
En la actualidad, la creencia de que dormir menos favorece una mayor productividad ganó terreno en distintos ámbitos laborales y personales. Según Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, esta idea se basa en una construcción cultural que se instaló en los discursos sobre el éxito y la disciplina. El especialista, referente en psicología y autor del libro Dormir para vivir, sostuvo que el sueño fue históricamente un límite natural y no un obstáculo para el desarrollo.
En diálogo con la revista especializada en salud Men’s Helth, Rodríguez-Muñoz, explicó que la transformación de los hábitos de descanso comenzó con la llegada de la luz artificial, la revolución industrial y la estructuración de la jornada laboral. Según sus investigaciones, la valoración positiva del insomnio surgió cuando la actividad constante empezó a considerarse señal de compromiso, pero el experto subrayó que la falta de sueño no implica mayor eficiencia, sino todo lo contrario.
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De acuerdo con el profesional y fuentes recogidas por medios españoles de referencia en salud, el cuerpo humano “no negocia con el sueño”. El psicólogo advirtió que el organismo puede soportar periodos breves de privación, pero la deuda de descanso termina impactando en la salud física, emocional y cognitiva. El cuerpo paga un precio: peor rendimiento, peor regulación emocional, detalló el investigador.
La cultura del “no parar” y sus consecuencias

Por otra parte, la cultura de la hiperactividad llevó a que cada vez más personas valoren la disponibilidad permanente. “Dormir poco ya no es un problema, es una señal de compromiso”, afirmó el catedrático al portal de salud. Esta percepción se refleja en los ambientes laborales y en la vida cotidiana, donde los individuos que duermen menos suelen recibir elogios por su dedicación.
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En ese sentido, la autopercepción del rendimiento también sufre alteraciones. De acuerdo con Rodríguez-Muñoz, el cerebro entra en una fase de compensación que genera una sensación subjetiva de alerta y eficacia. Pero esta percepción no corresponde a la realidad: "Funcionás peor, pero creés que estás funcionando igual o incluso mejor. Es una de las trampas más peligrosas del sueño", precisó.
A la vez, el deterioro en la capacidad de concentración y análisis se manifiesta en pequeños errores diarios. Los despistes y olvidos leves se vuelven habituales y muchas veces pasan desapercibidos. “Son fallos discretos, pero constantes. Precisamente por eso son peligrosos: los normalizamos”, indicó el experto.
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Impacto en el bienestar y la vida social

También la falta de sueño afecta el funcionamiento social y emocional. El especialista indicó que el cansancio disminuye la tolerancia y la empatía, factores clave para mantener relaciones saludables. "Dormir mal reduce la paciencia, aumenta la irritabilidad y, sobre todo, disminuye la empatía", señaló el psicólogo. Según su análisis, el cerebro cansado responde de forma más impulsiva y filtra menos los estímulos negativos.
El impacto traspasa la esfera individual. En los entornos de trabajo, la fatiga causa una baja en la creatividad, en la flexibilidad cognitiva y en la capacidad de valorar consecuencias. Rodríguez-Muñoz adviertió que la cultura del “siempre disponible” puede derivar en una disminución del rendimiento general y en un deterioro del clima laboral.
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Este enfoque coincide con un artículo científico que documentó cómo la falta de sueño impacta negativamente en la atención, la toma de decisiones y la productividad. Personas que duermen menos de 6 horas reportan hasta 29% más pérdida de productividad que quienes duermen entre 7 y 8 horas.
El descanso como necesidad biológica
En otro plano, el especialista sostuvo que el sueño debe considerarse una necesidad biológica. “El cuerpo no entiende de épica laboral”, enfatizó. La privación de descanso afecta la salud física, aumenta el riesgo de enfermedades y perjudica la regulación emocional. La idea de que dormir menos equivale a trabajar más responde a una lógica cultural y no a la realidad biológica, de acuerdo con el psicólogo.
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La ciencia del sueño demostró que la productividad no crece en paralelo con las horas de vigilia. Por el contrario, un descanso adecuado mejora la toma de decisiones, el rendimiento y el bienestar general. “Dormir poco no es un signo de éxito. Es, muchas veces, una de las razones por las que no lo alcanzamos”, concluyó el catedrático.
Diversos especialistas en medicina del sueño coinciden con Rodríguez-Muñoz. Según datos publicados por especialistas del Hospital Universitario Gregorio Marañón, -España- la falta de descanso se relaciona con problemas cardiovasculares, alteraciones metabólicas y trastornos del ánimo. Expertos sugieren respetar un mínimo de 7 horas de descanso por noche para adultos, evitar el uso de pantallas antes de dormir y mantener horarios regulares.
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