
Aplazar la alarma al despertar es una costumbre extendida en todo el mundo, aunque su impacto sobre la salud sigue generando debate. Un análisis reciente de The New York Times refleja la incertidumbre existente sobre si esta práctica perjudica la calidad del sueño o si solo integra la rutina diaria de millones de personas.
Comportamiento global y perfil del usuario
Un estudio internacional que monitoreó el descanso de más de 21.000 adultos durante seis meses, utilizando teléfonos inteligentes, reveló que más de la mitad de las noches incluyeron al menos un aplazamiento de la alarma. En promedio, las personas repitieron la acción 2,4 veces antes de levantarse definitivamente.
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El perfil de quienes posponen la alarma es variado, aunque predominan quienes se acuestan tarde, experimentan somnolencia matutina o se despiertan varias veces durante la noche. Este comportamiento se observa en diferentes países y horarios, lo que evidencia una tendencia global relacionada tanto con dificultades para alcanzar un sueño profundo como con la búsqueda de minutos extra en la cama.
El acto de aplazar la alarma —o “snooze”— consiste en programar varias señales con intervalos breves para postergar el momento de levantarse. Este hábito suele asociarse al deseo de prolongar el descanso o suavizar la transición al estado de vigilia, especialmente entre quienes sienten cansancio al despertar. Las motivaciones varían: algunas personas buscan un despertar más gradual, mientras que otras intentan compensar el déficit de sueño causado por noches cortas o fragmentadas.
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Sin embargo, la comunidad médica advierte sobre posibles consecuencias para el ciclo de sueño. Rebecca Robbins, especialista en descanso en el Brigham and Women’s Hospital, explicó que interrumpir la fase REM —relevante para la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional— puede hacer perder parte esencial del descanso nocturno. “El sueño puede volverse más fragmentado y menos reparador”, afirmó Robbins, advirtiendo que tras la interrupción, el descanso entra en una etapa superficial con menor aporte al cerebro.
Matices, ritmo biológico y recomendaciones
No obstante, otros especialistas aportan matices. Cathy Goldstein, profesora de neurología en la Universidad de Michigan, señaló que todavía no existen pruebas sólidas de que perder algunos minutos de sueño REM cause un deterioro significativo en las capacidades cognitivas o en el ánimo.
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Existe preocupación sobre cómo posponer la alarma puede alterar el ritmo circadiano o reloj biológico interno. Robbins advirtió que si este patrón lleva a levantarse más de media hora más tarde de lo habitual, el cuerpo podría percibir el desfase y presentar problemas para dormirse o despertar a la hora correcta los días siguientes. Alterar el ritmo circadiano dificulta el sueño y puede generar fatiga persistente, afectando la rutina diaria y la productividad.

Para especialistas como Shelby Harris, profesora asociada de neurología y psiquiatría en el Albert Einstein College of Medicine, aplazar la alarma suele ser un síntoma, no la causa, de trastornos subyacentes del sueño. Harris detalló que muchas personas recurren a esta táctica al padecer insomnio, síndrome de piernas inquietas, narcolepsia, apnea del sueño o por el uso de medicamentos que provocan embotamiento matutino.
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Harris recomendó priorizar la higiene del sueño durante al menos una semana, controlando factores como evitar la cafeína y las siestas vespertinas, mantener horarios regulares y asegurar un entorno favorable en la habitación.
Beneficios potenciales y advertencias finales
No todas las conclusiones sobre posponer la alarma son negativas. Goldstein y Robbins señalaron que estudios recientes sugieren que, en personas bien descansadas, esta práctica podría mejorar temporalmente el rendimiento cognitivo tras despertar.
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Una investigación, realizada con 31 personas que suelen aplazar la alarma, mostró que el desempeño mental fue superior entre quienes obtuvieron unos minutos adicionales de descanso ligero que entre quienes se levantaron sin posponer la alarma. Este lapso puede reducir la sensación de letargo matutino y facilitar el inicio de las actividades.
Sin embargo, los expertos enfatizan que retrasar la alarma no debe ser una solución permanente. Si la dificultad para levantarse está asociada a trastornos de sueño o fatiga crónica, consultar a un profesional de la salud resulta esencial para tratar el origen del problema y recuperar una calidad de sueño adecuada.
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