
La vida acelerada y las exigencias de la hiperproductividad instalaron un fenómeno silencioso y persistente: el estrés crónico afecta a millones de personas y puede alterar tanto el cuerpo como la mente sin que los afectados sean del todo conscientes.
Y si bien es sabido que el estrés en sí no es algo necesariamente malo, y en niveles moderados nos ayuda a enfrentar situaciones cotidianas, el problema se presenta cuando el estado de alerta se sostiene en el tiempo.
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Especialistas consultados por Infobae explicaron que diferenciar este estado del estrés agudo es clave para afrontarlo y disminuir sus consecuencias en la salud física y mental.
Qué es el estrés crónico y en qué se diferencia del estrés agudo

Para comenzar, el doctor en Psicología y director del Doctorado en Psicología de UFLO Marcelo Rodríguez Ceberio (MN 9.987) caracterizó el estrés como una respuesta biológica natural, que activa el sistema endocrino para enfrentar situaciones de desafío.
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“El problema no es el estrés en sí, sino su duración”, subrayó el especialista ante la consulta de este medio. Cuando la reacción se dispara por un evento puntual, como un examen o una emergencia, se trata de estrés agudo y el organismo recupera su equilibrio una vez superado el reto.
En contraste, el estrés crónico mantiene el cuerpo en estado de alerta durante semanas o meses, sin permitir momentos reales de recuperación. “Es como si un automóvil tuviera el acelerador presionado a 200 km por hora permanentemente. No hay motor que resista ese ritmo”, ejemplificó Rodríguez Ceberio. Esta situación prolongada eleva el cortisol y otras hormonas, generando un desgaste que puede derivar en enfermedades autoinmunes, cardiopatías, depresión y otros trastornos.
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Con él coincidió el doctor en Psicología y docente Flavio Calvo (MN 66.869), quien señaló que el estrés agudo es una respuesta adaptativa y transitoria, mientras que el crónico “aparece cuando ese estado de alerta deja de ser momentáneo y se convierte en la manera habitual de funcionar”. Según él, la persona deja de tener momentos de recuperación y comienza a pagar el costo físico y psicológico de vivir en modo supervivencia constante.
Señales psicológicas de que el estrés se volvió crónico

Detectar el paso del estrés agudo al crónico no siempre resulta sencillo, sobre todo porque la cultura actual tiende a normalizar la aceleración. Para Rodríguez Ceberio, hay tres señales principales: “La primera es la fatiga constante. La persona se despierta cansada, con signos de agotamiento y hasta dolores musculares, aunque haya dormido varias horas. La segunda es la irritabilidad, reacciones desproporcionadas ante pequeños inconvenientes. La tercera es la ‘niebla mental’: dificultades para concentrarse, olvidos frecuentes y problemas para tomar decisiones simples”.
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En este punto, Calvo sumó otro indicador: la vida se vuelve una sucesión de obligaciones y desaparece la capacidad de disfrute. “Cuesta desconectar y hasta los momentos libres generan culpa o la necesidad de estar siempre siendo productivo”, señala el especialista, quien subrayó que dormir o tomarse un fin de semana ya no alcanza para recuperar energía.
Cuando estos síntomas se vuelven parte de la rutina -advirtió Rodríguez Ceberio- el estrés deja de ser una respuesta adaptativa y se convierte en un estilo de personalidad que deteriora la salud.
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El impacto físico: cómo el cuerpo expresa el estrés crónico

La conexión entre mente y cuerpo es directa. “El cerebro interpreta una amenaza y activa todo el organismo para responder”, explicó Rodríguez Ceberio. Si esa activación no cesa, aparecen síntomas físicos y psicológicos. Entre los más frecuentes se encuentran insomnio, contracturas musculares, cefaleas y problemas gastrointestinales. “El sueño se altera porque el cerebro permanece en estado de vigilancia”, añadió el experto.
Calvo destacó el rol del cortisol en este proceso: “Cuando estamos estresados, el cuerpo libera cortisol para mantenernos en alerta, pero si el estrés persiste, el sistema inmune deja de protegernos eficazmente”. El sistema digestivo también se ve afectado, ya que el organismo prioriza la supervivencia antes que la digestión, lo que puede derivar en molestias o enfermedades gastrointestinales.
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Ambos especialistas coincidieron en que el cuerpo expresa de manera concreta aquello que la mente sostiene desde hace tiempo. “Los síntomas invalidan y no permiten seguir adelante”, señaló Rodríguez Ceberio.
Estrés crónico y burnout: dos caras del desgaste

El estrés crónico puede tener múltiples orígenes: problemas económicos, conflictos familiares, cuidado de personas enfermas, inseguridad, sobrecarga cotidiana o exceso de trabajo. El burnout, en cambio, es una forma particular de agotamiento vinculada exclusivamente al ámbito laboral. “Se caracteriza por tres componentes: agotamiento emocional, despersonalización o distanciamiento afectivo hacia el trabajo y una marcada baja de la realización profesional”, describió Rodríguez Ceberio, quien agregó que todo burnout implica estrés crónico, pero no todo estrés crónico deriva en burnout.
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Para Calvo, el burnout aparece sobre todo al trabajar con personas y se manifiesta como pérdida de motivación, sensación de ineficacia y distanciamiento del trabajo. Su origen es laboral, mientras que el estrés crónico puede atravesar cualquier aspecto de la vida.
El rol de la cultura de la hiperproductividad y la dificultad de poner límites

Ambos especialistas advirtieron sobre el peso de una cultura que asocia valor personal con productividad. “Parece que quien está ocupado todo el tiempo es más exitoso. El descanso se interpreta como pérdida de tiempo o culpa”, apuntó Rodríguez Ceberio. Esta lógica exige mantener una aceleración constante e instala la sensación de urgencia permanente en el cerebro.
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Calvo coincidió y señaló que el entorno impulsa a muchas personas a medir su valor por lo que producen. “El objetivo no es vivir sin exigencias, sino evitar que toda la vida se transforme en una exigencia”, remarcó. Para ambos, no siempre es posible cambiar el contexto, pero sí la forma de interpretarlo y la manera de organizar prioridades.
Estrategias efectivas para reducir el estrés crónico

Más allá de recomendaciones habituales como meditar, descansar o hacer ejercicio, los especialistas destacaron que existen otras estrategias respaldadas por evidencia. Rodríguez Ceberio mencionó la importancia de “recuperar la sensación de control”, lo que implica organizar prioridades y diferenciar lo que se puede modificar de lo que no depende de uno. También resaltó el valor del apoyo social: “Compartir preocupaciones con personas de confianza reduce significativamente el impacto fisiológico del estrés”.
Por su parte, Calvo enfatizó el trabajo sobre la interpretación de las situaciones. “Dos personas pueden atravesar el mismo problema y experimentar niveles muy diferentes de estrés según cómo evalúan sus recursos para enfrentarlo”, explicó. Además, recomendó reducir la evitación y afrontar aquellas conversaciones o conflictos postergados, ya que resolverlos suele disminuir el estado de alerta.
Ambos coincidieron en que limitar la sobrecarga cognitiva es fundamental. “Nuestro cerebro no fue diseñado para procesar cientos de estímulos simultáneamente, sino uno por vez”, afirmó Rodríguez Ceberio. Para Calvo, incorporar micropausas genuinas a lo largo del día, alejadas de pantallas y obligaciones, ayuda a que el cortisol no permanezca siempre elevado.
La psicoterapia se presenta como otra herramienta clave. “Trabajar sobre la interpretación catastrófica de los acontecimientos mediante estrategias cognitivo-conductuales ayuda a disminuir pensamientos negativos y la sensación de amenaza permanente”, sostuvo Rodríguez Ceberio.
Hábitos anti-estrés indispensables en la vida diaria

Consultados acerca de qué “hábitos anti-estrés” deberían ser no negociables en la sociedad actual, los especialistas señalaron como prioridad proteger el sueño. “Cada uno debe encontrar la cantidad de horas que le permiten el descanso pleno y dormir una pequeña siesta. El respeto por el descanso no es la recompensa por haber trabajado, es una condición indispensable para poder seguir funcionando de manera saludable”, afirmó Rodríguez Ceberio.
El segundo hábito es reservar momentos diarios sin pantallas ni multitarea. El bombardeo de estímulos digitales, especialmente antes de dormir, incrementa la carga de estrés. El tercer pilar es mantener vínculos sociales de calidad. “La conexión humana es uno de los factores protectores más importantes frente al estrés”, agregó el especialista.
Aprender a poner límites y priorizar el autocuidado es otro punto central. “No responder inmediatamente cada mensaje, no aceptar todas las demandas implica centrarme en mí y ser claro y respetuoso en la comunicación”, señaló Rodríguez Ceberio. A lo que Calvo aportó: “Revisar periódicamente el equilibrio entre trabajo y vida personal deberían formar parte de cualquier estrategia de prevención”.
La actividad física debe formar parte de la rutina diaria. “El momento de actividad física es un apartado para estar consigo mismo, favorecer el descanso mental y emocional, trabajar nuestro sistema cardiovascular y osteomuscular y estimular la producción de endorfinas”, enumeró el experto de la UFLO.
Calvo sumó en este punto la importancia de registrar señales tempranas del cuerpo y atenderlas antes de que el estrés se transforme en un problema mayor. “El estrés crónico rara vez aparece de un día para el otro. Generalmente avisa con cansancio persistente, dificultades para concentrarse, cambios en el humor, tensión física o problemas para disfrutar”, concluyó.
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