
La cuarentena obligatoria comenzó a regir en Argentina a las 00 horas del viernes 20 de marzo. Un año más tarde, el país está al borde de otra crisis de salud: el trauma psicológico generalizado que provocó la pandemia. Las agencias de salud y los expertos advierten que se aproxima una ola histórica de problemas de salud mental: depresión, abuso de sustancias, trastorno de estrés postraumático y suicidio.
Cuando las enfermedades atacan, dicen los expertos, proyectan una pandemia de lesiones psicológicas y sociales. Esta “sombra” a menudo es persistente a la pandemia por el virus y continúa atacando por semanas, meses e incluso años. Y recibe poca atención en comparación con la enfermedad, a pesar de que también devasta familias, daña y mata.
Según una investigación publicada en el Centro Nacional para la Información Biotecnológica de los Estados Unidos (NCBI por sus siglas en ingles), el impacto a largo plazo en la salud mental de COVID-19 puede tardar semanas o meses en ser completamente aparente, y manejar este impacto requiere un esfuerzo concertado no solo de los especialistas de la salud mental, sino del sistema de atención médica en general.
Recientemente, la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), a través del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA), presentó el decimocuarto informe de una encuesta denominada “Crisis Coronavirus”. La primera edición fue lanzada incluso antes de que se estableciera la cuarentena obligatoria en el país y cuenta con una actualización constante cada diez días. Este último documento refiere a los 365 días de la crisis en el país y cómo esta afectó a los ciudadanos argentinos en materia de salud mental, económica y de consideración de gestión política.
Según este informe, si bien la mayoría de la gente realiza un balance del año de la pandemia y el confinamiento claramente negativo, las dos opciones más elegidas por la gente para expresar la forma en que se encuentran para afrontar el nuevo año, fueron mayoritariamente expectante (42%) y esperanzado (34%). La elección mayoritaria de estas dos palabras supone un posicionamiento de autoexigida prudencia, que anida en dosis equilibradas de ansiedad, temores al porvenir e ilusiones de buenaventura. En síntesis, el estado emocional-cognitivo en el que se encuentran los argentinos para iniciar el nuevo año parece situarse en una posición equidistante entre un pesimismo inductivo (fundamentado en el pasado inmediato) y un optimismo resiliente e imprescindible para seguir luchando.

“Diría que los argentinos nos encontramos entre la esperanza y el temor. Acabamos de salir del peor año del siglo XXI y tenemos expectativas de que este sea uno mejor, pero a su vez estamos percibiendo cotidianamente que hay mucho caos y desorientación en quienes nos gobiernan y también que es muy posible que tengamos una segunda ola de coronavirus. Al percibir esto, la esperanza disminuye y da lugar al temor”, explicó a Infobae Gustavo González, director del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA y coordinador principal del informe.
Transcurrido casi un año del comienzo de la pandemia y que el gobierno nacional decrete el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, los indicadores emocionales y cognitivos básicos que nos ayudan a identificar el grado de bienestar/malestar psicólogico se mantienen en valores semejantes a los recogidos en el último estudio del observatorio de septiembre de 2020. La “curva de salud mental” sigue presentando indicadores negativos en niveles bastante altos. Aunque es importante destacar que, por primera vez desde abril 2020, se ha quebrado la tendencia al empeoramiento de los mismos.
Las emociones y sentimientos que mejor expresan ese balance son: incertidumbre, tristeza, angustia, miedo, soledad, desastre y pérdida. El impacto más negativo de la crisis sanitaria ha sido en lo económico, el trabajo y en la salud mental. Las relaciones interpersonales de los ámbitos de estudio, laborales y de amistad, fueron las que resultaron las más afectadas. En cuanto a lo positivo del año, lo más mencionado tiene que ver con la oportunidad que brindó la situación social inédita de aislamiento para la reflexión, el autoconocimiento y el replanteo de valores y prioridades de vida.
En efecto, el conjunto total de emociones y sentimientos negativos ha experimentado una leve mejoría (leve declive en sus valores), lo cual resulta auspicioso y alentador en cuanto a una posible remisión del estado generalizado de malestar psicológico. “Este quiebre de tendencia podría atribuirse a un conjunto de factores, todos ellos asociadas al regreso paulatino de vastos sectores de la sociedad a sus actividades pre-pandemia y confinamiento estricto, a saber: o haber podido disfrutar de una temporada de vacaciones, que permitió en alguna medida bajar los niveles de hartazgo/bronca y agotamiento emocional-cognitivo que había generado un largo confinamiento; o el retorno a las actividades laborales, que implicó para muchos comenzar a recuperar sus ingresos y sanear su economía personal y familiar; o el retorno a la clases presenciales de los niños y adolescentes, que permitió volver a ordenar la vida familiar y laboral”, reza el flamante informe.

La intensidad en todo el conjunto de emociones relevadas alcanza valores más altos en los segmentos más jóvenes. Se diferencian especialmente en detentar niveles más altos de ansiedad y angustia. Además, según los hallazgos develados en la investigación, el 60% de la gente señala estar algo peor o mucho peor que antes de la pandemia. El 28% manifiesta que su visión y expectativas respecto a su futuro han sido afectadas negativamente por la crisis pandémica. Y un 19% siente que su vida será más dura y difícil que antes, mientras que un 9% manifiesta que su perspectiva de futuro ha cambiado drásticamente y se siente desesperanzado y con angustia respecto a cómo seguirá su vida.
La salud física y la situación económica personal son las dos principales preocupaciones de los argentinos, con porcentajes similares de respuestas. En tercer lugar se ubica la preocupación por la salud mental. No obstante, se observa una gran paridad entre las tres opciones. Las mujeres manifiestan una mayor preocupación por su salud física, mientras que los hombres lo hacen por su economía. Los más jóvenes presentan preocupación más alta por la economía personal y la salud mental, a diferencia de los adultos mayores que se sienten más preocupados por su salud física.
Se observa una asociación negativa entre clase social y la preocupacón por la economía personal: a medida que se baja en la pirámide social sube la preocupación por lo económico. Por lo contrario, se presenta una asociación positiva entre clase social y preocupación por la salud física: a medida que se sube en la pirámide social también se sube en la preocupación por la salud física. En cuanto al temor al contagio, una gran mayoría (73%) señala que está entre “muy asustada” (34%) y “un poco asustada” (39%) por la posibilidad de contraer la enfermedad. A su vez, un 55% señala que pensó alguna vez que podía estar contagiado, mientras que un 9% lo piensa todo el tiempo.

Las preocupaciones colectivas influyen en los comportamientos diarios, la economía, las estrategias de prevención y la toma de decisiones de los responsables políticos, las organizaciones de salud y los centros médicos, lo que puede debilitar las estrategias de control de COVID-19 y generar más morbilidad y necesidades de salud mental a nivel mundial.
“La principal estrategia para contener y para mitigar los efectos que ha tenido y tiene la pandemia es la consulta psicológica. Para todo aquel que sienta que ya no es el de antes, que comienza a experimentar cuestiones relativamente fáciles de percibir como la ansiedad, el insomnio y la angustia, nuestro consejo es que consulte lo más rápido posible”, concluyó González.
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