Todos alguna vez han evocado un recuerdo a través de los olores (Shutterstock)
Todos alguna vez han evocado un recuerdo a través de los olores (Shutterstock)

Las vacaciones son necesarias para descansar, renovar energía, olvidarse de las tareas diarias y relajarse; permite al cerebro mejorar la función intelectual. Esta estación es un verdadero festival de olores, sabores, imágenes, sonidos y texturas. Los sentidos ayudan a sumergirse de lleno en esta época del año. Y se cumplen algunos rituales durante las vacaciones como compartir encuentros con familia y amigos: comidas, música, baños de mar, caminatas y sol.

Transitamos por un período de mayor tranquilidad y podemos pensar en futuros proyectos. En esta época se aprecian los olores del verano y al sentirlos podemos asociarlos con la nostalgia, el gran protagonista es una estructura cerebral llamada hipocampo. Nuestro “caballito de mar” cerebral forma parte del sistema límbico, que es el lugar donde se guarda la memoria.

Podemos llamarla la biblioteca de nuestros recuerdos. El olfato es el sentido que más se desconoce, tal vez porque sea el menos difundido, pero la ciencia lo estudia y fueron los americanos Richard Axel y Linda Buck, pioneros en su labor, quienes recibieron el Premio Nobel de Medicina en el año 2004, por el descubrimiento de los receptores olfativos y la organización del sistema olfatorio.

Este poderoso sentido tiene propiedades únicas: el 80% del sabor que percibimos en cada comida y bebida es gracias al olfato. A todos nos ha sucedido esto de evocar un recuerdo a través de los olores. Quién no ha experimentado cierta sensación cuando, por alguna ventana, llega el olor de las pastas de la abuela o los dulces de mamá, o el olor a los bronceadores, durante el verano o el olor que acompaña a las tormentas.

En ocasiones, puede pasar que estos recuerdos no sean agradables, si se tuvo una experiencia traumática como, por ejemplo, vivir un incendio, el olor a quemado disparará sensaciones desagradables. Tanto unos como otras desencadenan cambios de conducta: es probable que permanezcamos tranquilos en el sitio donde sentimos olores ricos que nos remite a recuerdos familiares gratos y que tengamos la tendencia a alejarnos de aquellos lugares donde percibimos olores que nos resultan feos.

Tenemos un sistema de vigilancia y alerta en nuestro cerebro, que condiciona nuestro proceder según los olores que percibimos (Shutterstock)
Tenemos un sistema de vigilancia y alerta en nuestro cerebro, que condiciona nuestro proceder según los olores que percibimos (Shutterstock)

De manera que podemos decir que tenemos un sistema de vigilancia y alerta en nuestro cerebro, que condiciona nuestro proceder según los olores que percibimos.

La forma en que olemos tiene un fuerte componente genético: ¡el 5% del genoma humano se dedica a oler! Estudios de la Universidad de Rockefeller de Nueva York afirman que percibimos nuestro entorno de la siguiente manera: olemos el 35%, saboreamos el 15%, vemos el 5%, oímos el 2% y palpamos el 1%.

Volviendo a esta época del año, las vacaciones “huelen” a muchas cosas, dependiendo del lugar, el mar o la montaña.

Olores, química y verano

¿Qué produce el olor a mar? Los organismos vivos escondidos en la profundidades marinas son los responsables, y un alga unicelular llamada Emiliania Husleyi es la responsable y juega el papel fundamental, porque fabrica y acumula en su interior un compuesto químico conocido con el nombre de dimetilsulfoniopropionato, que pasa a la atmósfera en forma de sulfato de dimetilo, responsable del olor a mar, que inspira tranquilidad, energía y placer.

En el caso de estar en las montañas, sabe a olor inconfundible a tierra mojada, olor a lluvia que está compuesto por dos aromas bastante fáciles de diferenciar: el petricor, fresco, dulce y suave que surge por el impacto de las gotas de agua sobre las piedras, el suelo se lava y pasan al aire estas moléculas, y otro responsable del olor es la geosmina, sustancia química producida por bacterias como Streptomyces, Penicillium y algunas Cianobacterias que están en el suelo y son perceptibles típicamente cuando la tierra se humedece, su aroma es más fuerte y el olfato humano es extremadamente sensible a este compuesto e incluso es detectable a bajísimas concentraciones.

Estas fragancias cuando llueve después de un largo período de sequía pasan al aire, y se transforman en ese inconfundible olor a tierra mojada.

* Stella Maris Cuevas (MN 81701), médica otorrinolaringóloga, experta en olfato, alergista. Presidente de la Asociación de ORL de la Ciudad de Buenos Aires (AOCBA)

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