La puerta para volver

Tenemos en nuestras manos las llaves del Cielo. Podemos volver a dejar a Dios allí afuera. O peor aún, decidir quedarnos nosotros afuera. Pero también podemos elegir abrirlas las puertas para volver. Para regresar

Jardín del Edén
Jardín del Edén

Y creó Dios al hombre y a la mujer, para que cuidaran y trabajaran el Jardín del Edén. Sólo no debían comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Pero apenas horas después, en ese mismo día, comieron del fruto prohibido y fueron echados del Paraíso. En el comienzo del tiempo, en la noche de la creación del Ser Humano, Dios cerró frente a nosotros las puertas del Jardín. Fue en esa primera noche en la que comenzamos a diseñar en qué tipo de mundo íbamos a querer vivir.

Sin embargo en el Libro sagrado del Zohar, los místicos de la Kabalá nos regalan una versión diferente de la historia y de lo que en realidad sucedió en la noche de la expulsión del Edén. Según los místicos uno de los varios nombres de Dios era “ET”, una palabra hebrea formada por la primera y la última letra del alfabeto. La palabra que reúne todas las palabras. Dios crea el mundo con la palabra y desde el comienzo de la historia según los místicos, sigue “diciendo el mundo”. Para los sabios de la Kabalá, el mundo son letras y Dios es todas las palabras.

El texto bíblico del Libro del Génesis (3:24), dice: “Vaigaresh ET haadam”, “Y expulsó al Ser Humano”. Aquí el significado de “ET” corresponde a la contracción “al”. Sin embargo el Zohar, al leer la palabra “ET” como el nombre de Dios, cambia por completo el sentido a la frase. La traducción sería entonces: “Y el Ser Humano expulsó a Dios” (a ET). De esta manera, no fue Dios quien expulsó al Ser Humano del Jardín del Edén: fue la humanidad la que envió al exilio a Dios.

Desde esta lectura, nuestro más grande error en el comienzo de la historia no fue comer de un fruto. El conocimiento es sin dudas siempre algo bueno. ¿Qué tipo de Dios no querría que comprendamos la diferencia entre lo correcto y lo que no lo es? El grave error que seguimos cargando al día de hoy, es no reconocer que aún estamos en el Jardín del Edén. Nos olvidamos de apreciar lo que nos rodea y de reconocer el asombro que provoca la belleza. El asombro ante la belleza y el misterio, que están justo frente a nosotros.

Abraham Ioshua Heschel escribió en “Dios en busca del Hombre”:

“El Asombro nos permite percibir en el mundo intimaciones de lo divino, a sentir en las pequeñas cosas el comienzo de significados infinitos, de sentir lo último en lo simple, de sentir en la prisa de lo pasajero la quietud de lo eterno”.

El error no fue comer un fruto. Sino dejar de reconocer que el lugar en el que vivimos es el Jardín del Edén. Nuestra casa, nuestra familia, nuestra Comunidad, nuestro barrio, nuestro país. El error es no reconocer el lugar que ocupamos en este Jardín. El error es arrojar la dimensión espiritual a un segundo plano, fuera de lo cotidiano. Es perder la capacidad del asombro, es olvidar la fortaleza en creer en nosotros mismos y el potencial creativo que tenemos en las manos para hacer del lugar en el que vivimos, un Paraíso. El error es expulsar al Origen de la fuerza espiritual de nuestras vidas, y culpar entonces a Dios de habernos dejado afuera de ese lugar, que nosotros dejamos de ocupar.

Cuando Adán y Eva comen del fruto, Dios aparece en escena con una pregunta: “¿AIEKA?, ¿Dónde estás?” (Gen 3:9). La pregunta, en principio, carece de sentido alguno. Debiera haberles preguntado: “¿Por qué hicieron lo que hicieron? ¿Por qué se comportaron de esta manera?¿Por qué comiste lo que no debías?”. Pero la pregunta es otra. Y eso nos demuestra que el error no radicó en la acción de comer del árbol. Podemos y vamos a volver a equivocarnos porque esa es nuestra fragilidad humana. La pregunta “¿AIEKA?, ¿Dónde estás?” nos dice que no hay peor transgresión que la de no saber cuál es nuestro lugar en el mundo. No saber o no reconocer que aún estamos en el Jardín. Que no hay peor error que el sólo ver lo que no, en vez de disfrutar desde el Asombro todo lo que sí.

Las puertas se cierran cuando no reconocemos nuestra propia alma. Nuestra capacidad interior para crecer. Cuando nos da pánico saber quiénes somos y el potencial que tenemos para lograr ser. Como individuos, como pareja, como familia, como comunidad, como país, como humanidad.

Este año que pasó fue de todo, menos un paisaje del Jardín del Edén. La pandemia, la fragilidad de la salud, el encierro, la distancia y la cuarentena. La pérdida de trabajo y la pérdida de tanto encuentro y de tanta esperanza. El cierre de las puertas de escuelas, de empresas, de comunidades y de momentos de familia y amigos.

Sin embargo, el cierre de tantas puertas despertó en nosotros el abrir puertas nuevas. Descubrimos que aún rodeados de lo incierto, teníamos un Jardín para cuidar y trabajar. Se abrieron puertas que no imaginábamos que podíamos abrir. Puertas de solidaridad, de contención, de reencuentro y renovación. La Argentina toda se puso en pie para decirse a sí misma, que no seguiría cerrando puertas. Abrimos las puertas del futuro, las de la esperanza, las de la apuesta al mañana y las de la fe. Puede no parecerse a un Jardín del Edén el lugar que habitamos. Pero si Dios puso al Ser Humano en el Paraíso para “cuidarlo y trabajarlo”, significa que no era un lugar perfecto. Que sostener el Jardín exige esfuerzo y compromiso para que siga siendo un Jardín. La llave de esas puertas las encontramos al no perder el asombro de sabernos en un Jardín. Un Jardín que debemos cuidar mejor y resembrar este año. Un Jardín en el que volver a creer, resembrándolo con semillas de belleza, de gratitud, de creatividad y de paz.

Amigos queridos amigos todos.

Tenemos en nuestras manos las llaves de las Puertas del Cielo. Nos dicen los sabios que en estos últimos días de la fiesta de Sucot, esas puertas que se abren en estos días de Fiesta están a punto de cerrarse. Podemos volver a dejar a Dios allí afuera. O peor aún, decidir quedarnos nosotros afuera. Pero también podemos elegir abrirlas, para volver. Para regresar. Para hacer Teshuva, y volver a regresar.

Regresar a tantas de nuestras viejas normalidades perdidas. Volver a reencontrarnos en el abrazo de los nuestros. Volver a creer, volver a amar y a ser.

Volver a casa, volver a estudiar, a trabajar, a mejorar.

Volver a nuestra espiritualidad, a nuestra identidad.

Volver cada uno al origen, al sueño, al proyecto.

Volver a la familia, a nuestros viejos, a nuestros hijos.

Volver a enamorarnos. A comprometernos. A apostar a ser felices.

Volver al pasado para reparar, y al futuro para edificar.

Y entonces, volver a este presente para ofrendar.

Volver a ser nosotros. A nuestra mejor versión.

Y entonces volver a Dios.

No vamos a cerrar ninguna puerta.

Vamos a abrir las puertas del alma para respirar la fragancia del Paraíso.

Vamos a abrir las puertas del reencuentro, las puertas de la familia, las de la Comunidad. Las puertas de la salud, las del renacimiento, las puertas de la bendición.

Esta noche le abrimos las puertas al año.

Le abrimos las puertas al tiempo en el que vamos a volver a plantar, aquí en esta tierra, nuestro más hermoso Jardín del Éden.

SEGUIR LEYENDO:


TE PUEDE INTERESAR