo de la condición. El sobrepeso y la obesidad incrementan la progresión del daño renal y el riesgo de enfermedades cardiovasculares, por lo que la combinación de dieta equilibrada y actividad física resulta esencial, destaca un análisis de Kidney International.
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A esto se suma la importancia de evitar el consumo de tabaco, ya que fumar acelera el deterioro de la función renal y eleva la probabilidad de sufrir eventos cardíacos. Abandonar el tabaco tiene un impacto positivo tanto en la protección de los riñones como en la salud general, coinciden los autores de ambas investigaciones.
La moderación en el consumo de alcohol también es relevante, ya que el exceso puede aumentar la presión arterial y agravar el daño renal. Por último, el control estricto de la presión arterial y la glucemia, junto con la realización de controles médicos periódicos, permite detectar y tratar a tiempo tanto la progresión de la enfermedad como posibles complicaciones asociadas, explican expertos de Cleveland Clinic. La combinación de estos hábitos, sumada al seguimiento profesional, contribuye de manera significativa a preservar la función renal y mejorar la calidad de vida.
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