
Horacio Rodríguez Larreta había dejado trascender cierto fastidio con la seguidilla de críticas rimbombantes de Patricia Bullrich contra la Casa Rosada justo cuando el jefe de Gobierno atravesaba su período de mejor vinculación con Alberto Fernández.
El jefe porteño y la ex ministra de Seguridad, que tienen desde hace rato un acuerdo político en la Ciudad, quedaron entonces en verse para tratar de suavizar tensiones. El almuerzo, como había adelantado este medio, se dio hace quince días, a solas, en medio de la polémica por la liberación de presos por el coronavirus que tuvo una fuerte resistencia en la llamada “ala dura” del PRO y en la que Rodríguez Larreta también machacó públicamente.
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Bullrich y el jefe de Gobierno conversaron largamente, según confiaron fuentes de ambos entornos, que confirmaron que concluyeron que debían “respetar” sus roles. El de administrar una crisis sanitaria, social y económica sin precedentes que exige, sí o sí, un vínculo operativo con la Casa Rosada. Y el de enfatizar en las diferencias ideológico y partidarias que separan al PRO del Frente de Todos.
La semana pasada, Rodríguez Larreta hizo un hueco en su agenda, cooptada por la crisis, y recibió en Uspallata a Miguel Ángel Pichetto, el ex candidato a vicepresidente de Mauricio Macri -con el ex mandatario hablan por teléfono- que integra, junto al ex presidente y a la ex ministra de Seguridad, esa famosa “ala dura” de la oposición, que suele fustigar cualquier iniciativa oficial.
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Al anfitrión lo acompañó Diego Santilli. El vicejefe de Gobierno esperaba ayer por la noche, en el prime time de la televisión, para ser entrevistado en los estudios de una señal de cable mientras el programa emitía un duro informe sobre la oposición: en el zócalo se leía “Bullrich y Pichetto, cerebros de la operación desgaste”.
Como con Bullrich, Rodríguez Larreta y el ex senador peronista charlaron un buen rato. En el menú figuró la posibilidad de volver a la carga con la vacante en la Auditoría General de la Nación (AGN) que Macri y la cúpula del PRO pretenden para su ex compañero de fórmula. Aunque también circuló la versión de que habría sobrevolado un ofrecimiento local que colaboradores del ex legislador negaron de cuajo.
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Lo cierto es que Rodríguez Larreta busca un equilibrio que, en medio de la crisis, se hace difícil de mantener. En las charlas que mantuvo en las últimas semanas con su círculo íntimo se manifestó a favor de liderar al sector moderado de su espacio que hace rato dejó de contar con Pichetto, Bullrich y compañía entre sus abonados. Pero es consciente de que no puede prescindir de ellos. Más allá de que la crisis lo obligue a estar mucho más de acuerdo con Alberto Fernández que con Macri.
“Vemos una diferencia enorme entre los opositores que tienen responsabilidad de gobernar y los que alguna vez que el Twitter empiece a cobrar caro por letra no sirven más: escriben porque es gratis. Lo veo a Larreta entendiendo que es lo que le está pasando a la Argentina y a la Ciudad. Es un dirigente responsable que se puso al frente como todos nosotros de cuidar a la gente”, lo defendió, por ejemplo, “Juanchi” Zabaleta, el intendente de Hurlingham -uno de los preferidos del Presidente-, entrevistado por este medio.
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El viernes, el jefe de Gobierno volvió a sentarse al lado del jefe de Estado en el anuncio de extensión de la cuarentena tras los chispazos de tres fines de semana atrás, después de que Fernández habilitara a las salidas diarias de una hora sin el consentimiento de Rodríguez Larreta o de Axel Kicillof, que telefoneó sorprendido a su colega porteño apenas el Presidente terminó el anuncio.
La vuelta del alcalde a la foto oficial de Olivos sacudió su equilibrio interno. Abrió grandes los ojos, incómodo, y miró a Santilli y a su jefe de prensa, sentados entre las primeras filas del salón de conferencias, mientras el Presidente empezaba a enfatizar en la “mentira” de los que “convocan al descuido” y privilegian la economía. “No me van a torcer el brazo”, dijo Fernández. No los mencionó. Pero se refería al economista Alfonso Prat Gay. También a Pichetto. Y en especial a Bullrich.
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A Rodríguez Larreta, por el contrario, lo llamó más de una vez por su nombre de pila: “Horacio”. Le tocó el brazo dos veces. Kicillof lo mencionó como “el jefe de Gobierno”.
Alberto Fernández sabe que el PRO, y Cambiemos, atraviesan pasajes de profundas discusiones internas. El Presidente aprovechó la excusa válida de la responsabilidad de coordinar esfuerzos ante una crisis devastadora y excepcional con las administraciones de la Ciudad y de los municipios bonaerenses de la oposición para patear el hormiguero opositor.
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El jefe de Gobierno se siente más a gusto con los intendentes del Gran Buenos Aires, con María Eugenia Vidal, Cristian Ritondo y Emilio Monzó o Rogelio Frigerio -le dio lugar en su gobierno a varios de los colaboradores del ex ministro del Interior-. Pero necesita no descuidar el vínculo con el sector más radicalizado de su espacio, que refleja a una buena porción de sus votantes.
Con Elisa Carrió, por su parte, no se ve hace tiempo: la fundadora de la Coalición Cívica no sale de su chacra bonaerense de Exaltación de la Cruz porque su estado de salud es una tentación para el virus. Pero tuvo que explicarle y escuchar la furia de la ex diputada por teléfono por los escándalos en torno a la fallida compra de barbijos a precios exorbitantes y la contratación de hoteles. Y aceptar a regañadientes los pedidos de informes y auditorías de los dirigentes de la CC.
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Mientras, transita una crisis sin precedentes en todas sus variables. La semana pasada, horas después de almorzar con Pichetto, consiguió la aprobación de la ley de emergencia económica que lo faculta a reasignar partidas para hacerle frente a la pandemia. No tuvo los votos del Frente de Todos. También es la primera vez que Rodríguez Larreta tiene problemas de presupuesto.
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