El vínculo personal está intacto, pero la relación política es fría y distante: Alberto Fernández y Sergio Massa tienen profundas diferencias sobre la estrategia electoral que debe ejecutar el Frente de Todos ante las PASO, y el diálogo entre el presidente y el ministro es formal y esporádico en medio de una crisis económica que conmueve a la Casa Rosada y al Palacio de Hacienda.
Alberto Fernández desea utilizar sus últimos siete meses de gobierno para transformar en historia política a Cristina Fernández de Kirchner, La Cámpora y el Instituto Patria, mientras que Massa considera que la Vicepresidente y sus derivaciones partidarias son clave para diseñar una estrategia electoral que permita al peronismo competir en las PASO, durante la primera vuelta en octubre y desembarcar en el balotaje.
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Esta profunda diferencia tiñe toda la relación de poder entre el presidente y el titular del Palacio de Hacienda, y proyecta su sombra ácida sobre la agenda oficial y las sucesivas negociaciones internas que tratan de encontrar un mínima coincidencia política entre Alberto Fernández, CFK y Massa.
El jefe de Estado considera que el ministro de Economía ya no tiene posibilidades de construir su candidatura presidencial, y jamás aceptaría que Massa sea ungido por Cristina como único candidato del Frente de Todos. Alberto Fernández apuesta en silencio por Daniel Scioli y opina que Eduardo “Wado” de Pedro es incapaz de encolumnar al peronismo y seducir al voto independiente.
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El ministro rechaza las consideraciones del presidente y apuesta al financiamiento externo -Fondo Monetario Internacional, Brasil y el banco de los BRICS- para ordenar la economía y demostrar que puede liderar una estrategia electoral que implique llegar al balotaje contra Javier Milei.

El cortocircuito político entre Alberto Fernández y Massa causa incordios en Balcarce 50 y el Palacio de Hacienda. Massa había planificado un acto público para resaltar “la última soldadura” del gasoducto Néstor Kirchner, un emprendimiento estatal que permitirá ahorrar millones de dólares y preservar las reservas del Banco Central.
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Era un acontecimiento manejado por el Ministerio de Economía y al margen de la agenda presidencial. Alberto Fernández se enteró de la jugada de Massa y comunicó -a través de su protocolo oficial- que se sumaría al acto público.
El ministro tragó el sapo, pero exhibió su malestar con ajustada diplomacia: se quedó en sus oficinas, mientras que el presidente participó desde Olivos. Una distancia de siete kilómetros que ninguno de los dos quiso desandar.
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Cristina mantiene su silencio táctico e influye en la toma de decisiones. Se hartó de Matías Tombolini, actual secretario de Comercio Interior, y Massa ya planifica su reemplazo. La vicepresidenta considera que Tombolini es un funcionario que no funciona y el 8.4 por ciento de inflación selló su suerte en el Palacio de Hacienda.

Frente a la meneada posibilidad de una mínima tregua palaciega, la vicepresidenta no tiene intenciones de compartir un espacio común con Alberto Fernández. Sólo aceptaría esa posibilidad para definir las reglas de juego en las PASO, o en el caso de una emergencia política que hiciera indispensable su presencia en la quinta de Olivos. CFK respeta la formalidad de la investidura presidencial, pero vació de contenido político los argumentos que esgrime Alberto Fernández para sostener su estrategia electoral.
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Cristina conoce la lógica macroeconómica que aplicará Massa en las medidas que está diseñando para contener la inflación en constante ascenso. Y sabe acerca de los límites que se han demarcado en Washington para permitir que el Fondo Monetario Internacional (FMI) adelante los desembolsos previstos para los últimos seis meses de 2023.
CFK dejará actuar al ministro, pese al contenido del discurso que ayer pronunció Máximo Kirchner en el congreso del peronismo bonaerense. El líder de La Cámpora se muerde la lengua por pedido de Cristina y hace catarsis entre sus fieles y conspicuos. Con Martín Guzmán tuvo menos paciencia.
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La actual geometría del poder tiene trazos inéditos.
El presidente choca con su ministro por la estrategia electoral y por ahora convalida todas sus decisiones económicas. La vicepresidenta actúa en tándem con Massa y soslaya a Alberto Fernández, que aspira a terminar con la vigencia del kirchnerismo.
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Hay una frase atribuida a Platon: “Solo los muertos han visto el final de la guerra”.
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