
La hipertensión es, junto con la diabetes, una de las llamadas "enfermedades silenciosas". Se trata de esas patologías que no presentan síntomas o dan señales de alerta hasta que -muchas veces- es tarde.
Desencadenada por obesidad, estrés y predisposición genética, entre otras causas, la enfermedad suele diagnosticarse cuando se manifiesta algún efecto colateral, como un accidente cerebrovascular, un cuadro cardíaco o los llamados "picos de presión".
Ahora, en el marco de las Sesiones Científicas 2017 de la Asociación Estadounidense del Corazón (AHA), en las que se presentó el Colegio Americano de Cardiólogos junto con otras nueve asociaciones para elaborar y rubricar las Guías 2017 para el Diagnóstico, Tratamiento y Seguimiento de la Hipertensión Arterial, los especialistas determinaron fijar nuevos valores límite para el diagnóstico de la hipertensión.
"La principal novedad es que los especialistas acordaron bajar los límites de presión arterial considerada normal. Hasta el presente, los valores tomados en cuenta eran de 140 milímetros de mercurio (mm-Hg) para presión sistólica y 90 mm-Hg para la diastólica", explicó a Infobae el doctor Daniel Piskorz, presidente de la Federación Argentina de Cardiología (FAC).

Por su parte, consultado por Infobae desde Estados Unidos, el médico cardiólogo Rafael Díaz detalló: "Lo que se decidió es un cambio en la clasificación de hipertensión arterial. Lo que antes llamaban pre-hipertensión, ahora se desdobla en dos categorías diferentes: presión arterial elevada, es la que tienen aquellos sujetos que se encuentran entre 120 y 129 mmHg de tensión arterial sistólica y menos de 80 mmHg de tensión arterial diástolica e hipertensión G 1, aquellos sujetos con tensión arterial sistólica entre 130 y 139 mmHg y diastólica entre 80 y 89mmHg".
"Se mantiene la definición de presión arterial normal, en sujetos con tensión arterial menor a 120/80 mmHg", puntualizó director de Estudios Clínicos Latinoamérica (ECLA) y del Departamento de Cardiología del Instituto Cardiovascular de Rosario.
Hoy estas nuevas guías estipulan 130 mm-Hg y 80 mm-Hg como valores límite para la "hipertensión arterial de nivel 1", pasados los cuales correspondería el diagnóstico de hipertensión arterial. Y para valores de presión sistólica de entre 120 y 130 mm-Hg y 80 de diastólica, se habla de "presión arterial elevada".
Según Piskorz, "estas correcciones están basadas fundamentalmente en la revisión de estudios epidemiológicos, y por lo tanto deben ser tomadas muy cautelosamente, porque las evidencias epidemiológicas deben ser verificadas mediante ensayos clínicos controlados y, a la fecha, sólo existe un ensayo clínico de ese tipo que demostró que reducir los niveles de presión arterial por debajo de 130/80 es beneficioso para los pacientes".
"En ese estudio, llamado SPRINT, la metodología que se utilizó para diagnosticar la hipertensión arterial es diferente de la usada en los consultorios médicos. Y en otros dos estudios, que no están relacionados con el SPRINT, se registraron diferencias de entre 10 y 15 mm-Hg para la medición de la presión sistólica y de 5 a 10 mm-Hg para la diastólica, lo cual significa que ambas formas de medir la presión no son equivalentes", consideró.

Para Díaz, "este cambio en la definición determina un nuevo escenario: un sustancial incremento en la prevalencia de hipertensión arterial, un aumento en el porcentaje de sujetos definidos como hipertensos en relación a la población general". "En este caso, cálculos preliminares en los Estados Unidos sugieren un incremento de aproximadamente el 30% histórico a 45% de la población general. O sea que un cambio en la clasificación aumenta sustancialmente el número de pacientes definidos como hipertensos; queda ver si será solo un problema semántico", agregó.
En este contexto se terminaron de confeccionar, recientemente, las Guías Argentinas de Hipertensión Arterial, apoyadas por las tres sociedades científicas más importantes en la materia -la Federación Argentina de Cardiología, la Sociedad Argentina de Hipertensión Arterial y la Sociedad Argentina de Cardiología-, las cuales no adhirieron a los criterios emanados del estudio SPRINT, y sostuvieron que los niveles de referencia para el diagnóstico y el tratamiento de la presión arterial son de 140/90 mm-Hg, los conocidos por la gente como "14/9".
"La información médica en este tipo de guías se categoriza de acuerdo con el nivel de evidencias que la sustenta. Al recorrer las nuevas guías surgidas de la AHA, se encuentra que la mayoría de las evidencias que apoyan sus recomendaciones son de nivel o categoría C, es decir: están basadas en la opinión de expertos -ahondó Piskorz-. Vale decir que no existe un fundamento de evidencias científicas sólidas que respalden esas decisiones. Y los médicos debemos tomar decisiones basadas en evidencias científicas sólidas".
En definitiva, el cambio en la clasificación determina una mayor proporción de sujetos ahora definidos como pacientes hipertensos; pero no un cambio sustancial en el tratamiento de esta condición, que afecta un número muy elevado de sujetos adultos en todos los países del mundo.

"Este grupo de pacientes eran tratados previamente a estas guías con independencia de sus cifras de presión arterial, ya que pacientes que considerábamos con presión arterial normal (mayor a 130 mmHg pero menor a 140 mmHg) cuando eran definidos como de alto riesgo por patologías asociadas o multiplicidad de factores de riesgo de todos modos eran tratados", remarcó Díaz, para quien, "las nuevas guías abundan en conceptos muy importantes de índole práctica como el diagnóstico, la correcta toma de presión arterial y las medidas higiénico-dietéticas, que son pilar fundamental de este tratamiento y la estratificación del riesgo del paciente".
"Los cambios semánticos derivados de una nueva clasificación no tienen un impacto real en términos terapéuticos, por ahora no cambiaremos nuestra práctica habitual y sin duda deberemos analizar y sedimentar con más tiempo el documento cuyo resumen", opinó Díaz. Y en la misma línea, Piskorz finalizó: "Mi opinión es que los médicos argentinos debemos ser sumamente cautelosos a la hora de analizar estas guías. La Argentina tiene sus propias guías, basadas en evidencia sólida, y adaptadas a la realidad de nuestro país".
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