
La base de toda la producción humana, en cualquier sentido, está dada por los comportamientos. Así, las más sublimes o heroicas páginas que podemos encontrar en la historia de la humanidad son aquellas de los comportamientos humanos. Si se quiere, ya que es época de intenso debate sobre el tema, el cambio climático tiene, cualquiera sea la postura, un importante elemento en los comportamientos, las obras de la humanidad y su respuesta. Así también la tiene los peores y más abyectos episodios de la humanidad.
Sin embargo, por alguna extraña razón cuando hablamos de algo inmediato, como la violencia, e inclusive la violencia homicida, se habla de leyes, de políticas, de seguridad, de teorías sociales, y se transforma en un galimatías ideológico, pero nunca se habla de los comportamientos humanos subyacentes.
Se plantea eventualmente sólo un subproducto distorsivo de esto, que aleja de la comprensión y es si en caso que el crimen tenga alguna característica que llame la atención, dar un salto a la patología, es decir que aquello que ocurrió debe ser fruto de alguna patología. La pregunta “qué tiene en la cabeza, en la mente”, el asesino, circunscribe el producto. Allí luego entramos en el callejón sin salida de las personalidades psicopáticas, o quizás hasta antisociales y eventualmente pensar en una pérdida de contacto con la realidad, en una psicosis de cualquier origen. Pero el estudio de los comportamientos está ausente. Sin embargo, los comportamientos violentos son un modelo específico de estudio en el cual confluyen las diferentes ramas que hacen a las ciencias del comportamiento, quizás más conocidas bajo su denominación en inglés Behavioral (o Behavioural) Science.

Hace unas semanas dentro del DNU emitido por el presidente Javier Milei, se encontraba en un capítulo o título, la propuesta para la actualización de la Ley de Salud Mental 26657, que ha recibido tantas críticas a lo largo de su existencia. En diversos artículos en Infobae se comentó sobre esto. Quizás el elemento más notable es que la ley, que es necesario modificar, independiente de su estructura teórica, ha fracasado en otorgar la respuesta que la realidad de la salud mental plantea, o en todo caso en ese paradigma de “salud mental” excluye la realidad de la patología por considerarla estigmatizante.
Dentro de ese concepto de estigmatización inversa, ya que ignorando algo es la mayor manera de efectivamente estigmatizarlo, y poblarlo de imaginarios, está el negar la idea de peligrosidad inherente en ciertos casos de patología mental y que necesitan de un abordaje específico. El concepto de peligrosidad para sí y para los demás también, al ser excluido del discurso, no desaparece mágicamente, sino que se traslada a la sociedad.
No es difícil de ver la correlación entre un modelo aplicado tanto a unos comportamientos, eventualmente aquellos que salen de la norma, los patológicos, que son negados en su realidad, vayan en paralelo a otros comportamientos que son los que se exteriorizan en la violencia hacia otros, es decir los comportamientos criminales que hacen a la criminología.
Este paralelo ha llevado a posiciones, como vemos tanto ahora en torno al debate sobre la ley de Salud Mental en la cual ciertos grupos adoptan posturas extremas, lejanas a la realidad o quizás ignorándola completamente. El debate lejos de ser científico es ideológico, y por defecto ignorante de la realidad y el conocimiento de las ciencias que estudian esto desde siempre.

Hace unos días en relación a esto en una entrevista se me planteaba como realidades opuestas y que no podían coexistir, si en lugar de centros de atención primaria en salud mental, centros de proximidad, el DNU (y quien hablaba) proponían “encerrar” por el resto de su vida a las personas. Esa visión ligada al asilo carcelario, o como un propulsor de la anterior ley asimiló con un famoso caso de internación forzada con fines económicos, hacen al pasado o eventualmente al delito, como es el caso mencionado. Es sugerir que cualquier persona que entre a un quirófano para ser operada, y necesariamente será anestesiada, tal ocasión será aprovechada para provocar un daño de algún tipo, es decir se define algo por la perversión de ese algo.
En el caso de las conductas delictivas, ocurre algo similar. Al rehusar el estudio científico y técnico del tema nos acercamos al ideológico que es el que da los resultados que tenemos, y así aparecen los extremos, necesariamente por fuera de la realidad, como única realidad. El delincuente debe ser castigado de la manera más cercana a la venganza o por el contrario se debe entender que es la consecuencia de una sociedad de la cual él es víctima.
Al igual que hemos abogado en diversas notas, se impone la necesidad de salir de un marco partisano, ideológico, y hacer un abordaje científico de los comportamientos, tanto en el marco de la vida cotidiana, como en la patología o en una forma de patología trasladada a la social que es el crimen.
La desestigmatización, la conducta preventiva y la integración de conocimientos necesitan de un cambio de paradigma acorde con la demanda de la realidad. Uno de ellos es que el conocimiento y los estudios ya no pueden seguir siendo considerados en compartimentos estancos sino entender la correlación que tiene, por ejemplo, una estructura mental, cognitiva, comportamental y las consecuencias de ella.

Hace unos días en el centro de Buenos Aires, en el barrio de Recoleta, un hombre se atrincheró teniendo de rehén a su mujer y su hijo de 6 años, en la terraza de un piso 14. Contaba con 22 antecedentes penales, con todo tipo de comportamiento disfuncional y peligroso. Sin embargo, allí estaba. Hoy, afortunadamente, no estamos hablando de la muerte de un niño de 6 años simplemente porque no ocurrió.
El niño, a su vez, en razón de su “salud mental” está especialmente en una situación de vulnerabilidad, pero eso no fue obstáculo, aparentemente a pesar de todos los episodios anteriores, para que estuviera conviviendo con una persona peligrosa. Se esbozaron desde teorías psicológicas o policiales, pero la realidad es que el hecho ocurrió en un contexto en que como todos los casos había suficientes elementos que ameritan otro estudio, otra lectura.
Pero en ausencia de ella quizás esa es la variable en la que nos movemos, la del destino, al no darle a este tipo de temas el lugar y la importancia que tienen. Seguimos fragmentando en frases solo separadas por el relato o una narrativa teórica, pero que en la realidad están unidas.
Hasta que logremos sintetizar los diferentes emergentes que hacen en lo mediático a la noticia, en un concepto en el cual se pueda realizar un estudio científico, en el que converjan las diferentes ciencias que hacen a los comportamientos humanos, seguiremos como los siete sabios ciegos que solo podían imaginar la realidad en función de la parte del elefante que palpaban.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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