
La melatonina, hormona que regula los ciclos de sueño y vigilia, se convirtió en un recurso cotidiano en su forma de suplemento o medicamento, pero su uso masivo —tanto en adultos como en niños— excede lo que la evidencia científica respalda y genera dudas sobre sus efectos a largo plazo, según M. Teresa Grande Rodríguez, profesora de farmacología y toxicología de la Universidad Francisco de Vitoria, en un artículo publicado en la plataforma The Conversation.
Hace unos años se la asociaba a los viajes largos y a la necesidad de sobrellevar el desfase horario; hoy aparece como respuesta frecuente ante dificultades para dormir, incluso cuando el problema puede estar más vinculado con hábitos diarios que con una alteración biológica que justifique su administración.
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Grande Rodríguez advirtió que la expansión del consumo fue más rápida que la comprensión pública de lo que la melatonina realmente hace en el organismo, y que ese hábito no necesariamente responde a un uso razonable.

La melatonina actúa como señal temporal y no como un somnífero
La melatonina no induce el sueño de forma directa. Es una hormona que produce el propio cuerpo en la glándula pineal, una pequeña estructura situada en el cerebro, y su función es indicar al organismo que llegó la noche.
Su producción aumenta con la oscuridad y disminuye con la luz, sobre todo con la luz artificial de las pantallas. Esa dinámica ayuda a coordinar el ritmo circadiano, el sistema que organiza los ciclos de sueño y vigilia a lo largo de las 24 horas del día.
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Esa diferencia explica por qué su efecto suele simplificarse de manera errónea. La melatonina no funciona como un interruptor que “apaga” el cerebro, sino como un sincronizador que prepara al organismo, sin garantizar por sí sola que el sueño aparezca.
La especialista subrayó además que la melatonina natural y la que se toma como suplemento o medicamento son la misma molécula. La diferencia está en el modo en que actúan: la secreción del cuerpo sigue un patrón progresivo y ajustado al ciclo de luz y oscuridad, mientras la administración externa introduce una dosis definida en un momento concreto, al margen de cómo esté funcionando el reloj biológico de cada persona.
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La evidencia avala usos específicos, pero no un consumo generalizado
No todos los productos con melatonina son equivalentes. Puede presentarse como suplemento o como medicamento, con diferencias en dosis, formulación, controles de calidad e indicaciones evaluadas.
Los medicamentos están dirigidos a situaciones concretas y cuentan con evidencia clínica específica. Los suplementos, en cambio, se popularizaron como una respuesta frecuente frente a cualquier dificultad para dormir y muchas veces se usan por iniciativa propia.
La ciencia sí respalda su empleo frente al jet lag y en algunos trastornos del ritmo circadiano. El problema, según la farmacóloga, es que su uso se extendió mucho más allá de esas indicaciones, tanto entre adultos con insomnio ocasional como en población pediátrica.
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En el caso de los niños, el punto exige más cautela. El sueño está estrechamente ligado al desarrollo, a los hábitos y a las rutinas, por lo que una intervención farmacológica no debería reemplazar la búsqueda de las causas del problema.
Los estudios disponibles sobre seguridad a corto plazo son, en general, tranquilizadores. Aun así, todavía hay pocos datos sobre las consecuencias de tomar melatonina durante años en etapas como la infancia y la adolescencia, y los expertos coinciden en que falta evidencia para establecer con certeza sus efectos a largo plazo.

La higiene del sueño sigue siendo la primera intervención
La frecuencia con que se recurre a la melatonina también revela otra cuestión: la tendencia a tratar el sueño como si dependiera de una sola molécula. La especialista sostuvo que dormir bien depende de un sistema más complejo, muy condicionado por la conducta cotidiana.
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Por eso propuso revisar primero los factores básicos que suelen alterarlo: la exposición a la luz durante la noche, los horarios irregulares, el uso de pantallas antes de dormir y la falta de rutinas estables. La recomendación de fondo no es descartar la melatonina en todos los casos, sino ubicarla en su lugar preciso: una herramienta útil en contextos concretos, no una solución universal ni un recurso inocuo por definición.
La respuesta más directa a la pregunta sobre un posible abuso es que el problema no reside solo en la sustancia, sino en el modo en que se la usa. Cuando se convierte en atajo habitual para corregir problemas de sueño que pueden tener origen en la rutina diaria, la discusión deja de ser farmacológica y pasa a involucrar hábitos, contexto y la necesidad de cambiar “la pastilla” por una buena higiene del sueño.
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