
Estamos en época de elecciones y de crisis económica crónica y, sin duda, usted habrá escuchado hablar de la “Gran Depresión”, en referencia a la crisis de los años 30 en Estados Unidos. A casi un siglo de ese fenómeno económico y social, vuelve a hablarse de la “Gran Depresión”, pero esta vez referida a la que afecta a la salud mental y en particular a la de la población adolescente.
Este es el planteo de la doctora Jean Twenge en su libro “Generaciones”, en el que formula apreciaciones tan contundentes como preocupantes, como que la cifra de adolescentes que expresan “no disfrutar de la vida”, se duplicó desde el auge de las redes sociales.
Estas afirmaciones, a las que suman otras que se observan en las encuestas realizadas en por Universidad de Michigan que se han llevado a cabo desde 1991, con 50.000 estudiantes adolescentes en todo el país, a los que se les preguntó si estaban de acuerdo y en qué grado, con las declaraciones “No puedo hacer nada bien”, “No disfruto de la vida” y “Mi vida no es útil”, entre otras.

Esto viene a confirmar una realidad planteada por diversos estudios e informes desde hace algunos años, entre ellos uno que fue conocido para el gran público en época de pandemia, el de Los Centros para la Prevención y Control de las Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés). El informe se titula: “Niñas adolescentes de EE. UU. experimentan mayor tristeza y violencia” (U.S. Teen Girls Experiencing Increased Sadness and Violence ).
En este informe muestran, tomando dos fechas muy cercanas en términos epidemiológicos, 2011/2021, que el incremento de ideas negativas, tristeza, sensación de inutilidad y falta de expectativas creció del 20 al 30 % en varones, pero aún más importante el encontrado en niñas adolescentes, del 36 al 57 %. Estas cifras se corresponden con lo que empíricamente vemos en la práctica clínica.
Ese mismo informe de los CDC presenta una cifra que es aún más alarmante: se ha visto un incremento del 20% de las agresiones sexuales sobre las adolescentes, pero toman un periodo aún más corto, 2017/2021, lo cual es un indicador del incremento acelerado del problema abordado y el malestar emergente.
Esto es al mismo tiempo lo que vemos en la crónica forense-policial en casos en los que la violencia entre adolescentes no deja de crecer, como el reciente caso en nuestro país de Joaquín Sperani, el niño de 14 años asesinado en Córdoba, y cuyo mejor amigo confesó el crimen.

En su libro, la doctora Twenge analiza no solo los resultados de la Universidad de Michigan o los del CDC, sino uno muy importante e interesante que viene realizando desde 1975 el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de EEUU, conocido comúnmente como NIDA por sus siglas en inglés , que se llama “Monitoreando el futuro”.
En este informe un gráfico muestra curvas con datos muy preocupantes, ya que las cifras aumentan a partir de 2015 de manera fuerte, pero a partir del año 2020 el incremento es exponencial. Utilizando en sondeos las frases que mencioné (”No hago nada bien”, etc.), llegan a cifras del 50/60% de la población estudiada.
Las fechas son coincidentes, por un lado, con la pandemia y el aislamiento social, cierre de escuelas etc., pero al mismo tiempo con la expansión en el uso de las redes sociales, que crecen no solo en funciones para hacerlas más atractivas y desplazar al mundo real, sino que son cada vez más numerosas las opciones.
Ya en noviembre de 2020, escribí en Infobae sobre la epidemia en salud mental que comenzaba y como esta franja estaba entre las más afectadas.

El planteo de los estudios revela algo que venimos viendo desde hace décadas y es el costo de la desaparición de estructuras contenedoras y rituales de pasaje dentro del mundo real.
Estos rituales de pasaje, que la cultura viene formalizado en distintas ceremonias (Bar Mitzvah o Comunión, por mencionar dos formas religiosas de estos rituales), son los que permiten desde el inicio de los tiempos que el adolescente pase por las diferentes etapas evolutivas, adquiriendo herramientas para el mundo progresivamente más complejo camino a la madurez.
La vida en las pantallas, las redes, evitan todo tipo de confrontación con esa realidad e impulsan el aislamiento y el evitamiento, volviendo a una zona de confort, inclusive y como ejemplo, hasta el de la propia imagen distorsionada, como es con el uso de filtros en redes.

Al mismo tiempo, las encuestas en cuanto al tiempo de uso de redes muestran que hay adolescentes que pasan más de 8 horas por día concentrados en las redes y en las respuestas y diálogo en ese mundo virtual. Ya hemos comentado en Infobae en diversas notas como el tema ha adquirido características de epidemia según el doctor Vivek Murthy, cirujano general en Estados Unidos.
El mayor tiempo en pantallas no solo implica sedentarismo, cambio en ritmos de sueño y alimentarios, estar fijos cognitiva y sensorialmente sino el aislamiento del contacto interpersonal y, evidentemente, impide el desarrollo de capacidades que luego llevan al desánimo y a la depresión.
El fenómeno si bien fue estudiado y presentado en Estados Unidos, se está observando en todo el mundo. Así, es interesante ver como los observadores de los conflictos actuales en Francia hablan de que una gran parte de los manifestantes son personas muy jóvenes y que no tiene actividad escolar o deportiva, y que en la desesperación del vacío existencial encuentran en la violencia una escapatoria.

Para concluir, hay que recordar que la depresión y en particular la de los adolescentes, no se trata solo tristeza y, a veces, ni siquiera está presente, sino que lo que emergen son los pensamiento negativos, las cogniciones, la falta de proyecciones y planes a futuro.
Por último, estos estudios arrojan algo que sabemos pero nos angustia abordar. En ese mismo periodo de 10 años las hospitalizaciones por autoagresiones hasta las de tentativas de suicidio han crecido en un 160%. El suicidio ya es la segunda causa de muerte en adolescentes y jóvenes en Estados Unidos.
Evidentemente, ya la solución no es solo limitar el uso de plataformas en redes, sino replantear qué proyectos y qué acompañamientos les damos a estas generaciones en peligro extremo.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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