
Javier Milei se convirtió en la figura de las PASO, como el más votado de los tercios, y aprovechó el impacto y hasta la sorpresa de muchos para tratar de instalarse como ficha cantada para octubre. Eso mismo, la sensación de cercanía con el despacho presidencial, mostró dos caras nítidas en este proceso general de reconfiguración de campañas. La económica: explicaciones más ajustadas sobre su propuesta de dolarización o de reforma del Estado, al margen de las consignas ruidosas. Y la política: la concepción sobre el poder, en la hipótesis de un triunfo electoral seguido por el uso de herramientas para forzar apoyo legislativo, sin reparo en otras representaciones surgidas también de las urnas. Más que inquietante.
El equipo libertario despliega una construcción que, en base a la primera prueba electoral, busca presentar a Milei como contraparte exclusiva del Gobierno y descalifica a Juntos por el Cambio. Asoma lógico el intento de polarización después del resultado del domingo, que lo colocó por encima de Patricia Bullrich y Sergio Massa en una franja de apenas tres puntos de diferencia. Cada uno, a su manera, opera para afirmar chances reales en la primera vuelta, que es además la que define el reparto de bancas en el Congreso.
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Eso mismo es lo que alimenta hipótesis sobre el marco legislativo que viene y recrea en estas horas el planteo “plebiscitario”, riesgoso como siempre y original ahora en un punto. Tiene eco menemista, junto a pinceladas presentes del mismo tipo expresadas en el equipo económico de Milei, muy activo desde el lunes. Pero también una diferencia mayúscula en comparación con aquella etapa de los 90: en caso de ganar, Milei no tendría similar peso legislativo ni territorial.
Por supuesto, nada es estático en política, sobre todo si se produce un quiebre con arrastre de final de época. Se verá. Por lo pronto, ni el candidato ni su círculo hablan de negociaciones. Se mantiene la exitosa herramienta de las cargas sobre la “casta”, al menos en principio. Y se sostiene frente a las primeras señales desde las otras veredas, que apuntan sobre la convulsión política y social que podría sobrevenir con un triunfo suyo, o pegan sobre el escaso capital político para garantizar gobernabilidad.
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Hay un dato que trasciende la campaña, en este caso porque es previo. Quizá la exposición más cruda fue hecha por Milei, hace cuatro meses, en una muy interesante entrevista con Luis Novaresio. Fuera de las frecuentes cargas sobre la “casta”, y con tránsito por algunos pasajes bíblicos, el líder libertario dijo, en síntesis, que en caso de ganar tendría un par de camino para presionar sobre otros espacios políticos, en su condición de minoría legislativa: el mecanismo de la consulta popular y el ajuste fiscal, que dicho en ese contexto supondría menos fondos para jefes provinciales y hasta municipales.
Después del domingo pasado, todo toma otra dimensión. Volvió el tema de la consulta popular, se entiende que no vinculante, porque de otro modo necesitaría contar con un acuerdo en el Congreso que haría innecesario ese camino. Dicho de otro modo: sería solo un elemento de presión sobre el Congreso. Algo así como “tirarle” a la gente encima, si una propuesta tiene al menos relativo apoyo.
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Todo eso, está dicho, es sólo hipótesis. Lo que constituye un dato político es el núcleo conceptual. Por la vía de un par de tuits, Carolina Píparo lo expuso sin disimulo. La legisladora y candidata a gobernadora sostuvo que si la mayoría de votantes consagra a Milei presidente, el Congreso debería aprobar sus proyectos. Lineal. “A ver si entendemos que los diputados representamos al pueblo”, escribió. Ni el sistema de balotaje argentino consagra mayoría absolutas y ni aún en ese caso, es equivalente a la representación exclusiva del “pueblo”.

El problema del pensamiento plebiscitario -emparentada pero no expresión exclusiva de variantes populistas- es que se choca con el sistema institucional, que en el aspecto legislativo no es de mayorías y minorías en términos absolutos (dos tercios para el que gana y uno, para el segundo), sino proporcional aunque con piso por el sistema D’Hondt para diputados y sí de dos y uno para senadores.
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Eso, con un agregado fundamental: apunta a reflejar los cambios de tendencia como proceso y no en una sola elección. Es el sentido de las renovaciones parciales cada dos años y en las dos Cámaras: por mitades en Diputados y por tercios en el Senado. Por supuesto, los sistemas pueden ser modificados. Con una salvedad: la reforma de la Constitución demanda mayorías especiales.
Vuelta al principio en este punto: además de las circunstancias particulares, todavía desconocidas porque el contexto será definido en octubre, lo que estaría en discusión no es tanto el mecanismo legislativo, o el criterio de manejo fiscal como elemento de presión, sino el concepto, el modo de entender la política y el ejercicio del poder que podría ser repuesto en la discusión.
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No se trataría, llegado el caso, de algo absolutamente novedoso, por los ecos referidos de los 90. En todo caso, una señal de las dificultades para colocar a Milei, o su pensamiento, por afuera del proceso heterogéneo de cuatro décadas de democracia, presentadas como un todo, sin matices.
La tentación de buscar figuras para asociarlas en la región o a escala mundial, promovida a veces como referencia por los propios protagonistas, es otro posible terreno engañoso. Milei es asociado, por ejemplo, a las experiencias de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Georgia Meloni. Es una consideración por su condición de “derecha”, simplemente. La mirada más amplia contempla la relación con el sistema institucional, en todo sentido, desde posiciones de derecha o de izquierda. Es el punto donde los populismos de diferente origen cruzan sus líneas y pueden exponer elementos en común por encima de las clasificaciones políticas más tradicionales.
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