La decisión de Alberto Fernández de echar a Matías Kulfas del ministerio de Producción dio comienzo a un nuevo capítulo de la crisis interna que sacude al Gobierno desde que perdió las elecciones el año pasado. Porque en ese recuadro del calendario 2021 empezó a visibilizarse el desmoronamiento del Frente de Todos.
La diferencia respecto a los últimos capítulos políticos es que en esta oportunidad el conflicto está debajo de los pies del Presidente. Entre los propios, que dividen aguas respecto a su determinación de correr a un ministro que le había sido fiel y que integraba su círculo de confianza.
Con esas circunstancias políticas el Jefe de Estado comenzará una nueva etapa - una más de tantas que ha tenido la convulsionada gestión del Frente de Todos - de gobierno en la que el eje central será mantener la unidad con Cristina Kirchner y sostener al ministro de Economía, Martín Guzmán, pese a los cuestionamientos de kirchnerismo.
Parece una misión difícil porque los dos objetivos chocan en un punto. La Vicepresidenta no quiere a Guzmán al frente de la economía argentina, pero el Presidente lo sigue respaldando. Incluso este lunes, en lo que parece ser un guiño al kirchnerismo, Fernández y Guzmán presentarán un proyecto de ley para cobrar un impuesto especial a la renta inesperada.
El kirchnerismo duro y La Cámpora han cuestionado hasta el hartazgo al ministro de Economía con el fin de ejercer presión sobre Alberto Fernández y obligarlo a que lo corra. Hasta ahora, el Presidente se resistió y dio muestras públicas del apoyo a uno de sus ministros cercanos.
El problema que afronta el Presidente después del fin de semana es que entre sus propios leales no saben cuánto puede durar su respaldo. El brusco corrimiento de Matías Kulfas de su cargo, como consecuencia de un off the record contra la Vicepresidenta filtrado desde su ministerio, sembró incertidumbre en el ala albertista respecto al sostén que pueden tener si Cristina Kirchner presiona por alguna salida específica.
“Se terminó Alberto. ¿Quién va a querer defenderlo ahora? Ya nadie lo va a acompañar. En términos políticos y personales ya nadie le cree”, sentenció un albertista indignado después de la decisión del Presidente de echar a su ministro. El círculo de confianza de Fernández es cada vez más chico y al Gobierno aún le queda camino por recorrer.
“Se pegó un tiro en los pies. Una vez más. Nadie se siente respaldado. Dinamitó cualquier esperanza de reelección. Es un desastre”, se lamentó otro dirigente del círculo presidencial. Las quejas y las penurias se entremezclan en un sector del peronismo que hace tiempo cree que Fernández debía correr a funcionarios kirchneristas de puestos claves y hacerles pagar los ataques sistemáticos a su investidura. Ese deseo nunca se cumplió.

La mirada crítica no es la única que sobrevive entre los leales al Presidente. También hay quienes respaldan la determinación que tomó el Jefe de Estado. “Los que no entienden porqué Alberto hizo lo que hizo son los que quieren que rompa con Cristina. La unidad del Frente de Todos es más importante. Nació con Alberto y Cristina, no con Kulfas”, explicó un hombre de confianza del Jefe de Estado.
Otro leal a Fernández que apoyó la salida de Kulfas vociferó: “Hace rato que Alberto definió la línea política de unidad del Frente de Todos y terminar con los off. Sin unidad no hay destino. Cristina piensa lo mismo. Ambos creen en la unidad a cualquier precio”.
En el peronismo creen que Fernández hizo lo que hizo para complacer la voluntad de la Vicepresidenta y evitar que un ataque de ira sin límites pueda terminar con su gobierno. El Presidente asume que si se rompe la alianza, el Gobierno podría no llegar al 10 de diciembre del 2023. No quiere que su mandato se termine antes como le sucedió a los presidentes radicales Raúl Alfonsín y Fernando De la Rúa.
Entre los propios hay quienes creen que se apuró demasiado en resolver la salida de Kulfas. Que quizás desplazando a su vocera y pidiendo disculpas, se cerraba la puerta del conflicto. Los detractores de esa postura asumen que si Fernández no lo echaba, el enfrentamiento interno con Cristina podía sumar una nueva etapa. Lo que implica más desgaste, más tensión y un final incierto.

La gran decepción que existe en el ala albertista está vinculada a la salida de nombres que llegaron al Gobierno de la mano del Presidente. El ex secretario de Comunicación Juan Pablo Biondi; la ex ministra de Justicia, Marcela Losardo, el ex canciller Felipe Solá y el ex ministro de Salud Ginés González García.
Los dos primeros se fueron por presión de la Vicepresidenta. Ningún funcionario K fue desplazado, tal como se lo reclamaron en el interior del peronismo, como parte de una muestra de carácter frente a los embates del kirchnerismo. “Echó a los propios, pero no tocó a ninguno de ellos. Insólito”, se quejó un funcionario nacional que ya no espera que Fernández pueda construir un camino a la reelección.
A esas salidas se suman la de Agustín Rossi, a quien echó del ministerio de Defensa por no bajar su lista en Santa Fe, que competía contra la del gobernador Omar Perotti, quien había logrado un acuerdo electoral con Cristina Kirchner, y el corrimiento de Santiago Cafiero, su hombre de confianza y puente de negociación permanente, de la Jefatura de Gabinete a la Cancillería, como consecuencia de la crisis post PASO desatada por el kirchnerismo.
Si hay algo de lo que está convencido Alberto Fernández es de que hará lo imposible por preservar el Gobierno y la unidad de la coalición. Sea como sea. Caiga quien caiga. Es su gran obsesión, además de ser su vocación política. Lo extraño es que los últimos meses decidió gobernar en soledad y sin negociar con Cristina Kirchner. Kulfas presentará la renuncia formal este lunes y el capítulo del fin de semana tendrá un cierre.

La llegada de Daniel Scioli al ministerio de Producción, en paralelo a la designación de Agustín Rossi en la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), fue leído internamente como una jugada positiva para Fernández. Oxigenó el Gabinete, sumó dos dirigentes con nombre propio de peso y evitó que el kirchnerismo gane esos lugares
El ex gobernador bonaerense y ex embajador en Brasil aparece en el horizonte como el candidato posible si Alberto Fernández no juega. Así lo leen en el peronismo, donde las acciones para una reelección se caen a un ritmo vertiginoso.
Scioli ya ha dejado trascender que si Fernández no compite, él lo hará. Quiere volver a intentar. Y ante la ausencia de nombres fuertes para esa competencia, en las filas peronistas empezó a sumar algunos puntos. Estar al mando de un ministerio donde puede dar buenas noticias se puede convertir en una plataforma electoral inesperada, pero perfecta para sus ambiciones.
Fernández no tiró la toalla. Cree que la gestión económica dará resultados que podrán sostener su aventura reeleccionista. Si así no ocurriese, tampoco puede decir a esta altura que no competirá. Sería una jugada absurda. Se vaciaría de poder él mismo. El problema que tiene es que quienes estaban dispuestos a construir para él, ya no lo están. O son cada vez menos. Los invadió el desconsuelo y la decepción.
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