Entre el oleaje y el olvido: El rastro perdido de David Fernández, autoridades dominicanas buscan su cuerpo en el mar

Las autoridades dominicanas mantienen activo un operativo de búsqueda ininterrumpido en el litoral sur del Distrito Nacional para dar con el paradero de David Fernández, de 35 años

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Un video de cámara de seguridad captó el momento en que fue visto por última vez David Fernández

La tarde del miércoles 29 de abril, el sol sobre la avenida 30 de Mayo no presagiaba la tragedia, pero el mar Caribe, con su azul profundo y su oleaje rítmico, se convirtió en el último testigo de un paso sin retorno.

David Fernández, un hombre de 35 años, cruzó la vía frente a Casa España, dejando atrás su residencia y, posiblemente, un peso emocional que se había vuelto insoportable.

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Una cámara de seguridad captó su silueta a las 2:40 de la tarde. No hubo titubeos bruscos, solo el caminar de alguien que parecía seguir un rumbo trazado por la angustia.

Según el coronel Diego Pesqueira, vocero de la Policía Nacional, Fernández descendió hacia una zona de cuevas en el litoral, un punto ciego donde el lente de la vigilancia perdió su rastro y el rugido de las olas tomó el control de la narrativa.

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Desde ese momento, el Distrito Nacional se sumió en una espera agónica. Equipos del DICRIM, la Armada de República Dominicana (ARD) y rescatistas del 911 han peinado la costa escarpada sin éxito.

Pero detrás de los operativos y los botes patrulla, existe una realidad humana dolorosa: la familia de David, sumida en un silencio que solo permite filtrar un dato crucial: el joven padecía de depresión y se encontraba bajo tratamiento médico. En sus últimos días, el desánimo fue su sombra constante, ya que su situación se agravó luego de ser despedido de su lugar de trabajo.

Este video documenta una rueda de prensa o declaración oficial al aire libre. Un grupo de seis personas, incluyendo un oficial uniformado, un miembro de la Policía Nacional y representantes de 911/DAPHL, se presentan ante la cámara. La escena transcurre en un área costera rocosa con el mar y un cielo nublado como fondo. La Policía Nacional coordina una operación de búsqueda.

Lo ocurrido con David no es un hecho aislado en el calendario del dolor dominicano. Apenas dos días antes, el lunes 27 de abril, el país despertaba con el corazón encogido por una noticia proveniente de la provincia de Montecristi.

En las inmediaciones del puente General Benito Monción, la normalidad de la tarde se quebró cuando Ana Mabel Fariha Infante, de 31 años, tomó a su hijo de apenas dos años en brazos y se lanzó a las corrientes del río Yaque del Norte.

Mientras Ana Mabel fue rescatada de las aguas, el paradero del infante sigue siendo un misterio que moviliza a más de 40 rescatistas y cinco lanchas rápidas. El Yaque, históricamente fuente de vida para el noroeste, se ha transformado en un escenario de búsqueda frenética y desesperación regional.

Ambos casos, aunque geográficamente distantes, están unidos por un hilo invisible pero resistente: el quiebre de la salud emocional. Las autoridades y los organismos de socorro trabajan contra reloj, pero la sensación en las calles es que la verdadera batalla no está solo en el mar o en el río, sino en el interior de los hogares donde la salud mental sigue siendo una asignatura pendiente.

Ana Mabel Fariha Infante, de 31 años, en el momento de su rescate tras lanzarse al río Yaque del Norte con su hijo en brazos (Cortesía Willian Baldayaque).
Ana Mabel Fariha Infante, de 31 años, en el momento de su rescate tras lanzarse al río Yaque del Norte con su hijo en brazos (Cortesía Willian Baldayaque).

La importancia de la salud mental en República Dominicana

Los casos de David Fernández y Ana Mabel Fariha Infante son síntomas visibles de una crisis estructural. Por lo que, la frecuencia de estos eventos evidencia que la vulnerabilidad psicológica es una emergencia nacional que no puede seguir siendo ignorada.

La depresión no es una elección, es una patología que altera la percepción de la realidad y drena la voluntad de vivir. En el caso de Fernández, existía un diagnóstico y un tratamiento, lo que plantea interrogantes sobre la red de apoyo y el seguimiento necesario para pacientes en crisis aguda. En el caso de Montecristi, la tragedia adquiere tintes de desesperación extrema, donde la salud mental materna y los factores socioeconómicos suelen jugar un rol determinante.

Mientras las labores de búsqueda continúan de manera ininterrumpida, el país observa con la esperanza de que estos sucesos sirvan de catalizador para un cambio real en la política pública de salud mental.

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