
El apasionamiento de la hinchada argentina, llama la atención en el mundo, al punto que los hemos contagiado y convertido en apasionados “hinchas” de argentina, a persona de lugares tan distantes como Pakistán, Bangladesh o China.
Esa emocionalidad motiva muchas preguntas: ¿Por qué nos emociona tanto un Mundial? ¿Por qué un gol puede producir una descarga colectiva semejante? o ¿Por qué una derrota puede dejarnos exhaustos y una victoria hacernos sentir, aunque sea por unas horas, que la vida vuelve a tener un orden? Y detrás de todas estas, otra: ¿Cuál es la psicobiología de esta pasión argentina?
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En nuestro país, el Mundial no es solo un torneo deportivo, se deposita una necesidad de pertenencia, de reparación y de reconocimiento.
Quizás a modo de ejemplo, y es motivo de otro análisis, el cántico, “el que no salta es un inglés”, o “la mano de Dios”, dan una pista de las profundas cuestiones sociales que inciden en nuestra emociones.
El fútbol y la dimensión simbólica en el cuerpo

Pero esa dimensión simbólica no queda solo en el plano de la mente: participa todo el organismo.
Aunque estemos sentados frente al televisor, nuestro organismo reacciona, no solo como si estuviera en la cancha sino dentro de ella. Al mismo tiempo los demás que reaccionan de manera sincrónica, validan nuestra respuesta, y queda confirmada como real. Así el corazón se acelera, los músculos se tensan, la respiración cambia, la atención se estrecha y el cerebro queda capturado por una sola escena fragmentaria de espacio y de tiempo: la pelota, el arco, el resultado. Se produce un túnel cognitivo, que nos hace focalizar con intensidad cada instante y variación.
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Y esta es la paradoja del fútbol vivido con pasión: el espectador está quieto, pero su organismo no.
Puede estar sentado frente al televisor, rodeado de familiares o amigos, y aun así experimentar una activación fisiológica intensa, psicobiológica compleja, en la que intervienen el sistema nervioso, las hormonas del estrés, la memoria emocional, la identidad y la necesidad humana de pertenecer a un grupo. Esto es lo que lleva a quien no tiene esa programación cultural, a no entender la respuesta sistémica.
Par comenzar a entenderlo, tenemos que asumir un concepto de base y es que no procesamos los acontecimientos solo por su realidad objetiva, sino por el significado que les asignamos.
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Ansiedad anticipatoria y estrés durante el partido

Básicamente por una co-construcción de la realidad en la cual participan elementos que hacen a nuestros recuerdos, las emociones, los mensajes que hemos recibido respecto a esa determinada situación y varios aspectos más, pero en definitiva, no es una instantánea de una realidad objetiva.
Si una persona vive un partido como algo propio, su cuerpo responde de acuerdo con esa vivencia. Los aspectos que hacen al contexto, como en el caso del mundial, la instancia del torneo, el país de que se trata, son determinantes, por ejemplo aunque objetivamente ambos son partidos, no es lo mismo Cabo Verde que Inglaterra. Para el hincha muy identificado, la derrota no es solamente un juego, sino una pérdida personal, familiar o colectiva. Inversamente, la victoria, puede vivirse como una reparación, un alivio o una confirmación de pertenencia.
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En los minutos previos a un partido importante aparece la ansiedad anticipatoria. Todavía no ocurrió nada, pero la mente ya está trabajando. Imagina escenarios, calcula riesgos, anticipa la derrota o fantasea con la victoria.
Esa espera activa el sistema de estrés. El organismo se prepara para algo relevante, aunque ese “algo” sea mirar una pantalla. En términos biológicos, esa anticipación activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal y el sistema nervioso simpático. el mismo que se activa frente a situaciones de alerta. Aumentan catecolaminas como adrenalina y noradrenalina, se eleva el cortisol y el cuerpo se prepara para responder
La tanda de penales es el ejemplo extremo. Allí todo se concentra en unos segundos. Para el hincha, cada penal puede sentirse como un examen terminal. La incertidumbre es máxima y a la par, el control personal es nulo. Esa combinación, alta importancia emocional y ausencia total de control, es una de las fórmulas más potentes del estrés humano. No tenemos control, pero “el juego del estrés”, está en no asumir no tenerlo.
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“La incertidumbre es máxima y a la par, el control personal es nulo”.
Los riesgos para la salud

Investigaciones realizadas durante Mundiales mostraron que los partidos de alta carga emocional pueden asociarse con aumentos de eventos cardiovasculares en personas vulnerables. Esto no significa que mirar fútbol sea peligroso, ni que un partido “cause” por sí mismo un infarto. Pero la sabiduría popular usa la palabra infartante por algo. Indica que, en personas con enfermedad cardiovascular previa, hipertensión, tabaquismo, obesidad, sedentarismo o alto nivel de estrés, una emoción intensa puede actuar como disparador.
Hablábamos de la emoción Argentina y también de Inglaterra y un estudio británico registró un aumento del 25% en admisiones por infarto tras la eliminación de Inglaterra ante Argentina por penales en 1998.
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También se observaron cambios hormonales en los hinchas. Un estudio realizado sobre los de España durante la final del Mundial 2010, mostró aumentos de cortisol y testosterona mientras miraban el partido, en comparación con un día control. El cortisol es una hormona vinculada al estrés; la testosterona participa, entre otras funciones, en respuestas asociadas a competencia, desafío, estatus y también agresividad.
Es decir: aunque el hincha no esté jugando, su cuerpo participa de la competencia de manera vicaria.
A esto se suma otro aspecto menos visible: la alteración cronobiológica. Durante un Mundial, cambiamos, en función ellos partidos, ritmos. Se duerme peor, se come distinto, se bebe más, se posponen tareas, se adelantan reuniones y se trabaja con la cabeza en otra parte. Antes del partido aparece la ansiedad; después, la euforia o el bajón. Si se gana, la celebración puede extenderse durante horas. Si se pierde, la rumiación mental puede impedir el descanso. En ambos casos, el sueño paga el costo, señalan las investigaciones.
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La biología de la alegría y la celebración colectiva

Pero si el Mundial tiene costo, también tiene recompensa. La alegría también tiene su biología. Cuando llega el gol, la clasificación o el campeonato, aparece una descarga de recompensa. Dopamina, oxitocina, endorfinas, relacionadas con mecanismos de vinculación social, participan de esa sensación de alivio, comunión y analgesia colectiva.
La dopamina participa en la sensación de placer y expectativa cumplida. Las endorfinas ayudan a explicar la euforia. La oxitocina, vinculada con el contacto, el apego y la pertenencia, permite comprender por qué tantas personas necesitan abrazarse, cantar juntas o salir a la calle. La emoción no quiere quedarse encerrada en el cuerpo: busca comunidad.
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El fútbol como identidad y refugio frente a la incertidumbre
En la Argentina, esa dimensión se vuelve especialmente intensa porque el fútbol ocupa un lugar central en la construcción de la identidad colectiva. La Selección representa recuerdos, infancia, barrio, clubes, rivalidades, generaciones, frustraciones y esperanzas.
En una sociedad acostumbrada a la incertidumbre, el fútbol ofrece algo que la vida cotidiana pocas veces concede: reglas claras, tiempo definido, adversario visible y resultado concreto. Para bien o mal en un momento acotado sabremos el resultado y podremos adueñarnos de nuestras emociones.
Esta intensidad, sin embargo, necesita límites. Quienes tienen antecedentes cardíacos o factores de riesgo deberían evitar sumar al estrés del partido otros disparadores: alcohol en exceso, comidas muy pesadas, discusiones, falta de medicación, privación de sueño o consumo excesivo de estimulantes. La pasión puede disfrutarse sin convertir el cuerpo en un campo de batalla.
Quizá por eso el fútbol tiene una potencia tan particular. Porque durante un partido decisivo nos recuerda algo antiguo: los seres humanos no estamos hechos solo para pensar, sino también para sentir juntos.
Y pocas escenas modernas logran eso con tanta fuerza como una pelota entrando, o no, en un arco.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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