Crece la ansiedad en niños y adolescentes y pone en jaque la eficacia de los tratamientos actuales

Especialistas advierten que los abordajes tradicionales no funcionan en casi la mitad de los casos y reclaman estrategias personalizadas y nuevos biomarcadores para mejorar el diagnóstico y la respuesta terapéutica

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La prevalencia de la ansiedad
La prevalencia de la ansiedad pediátrica aumentó de forma sostenida y preocupa a especialistas en salud mental (Freepik)

La prevalencia de los trastornos de ansiedad en niños y adolescentes aumenta de manera sostenida. El abordaje terapéutico vigente no logra resultados satisfactorios en una proporción significativa de casos. La búsqueda de nuevos indicadores clínicos y estrategias personalizadas se presenta como desafío central para la salud pública.

La ansiedad pediátrica afecta a una proporción creciente de niños y adolescentes. En la última década, la frecuencia de estos trastornos se incrementó de manera constante en el grupo de tres a diecisiete años. La prevalencia actual alcanza al 11% de esta población, según datos oficiales difundidos por psiquiatrica.com. El fenómeno se observa principalmente en adolescentes, donde la incidencia subió del 10% al 16% entre los años 2016 y 2023.

Este aumento sostenido genera preocupación en la comunidad médica y educativa. De acuerdo con datos recogidos por encuestas realizadas en Estados Unidos, el incremento en la prevalencia de la ansiedad en adolescentes de doce a diecisiete años alcanzó el 70% en menos de una década.

En ese sentido, las cifras posicionan a la ansiedad como la afección psiquiátrica más común en la infancia y adolescencia de Estados Unidos.

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El 11% de los niños y adolescentes presenta algún tipo de trastorno de ansiedad, con mayor incidencia en adolescentes (Imagen Ilustrativa Infobae)

El inicio temprano de la ansiedad y sus consecuencias

La ansiedad pediátrica suele comenzar a una edad media de seis años. Cuando no recibe tratamiento adecuado, el riesgo de desarrollar otros trastornos del estado de ánimo aumenta de forma marcada.

Además, la ansiedad no tratada se asocia a dificultades persistentes en el funcionamiento social, académico y emocional de los afectados. Según fuentes especializadas, estas secuelas pueden prolongarse hasta la adultez y comprometer la calidad de vida.

El impacto de la ansiedad no solo afecta el bienestar individual. También genera consecuencias en el entorno familiar y escolar. Las dificultades para el aprendizaje, la integración social y el desarrollo emocional suelen intensificarse cuando el trastorno no se aborda de manera oportuna y eficaz. El abordaje temprano aparece como un factor clave para mitigar daños a largo plazo.

Entre 2016 y 2023, la
Entre 2016 y 2023, la ansiedad en adolescentes de Estados Unidos creció del 10% al 16%, según datos oficiales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Limitaciones de los tratamientos tradicionales

En la actualidad, la terapia cognitivo-conductual (TCC) se considera el tratamiento estándar para la ansiedad en niños y adolescentes. De acuerdo con expertos en salud mental, la TCC ofrece una base sólida para el manejo clínico de estos trastornos.

No obstante, evidencia reciente muestra que cerca de la mitad de los jóvenes tratados no experimenta una mejoría clínica significativa con este enfoque.

Esta limitación resulta especialmente relevante por la relación directa entre la duración de los síntomas y la gravedad del cuadro clínico. Cuanto más tiempo persisten los síntomas de ansiedad sin respuesta al tratamiento, mayor es la probabilidad de complicaciones posteriores y deterioro funcional. El desafío se intensifica ante el aumento constante de casos y la demanda de servicios especializados.

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El inicio temprano de la ansiedad, alrededor de los seis años, incrementa el riesgo de desarrollar otros problemas de salud mental (Imagen Ilustrativa Infobae)

Necesidad de nuevos enfoques y biomarcadores

La identificación de biomarcadores capaces de predecir la respuesta al tratamiento se establece como prioridad en la investigación clínica. Contar con indicadores objetivos permitiría personalizar las intervenciones, optimizar la eficacia terapéutica y diseñar estrategias de intervención temprana más precisas. Según especialistas, este avance contribuiría a reducir la carga clínica y funcional asociada a la ansiedad pediátrica.

La búsqueda de biomarcadores no solo responde a la necesidad de mejorar los resultados individuales, sino que también plantea beneficios a nivel de salud pública. La personalización de los abordajes podría significar un cambio de paradigma en el tratamiento y la prevención de estos trastornos.

De acuerdo con fuentes consultadas, el desarrollo de modelos predictivos representa una oportunidad para mejorar la atención y el pronóstico de niños y adolescentes afectados.

La ansiedad pediátrica no tratada
La ansiedad pediátrica no tratada repercute en el bienestar escolar, social y emocional, afectando a largo plazo la calidad de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)

Panorama actual y desafíos futuros

El crecimiento sostenido de la ansiedad pediátrica y las limitaciones en la eficacia de los tratamientos actuales evidencian la necesidad de avanzar hacia modelos de atención más personalizados. El sistema de salud enfrenta el reto de adaptar sus recursos y estrategias a una problemática que afecta a una proporción significativa de la población infantil y adolescente.

La integración de nuevos hallazgos científicos y el desarrollo de herramientas de diagnóstico más precisas resultan fundamentales para responder a este desafío. Los profesionales de la salud y la investigación continúan trabajando para comprender mejor los factores que influyen en la aparición y persistencia de la ansiedad pediátrica.

El objetivo principal radica en mejorar la calidad de vida de los niños y adolescentes, así como en reducir el impacto social y económico asociado a estos trastornos.