
En el bar Buenos Aires, esquina de Independencia y Urquiza, a treinta metros de la facultad de Filosofía y Letras, Chacho Alvarez solía compartir charlas y bromas futboleras, y también política. Las sombras de la dictadura imponían el bajo tono, con mesas bastante apretadas, ruido de salón y cajero confiable. Era difícil todavía imaginar el final de aquella noche militar y mucho menos, proyectar su ascenso político y el quiebre que prendió la mecha de la peor crisis de esta democracia. Eso fue hace justo veinte años, el día que renunció a la vicepresidencia de la Nación.
El 6 de octubre de hace dos décadas, Chacho Alvarez escribía y comunicaba la renuncia a sus amigos del Frepaso y después a Fernando de la Rúa. Una salida conmocionante, pero a medias, porque no rompía formalmente la sociedad de la Alianza, su fuerza política seguía en el Gobierno y él mismo intentaría un retorno cuando la crisis económica proyectaba lo peor y Domingo Cavallo regresaba al poder, para tratar de desarmar su receta económica convertida en bomba de tiempo. No pudo y explotó a fines del 2001.
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El desastre había arrancado con las denuncias sobre un soborno a senadores del PJ para aprobar la reforma laboral. Muchos años después, la causa quedó en la nada, como tantas otras. Pero entonces alcanzó para poner en marcha un escándalo que fracturó la primera línea de Gobierno. Chacho Alvarez dejó en el camino a uno de los principales operadores de su sector, Alberto Flamarique, ministro de Trabajo. Se lo recuerda por aquella denuncia de la “Banelco”, pero mucho antes compartía con el vice cierta creencia en el estilo de De la Rúa. “Fuma abajo del agua”, se escuchaba decir frente a los reparos sobre la capacidad del Presidente.
De la Rúa había representado en 1999 la segunda derrota que las que dejaron marca en el recorrido frentista de Chacho Alvarez. La primera había sido frente a José Octavio Bordón, para las elecciones del 95. Con una diferencia central: Pilo Bordón ganó la interna, fue protagonista de la movida que quebró el bipartidismo tradicional, relegando a la UCR, y cayó frente a Carlos Menem.
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Pero el liderazgo del Frepaso fue afirmándose para Chacho Alvarez. De la Rúa, en cambio, llegó a la Casa Rosada.
Ni la construcción ni el final de la Alianza fueron similares a aquella experiencia. Una caída dramática y a la vez desoladora, vertiginosa. Sobran momentos posteriores de declive económico. Pero el componente distintivo -visto también desde estos días de angustia económica y social- fue el abismo de la crisis política, el “que se vayan todos”.
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Chacho Alvarez arrastraba incomodidad desde antes del episodio del Senado. Influyeron decididamente en su visión de aquel momento los comentarios y presunciones de Antonio Cafiero, quizá su principal referencia cuando pasada la dictadura, caminaba algunas veredas de la renovación peronista.
Mantenía parte del núcleo político con el que había compartido el Grupo de los Ocho, liderado por Germán Abdala en oposición al menemismo. Pero tampoco aquellos dirigentes fueron advertidos con algo de anticipación de la conmoción que se avecinaba.
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La renuncia a la vicepresidencia fue finalmente en solitario, tal vez madurada en otro bar, ya famoso por su condición de habitué, el Varela Varelita de Scalabrini Ortíz y Paraguay, donde seguramente había registrado alguna señal de desgaste rápido en el Gobierno. Ni Graciela Fernández Meijide, ni Darío Alessandro, ni Rodolfo Rodil, ni menos aún Flamarique. Es decir, ni los referentes de su sector en el gabinete y en el Congreso.
La combinación de aquel momento no podía ser peor. Una salida de alto impacto pero gris en su proyección: él se iba pero su gente seguía en el Gobierno para no dinamitar la Alianza. Pero la coalición de gobierno estaba condenada. La mecha había sido encendida, sino lo estaba aún antes. Crisis de gobernabilidad más crisis económica: anticipo de colapso.
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La decisión de Chacho Alvarez derrumbaba además la línea trabajada con su propia participación central desde el momento mismo en que comenzó a ser tejida la Alianza, con Raúl Alfonsín desde la UCR y el peso de Fernández Meijide. Algo que él mismo defendió internamente a la hora de decidir la fórmula presidencial, no sin esfuerzo, como una estrategia del equilibrio.

Como había ocurrido en 1995 con la disputa y confluencia que selló la creación del Frepaso –pero ya no entre “primos” como su Frente Grande y el partido PAIS de Pilo Bordón-, la elección de la Alianza en 1999 quedó saldada a favor del competidor interno. De la Rúa ganó por su peso en la Capital y la estructura tradicional de la UCR en el interior. Chacho Alvarez trabajó entonces con guiño de operadores radicales para ser el compañero de fórmula. Era esa la ecuación de equilibrio, con Fernández Meijide yendo a dar batalla en la provincia de Buenos Aires.
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Aquel esquema, con el añadido de un prematuro desgaste de gestión, quedó herido de gravedad con la renuncia de Chacho Alvarez a la vicepresidencia. La historia, de todos modos, agregaría algunos renglones a una crónica que describía el sendero al precipicio.
Es curioso como confluyen a veces los caminos. Raúl Alfonsín fue constructor central de la Alianza. Antes, como pocos, advirtió sobre el agotamiento de la Convertibilidad y algunos hasta sugirieron que no era bueno que hiciera olas con ese tema. Al final, Domingo Cavallo fue llamado al gobierno para tratar de frenar la caída. El padre del modelo asomaba como la única chance para desmontar el modelo.
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No funcionó, porque la llegada de Cavallo no reemplazaba la ausencia de sustento político. Era tal el vértigo de esas horas, que De la Rúa anunció la incorporación del autor de la Convertibilidad con una confusa aparición ante la prensa que no aclaraba si sería jefe de Gabinete o ministro de Economía, como efectivamente fue.
Lo de la jefatura de Gabinete tenía además otra trastienda. En contra de cierto imaginario –pero con historia anterior de soñado “cavallismo” para enfrentar a Menem dentro del PJ-, desde el Frepaso se impulsó la incorporación de Cavallo y la idea de acompañarla con Chacho Alvarez como jefe de Gabinete. No prosperó pero fue parte de un par de charlas de allegados a De la Rúa y tres integrantes del núcleo del Frepaso.
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Pasadas las llamas, Chacho Alvarez se replegó políticamente. Volvió a la actividad académica, ocupó algunos destinos diplomáticos con las gestiones kirchneristas y no dejó de ir al Varela Varelita cada vez que pudo. Lectura de diarios, café con amigos o allegados, charlas políticas. La cuarentena, como a todo el mundo, le alteró la vida cotidiana y hasta relegó una embajada. Nada imaginable en los años de estudiante de Historia.
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