
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año hay casi diez millones de casos nuevos de demencia. Se trata del resultado “de diversas enfermedades y lesiones que afectan el cerebro”.
Un hallazgo científico reciente puso el foco en hábitos cotidianos que pueden marcar la diferencia mucho antes de que surjan los primeros síntomas.
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Actividad física y sueño: dos aliados en la prevención de la demencia
Un equipo liderado por Akinkunle Oye-Somefun en la Universidad de York (Canadá) analizó millones de casos en una revisión sistemática y metaanálisis publicados en la revista PLOS One. La actividad física regular y dormir las horas recomendadas se asocian con un menor riesgo de demencia en la edad adulta.

El estudio revisó datos de 69 investigaciones de cohortes prospectivas, recopilando información de adultos mayores de 35 años que vivían en comunidad. Los comportamientos evaluados fueron tres: actividad física, sedentarismo y duración del sueño. Los participantes, cognitivamente sanos al inicio, fueron seguidos durante años para registrar la aparición de la enfermedad.
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La actividad física regular se asoció con un riesgo promedio un 25% menor de demencia entre los 49 estudios analizados. Esta reducción del riesgo se mantuvo incluso en poblaciones diversas y con largos periodos de seguimiento. En palabras de los autores: “Nuestros hallazgos sugieren que comportamientos cotidianos como la actividad física, el tiempo que se pasa sentado y la duración del sueño pueden estar relacionados con el riesgo de demencia a lo largo de la vida”.

Dormir bien también protege el cerebro
El análisis identificó también una fuerte relación entre el sueño nocturno y el riesgo de demencia. Dormir menos de siete horas o más de ocho horas por noche se asoció con un riesgo posterior de demencia un 18% y un 28% mayor, respectivamente, si se compara con quienes dormían entre siete y ocho horas. Esta tendencia se observó de forma consistente en los 17 estudios revisados en torno al sueño.
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“Dormir poco o demasiado se asoció con un riesgo posterior de demencia considerablemente mayor”, alertó el equipo dirigido por Oye-Somefun. El mensaje de los autores fue directo: “Comprender cómo se relaciona cada uno de estos comportamientos con el riesgo a lo largo del tiempo puede ayudar a los investigadores a identificar oportunidades para favorecer la salud cerebral a lo largo de la vida”.

El sedentarismo, una amenaza menos explorada
El tiempo prolongado en estado sedentario tampoco quedó fuera del análisis. Permanecer sentado más de ocho horas diarias se relacionó con un riesgo de demencia un 27% mayor, aunque el número de estudios disponibles sobre este comportamiento resultó más limitado.
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“Encontramos muy pocos estudios de cohortes que examinaran la relación entre el sedentarismo y el riesgo de demencia”, reconoció el grupo de la Universidad de York. Esta brecha evidencia la necesidad de investigar más a fondo el impacto de la inactividad prolongada, que ya comienza a distinguirse de la simple ausencia de ejercicio.
Una enfermedad que se gesta durante décadas
La demencia no aparece de un día para otro: puede desarrollarse a lo largo de décadas. El estudio remarcó que, aunque no se puede establecer una relación causal definitiva, la evidencia “amplía y refuerza investigaciones previas” sobre la importancia de los hábitos saludables en la prevención.
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El informe subrayó que la adherencia a las recomendaciones de actividad física y niveles de sueño óptimos en adultos de mediana y avanzada edad se relaciona con un menor riesgo de demencia en la vejez.
Con la prevalencia y el costo global en aumento, las estrategias de salud pública priorizan cada vez más la promoción de hábitos saludables para reducir el riesgo de demencia antes de la aparición de síntomas. La revisión liderada por Oye-Somefun aporta respaldo empírico a campañas que recomiendan moverse más, evitar largos periodos sentados y cuidar las horas de sueño.
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“La demencia se desarrolla a lo largo de décadas”, advirtió el equipo de la Universidad de York, citando los resultados del metaanálisis. “Nuestros hallazgos sugieren que pequeñas decisiones cotidianas pueden influir en el riesgo futuro de demencia”.
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