
Dormir no es solo una necesidad biológica, sino una parte clave del bienestar diario. De hecho, diversos estudios estiman que el ser humano pasa cerca de un tercio de la vida durmiendo. Lejos de ser tiempo perdido, el sueño es una etapa activa y fundamental: según la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos (NML, por sus siglas en inglés), durante ese período, el cerebro trabaja intensamente, especialmente en la fase de ensoñación, lo que lo convierte en un pilar esencial para mantenerse saludable y con energía.
Sin sueño, una persona no es capaz de formar o mantener las conexiones en el cerebro que permiten aprender y crear nuevos recuerdos. También es más difícil concentrarse y responder con rapidez.
Un artículo del Instituto Nacional de Salud (NIH, por sus siglas en inglés), titulado “Conceptos básicos del cerebro: entender el sueño” detalla que se trata de un acción importante para varias funciones cerebrales, incluida la forma en que las neuronas (las células nerviosas) se comunican entre sí. El estudio afirma que el cerebro permanece activo mientras una persona duerme, aunque el cuerpo esté en reposo.
Según los NIH, las estructuras del cerebro desempeñan un papel importante durante la somnolencia, en la eliminación de las toxinas que se acumulan mientras se está despierto. En este sentido, hay seis partes del cerebro implicadas. Una de ellas es el hipotálamo.
Se trata de una estructura del tamaño de una almendra situada en las profundidades del cerebro. El hipotálamo alberga el núcleo supraquiasmático, un conjunto de miles de células que reciben información sobre la exposición a la luz directamente de los ojos y controlan su ritmo de comportamiento. Así afectan el sueño y la vigilia. Esta es la encargada de señalar, por la cantidad de luz, si es hora de descansar o estar en alerta.

La segunda parte importante en el proceso de sueño es el tronco encefálico. Se sitúa en la base del cerebro y se comunica con el hipotálamo para controlar las transiciones entre la vigilia y el sueño.
En este caso, las células promotoras del sueño, dentro de estas dos estructuras, generan una sustancia química cerebral llamada ácido gamma-aminobutírico, el principal neurotransmisor inhibidor del cerebro encargado de reducir la actividad de los centros de vigilia.
Junto a estos componentes se encuentra la glándula pineal. Se encuentra entre los dos hemisferios cerebrales y recibe señales del núcleo supraquiasmático y aumenta la producción de la hormona melatonina, que ayuda a inducir el sueño una vez que se apagan las luces.
Estas estructuras actúan durante la transición entre la vigilia y el sueño, llamada fase no REM. Según el NIH, durante ese periodo se dan tres fases diferentes: los latidos del corazón, la respiración y la ralentización de los movimientos oculares. Asimismo, los músculos se relajan con contracciones ocasionales.

En la segunda etapa del sueño no REM, las ondas cerebrales se ralentizan, al mismo tiempo que la temperatura corporal disminuye y los movimientos oculares se detienen.
En tanto, en la tercera fase, que es el periodo de sueño profundo necesario para sentirse renovado por la mañana, la frecuencia cardiaca y la respiración disminuyen a niveles bajos. Esto genera que los músculos se relajen por completo.
La fase final del ciclo de sueño se repite varias veces durante el descanso. Según el NIH, se produce unos 90 minutos después de quedarse dormido y es cuando los ojos se mueven rápidamente de un lado a otro detrás de los párpados cerrados.
Durante esta fase, las ondas cerebrales se aproximan a la observada durante la vigilia. La respiración se vuelve más rápida e irregular y la frecuencia cardiaca y la tensión arterial aumentan.
El tronco encefálico desempeña un papel especial durante el sueño REM. Este se encarga de enviar señales para relajar los músculos esenciales para la postura corporal y las extremidades, de este modo no se producen movimientos bruscos durante los sueños.

Asimismo, se activa una zona llamada tálamo. Esta estructura actúa como regulador de la corriente eléctrica y controla la información recibida por los sentidos hasta que llega a la corteza cerebral, que procesa e interpreta la información.
Si bien el cerebro es el protagonista del sueño, los especialistas afirman que este afecta a casi todo tipo de tejidos y sistemas del organismo, desde el corazón y los pulmones hasta el metabolismo, la función inmunitaria, el estado de ánimo y la resistencia a las enfermedades.
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