
Alberto Fernández parece decidido a mostrar que su discurso para agrietar a la oposición no es un dato anecdótico en este tramo de la extensa cuarentena. Por supuesto, la evolución del coronavirus puede generar una marcha atrás y obligar a recrear señales de unidad, pero la carga presidencial de las últimas horas muestra la intención de rearmar la batalla y elegir al enemigo. Causa alguna sorpresa el momento elegido y sobre todo que haya colocado en la mira no sólo a Mauricio Macri sino también a María Eugenia Vidal. No habrá respuesta de la ex gobernadora. Con todo, el sentido quedaría claro: apuntó al objetivo que tienen en su mira Axel Kicillof y, con mayor precisión y volumen, Cristina Fernández de Kirchner.
Está dicho: la marcha de esta ofensiva –es decir, si adquiere rango parecido a una estrategia- dependerá de la realidad que vaya imponiendo el coronavirus. Resultan inquietantes las cifras crecientes de casos registrados. Hablarían de un mayor grado de testeo, al menos en zonas de la Capital. En espejo, resulta al menos llamativo el número anotado en el Gran Buenos Aires. No alcanzaría la explicación que remite al cuadro de los barrios más vulnerables de la Ciudad, de mayor concentración de población –con imposibilidad de extensión territorial-, y tal vez en algún momento se discuta sobre subregistros.
Por supuesto, nada es lineal en el terreno político, pero empieza a quedar en la superficie cierto tironeo con los criterios sanitarios. Y también, dificultades para los equilibrios y el ejercicio de consensos frente a una sociedad fatigada por la cuarentena y sacudida por la crisis económica. Un ejemplo es el Congreso, que dejó de sesionar aún antes del aislamiento social obligatorio. Allí la convivencia no es fácil y por momentos resulta frágil. Hoy, en las dos cámaras volverán las sesiones, con nuevo formato, y también se perfilan mensajes de batalla política.

El Senado, con CFK en lugar dominante, tendrá un escenario mixto pero más restringido que Diputados: pocos legisladores presentes en el recinto. Los temarios anticipados buscarían que al menos esta primera entrega de debate sea tranquila y con clima de convergencia entre los bloques. Se verá, y también podrá evaluarse el funcionamiento que mezcla presencia más numerosa con participación remota, algo que sobre todo demandó a Sergio Massa acuerdos con la oposición para los repetidos ensayos del fin de semana.
La agenda en los dos casos fue limitada para evitar grandes choques. Tratamiento de varios decretos en el Senado y de proyectos para atender a los sectores de la salud y de seguridad con beneficios impositivos, en Diputados. Pero antes –y habrá que ver si tiene reflejo en el recinto- Juntos por el Cambio se pronunciará críticamente sobre el DNU que otorgó un manejo presupuestario casi sin límites al Gobierno. En la misma línea ya hubo cuestionamientos de otras fuerzas, desde Graciela Camaño –que promovió en la etapa macrista una limitación de tales manejos- hasta la izquierda, y es posible que el eco sea mayor a la hora de los discursos.
El Presidente ya había expuesto su enojo con quienes cuestionan alguna de sus políticas en el marco de la cuarentena. Y alimentó de hecho la confrontación que niega, razonablemente, entre salud y economía. Sin dar nombres de los apuntados, elogió a los opositores que gobiernan –en particular, a Horacio Rodríguez Larreta- y descalificó a quienes, dijo, colocan la necesidad de revitalización de la economía como un factor de desánimo frente a las exigencias de la cuarentena.
Elegir a los jefes territoriales, diluyendo a partidos y frentes políticos, no es novedad. Es sabido. El discurso presidencial del viernes colocó en lugar incómodo al jefe de gobierno porteño, tomado por la pandemia en su distrito. Generó réplicas de la coalición opositora. Pero igual o mayor impacto en las filas amarillas pareció tener la decidida carga contra la ex gobernadora.
Alberto Fernández hace rato colocó a Macri como su “mejor” rival cuando personaliza la herencia. El ex presidente condensa, por supuesto, la responsabilidad del fracaso en materia económica, centralmente. Su lugar es discutido en la primera línea de JxC y más aún su proyección para los próximos capítulos electorales. Visto así, sostenerlo como contendiente hasta podría ser una cuestión incómoda para la coalición opositora a la hora de definir liderazgos propios.
Apuntarle a Vidal, como acaba de hacerlo el Presidente, es otra cosa. Es difícil que se produzca una confrontación directa: la ex gobernadora decidió mantener el bajo perfil discursivo y trabajar fuerte en el armado político bonaerense, con el tendido adicional de algunas líneas más allá de esos límites y el mantenimiento de viejos vínculos partidarios. No es un dato menor la relación con el jefe de Gobierno porteño. Tampoco, que su defensa pública pueda ser ejercida por legisladores nacionales de peso en el PRO.
La inclusión explícita de Vidal en la mira de Alberto Fernández tiene de manera evidente dos lecturas. Por un lado, la descarga de responsabilidades sobre su gestión frente al cuadro sanitario de la provincia. Y por el otro, más allá incluso de la polémica sobre ese punto, el mensaje a la interna. Y de modo directo, a CFK. Entre otras rivalidades, la ex presidente apunta a Vidal por la potencial proyección en el cuadro opositor y por su influencia real en el tablero de la provincia.

CFK considera a Buenos Aires como territorio políticamente propio. Y más allá de su baja exposición, Vidal aparece hasta ahora como principal pieza del entramado de JxC. Dicen que ha sido decisiva para sostener la convivencia entre los intendentes y para asegurar la costura de la coalición en la Legislatura provincial: la oposición pesa en Diputados y es mayoría en el Senado. Kicillof facilitó de algún modo ese cierre de filas con su dureza y hasta la desatención inicial del circuito tradicional de negociación política. Nada es sencillo: necesita ahora autorización legislativa para lograr fondos adicionales y alguna norma más de emergencia.
La coyuntura genera contradicciones no sólo en La Plata frente a un camino incierto. El coronavirus y la deuda hacen difícil para el Gobierno proyectar política de mediano plazo. Con todo, es posible que las especulaciones vuelen más lejos. Hay quienes, incluso en el oficialismo, quisieron leer algo de eso en algunas de las muchas y recientes declaraciones del Presidente. Por ejemplo, la reforma judicial y la legalización del aborto para la vuelta a cierta normalidad poscoronavirus. Eran los proyectos destacados para el Gobierno apenas unos días antes del rápido giro hacia la cuarentena.
También en esos días se destacaban gestos duros hacia la oposición: la intención de una fuerte poda de coparticipación para la gestión de Rodríguez Larreta, un proyecto amenazante de intervención federal de la Justicia de Jujuy –es decir, una ofensiva contra Gerardo Morales- y trabas para las necesidades financieras planteadas por el mendocino Rodolfo Suárez. El punto sería ahora si lo que viene está siendo imaginado como lo que era hasta la amenaza de la pandemia.
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