Elegir el Diluvio o el Arca

Causas del ayer impactan en nuestro presente y nos llaman a asumir responsabilidades y reparaciones. A veces somos protagonistas de historias que no elegimos

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animales en el Arca de Noé
El Arca de Noé de Aurelio Luini

El jardín está perdido. La magia del Edén es sólo un recuerdo. Con los siglos devendrá en aspiración. Juzgar a Adán y Eva sería demasiado. Nacer adultos, sin infancia, sin familia ni sociedad, sin siquiera conocimiento del bien o del mal, no es de esta tierra. Su historia se vive en otro plano de los mundos. A partir de la salida del Paraíso, el mundo comienza a poblarse, a crecer y a corromperse. Recién allí se comienza a parecer cada vez más, a nuestro mundo.

Eso hace de Noé, la primer historia de un personaje en esta tierra. Noé vive en una sociedad derrotada por la corrupción y arrasada por la miseria. Pérdida de valores, falta de liderazgos, vacío de oportunidades y carencia de toda esperanza. Dios se arrepiente de su propia creación y decide enviar un Diluvio para terminar con todo. La idea fascinante y hasta reparadora de que el mismo Dios pueda equivocarse y repensar cómo volver a empezar, merecerá alguna otra nota.

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Por un lado, el relato nos dice que las acciones y decisiones generan consecuencias. Causas del ayer impactan en nuestro presente y nos llaman a asumir responsabilidades y reparaciones. Pero lo que vive nuestro personaje nos habla de que a veces somos protagonistas de historias que no elegimos. De situaciones que no causamos. Porque si bien Noé logra salvarse del fin del mundo en su Arca, al mismo tiempo lo pierde todo. Pierde su casa, su barrio, sus amigos. Pierde su trabajo, su rutina y el mundo que conocía. ¿Qué hacemos cuando de pronto llega un diluvio que se lleva todo, y nada de eso fue causado por nosotros?

Así como no elegimos a la familia a la que llegamos, no elegimos muchos de los diluvios que nos llueven. No elegimos la personalidad compleja de un hijo, de un amigo o un vecino. No elegimos los problemas que a veces surgen en el trabajo, o las dificultades a la hora de enamorarnos. No elegimos la fragilidad del cuerpo, la falta de salud ni el final inevitable de la vida. La primer historia de la Biblia nos viene a mostrar cruda y realmente cómo funciona el mundo. La manera en que enfrentemos nuestras vidas dependerá si leemos aquí la historia de un Diluvio, o la historia de un Arca.

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No sabemos nada acerca de Noé. El texto no nos dice cuál era su ciudad, su color de piel, su pueblo o su religión. No conocemos su aspecto físico, su condición social, académica o laboral. Noé resulta ser cualquier persona. Todas las personas.

Arca de Noé
Arca de Noé

El texto apenas nos dice que: “Noé era un hombre justo, íntegro en sus generaciones, con Dios caminaba Noé.” (Génesis 6:9) Eso hace a la historia más dramática. Y a la vez más real. No sólo no merecía la tragedia de perderlo todo, sino que además era un hombre justo frente a Dios. La Biblia comienza su historia preguntándose por qué la gente buena sufre. Ante tamaño absurdo, los sabios del Talmud deciden dudar de la real integridad de Noé. Dicen entonces que era integro pero “en sus generaciones”, o sea, sólo en esa generación pervertida y corrupta. En cualquier otra generación de justos hubiese pasado inadvertido (Tratado Sanhedrin 108a).

Sin embargo, ¿Cuánto vale mantener el universo de valores, las ideas propias y la dignidad en medio de una sociedad falta de toda ética? ¿Acaso no es más fácil perderse entre la multitud, en la resignación y el conformismo? Sabedor de Arcas, Noé se resistía a que lo lleve puesto la marea. La marea que lleva a la simple y ciega aceptación de la realidad, a aprobar lo inadmisible, a consentir lo inaceptable. Se resistía - como la moneda del tiempo corriente - a vender su dignidad por migajas. La lluvia incesante le enrostraba la fragilidad de todo lo que lo rodeaba y a la vez, le recordaba que él era simplemente, una buena persona. Con el rostro empapado de lagrimas de cielo, lejos de lamentarse por lo que ya no tendría, construiría un Arca que lo lleve a esa nueva tierra.

Nos transformamos en esas personas que asumimos ser a la hora de un Diluvio. En medio de la tormenta, llega ese momento en que simplemente tenemos que hacer lo que debemos hacer. Mirarnos al espejo de nuestra alma y hacer lo que nos corresponde. El Arca que nos toca. Corrernos del lugar de víctimas, dejar de buscar responsables en el universo, y con la lluvia en el rostro ponernos a la obra. Es en la tormenta donde elegimos cuál será nuestra historia. Si la historia de un Diluvio, o la de un Arca.

Amigos queridos. Amigos todos.

Nos enseñan los sabios que Noé tardó 120 años en construir su Arca (Génesis Rabbah 30:7). La explicación tradicional nos dice que fue el tiempo que le dio a su generación para que se arrepienta y evitar así el Diluvio. Pero existe otra posible lectura. Ciento veinte no es cualquier numero. Ese es el tiempo que para la tradición de Israel dura una vida (por eso en cada cumpleaños deseamos: hasta los 120!).

La construcción del Arca para atravesar nuestras tormentas no sucede una vez en la vida. Sucede a lo largo de la vida.

Los Diluvios son inevitables. Pero las Arcas son siempre, cada día, una decisión.

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