
Dos funcionarios con terminal directa o indirecta en Cristina Fernández de Kirchner –Sergio Berni y Sabina Frederic- quedaron enfrentados por sus posiciones en materia de Seguridad. Pero además, las críticas del ministro bonaerense a la ministra nacional generaron una tensión inesperada a tan pocos días de gestión, al punto que debió intervenir Alberto Fernández y luego se ordenó silencio para detener la escalada. De hecho, el tema de la seguridad también está plantado en la pulseada del Gobierno con Horacio Rodríguez Larreta por la poda de la coparticipación. Se trata de actores centrales en un área muy sensible: la Nación, la Provincia y la Ciudad están obligados a coordinar políticas en ese terreno.
La Capital y el Gran Buenos Aires comparten problemas que no discriminan entre uno y otro territorio. Los dos distritos vienen siendo acompañados por fuerzas federales, no únicamente frente a delitos complejos sino además en despliegue territorial con aporte numeroso de efectivos. Por ahora, dicen, las diferencias de color político no habrían afectado las tareas y la coordinación funcional, pero está claro que el esquema político de hace apenas poco más de un mes ya no existe. Hay expectativas e inquietudes nuevas, alentadas ahora por los cruces señalados.
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Durante los cuatro años macristas, hubo gestiones monocolor en los tres ámbitos –nacional, bonaerense y porteño-, lo que en sí mismo no constituía garantía de éxito pero era presentado como base de un esfuerzo conjunto. Algunos gobernadores peronistas se quejaban entonces porque sostenían que las fuerzas de seguridad nacionales –en particular Gendarmería- tenían insuficiente presencia en sus provincias porque privilegiaban el área metropolitana.
El nuevo esquema expone dos colores aunque con algunas dudas. Linealmente, el Frente de Todos en Nación y Provincia, y Juntos por el Cambio en Capital. Pero ocurre que el mayor crujido público se produjo en el oficialismo nacional, entre Berni y Frederic, mientras el ajuste de las cuentas apunta a restarle unos 35.000 millones de pesos a la Ciudad. Podría ser discutido el porcentaje dispuesto hace casi cuatro años por Mauricio Macri en función del traspaso de la Policía –lo discute de hecho Alberto Fernández- pero está claro que la poda afectaría recursos sustanciales para la seguridad porteña. El interrogante es cómo cubrir ese desfinanciamiento.
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En medios del Gobierno nacional y de la Ciudad destacan que las conversaciones sobre el recorte habían comenzado antes de que la Casa Rosada dejara trascender los términos que busca imponer en esta pulseada. Es sabido que hay canal directo entre Alberto Fernández y Rodríguez Larreta, y también que funciona el diálogo por vía del ministro Eduardo “Wado” De Pedro. Es más: dicen que ya había comenzado el intercambio a nivel de técnicos en hacienda y presupuesto. Lo que habría sorprendido es el nivel de la baja pretendida: no menos de un punto de coparticipación. Se verá en breve si es un planteo de máxima para ir apurando el desenlace.
Aún así, los informantes buscan ser cautelosos. No se escuchan las palabras más belicosas de dirigentes de una y otra vereda, aunque nadie oculta el trasfondo político de la disputa. Con todo, se cuidan de señalar que el cambio de gestión no ha producido hasta ahora cambios sensibles en el “terreno operativo”. Dicen que trabajaron coordinadamente en casos conocidos –como el de la banda que atacaba y robaba a turistas extranjeros- y que no hay por ahora señales de alteraciones en cuanto al despliegue conjunto de fuerzas en el área metropolitana, salvo un asunto funcional y menor en Puerto Madero con cierto repliegue de Prefectura.
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En palabras de alguien que estuvo en gestiones nacionales y locales, lo ideal sería no “partidizar” el rubro de la seguridad. Lo llamativo es que las asperezas con algún sustrato ideológico surgieron en el frente doméstico del oficialismo.
El cruce entre Berni y Frederic fue inesperado por el poco tiempo de gestión transcurrido, y curioso si se quiere por los posicionamientos internos. Es difícil analizar el tema según casilleros ideológicos lineales, hasta rústicos. Pero ocurre que descolocó algunas prevenciones, sobre todo en el kirchnerismo duro o más asociado a cierto progresismo: según esa mirada, habría que esperar y digerir gestos “conservadores” de Alberto Fernández. En este capítulo, sería al revés, en respaldo de su ministra.
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Ese podría ser el cuadro si se simplifica el análisis como una confrontación entre “garantistas” y “mano dura”. En cambio, las señales sugieren complejidades mayores en el tablero del poder interno. Y no alcanzaría con los trascendidos que explican la contención de los cruces como un modo de sacar el tema del centro de la atención pública para que Axel Kicillof ponga en caja a su ministro. Nada indica que la cuestión sea agotada en el gobernador.
En rigor, el armado del gabinete provincial respondió al blindaje acordado con CFK. Kicillof se reservó para hombres propios la jefatura de ministros, la secretaría general, el área legal y las carteras vinculadas a la economía. La ex presidente coronó Seguridad, Justicia y rubros menos visibles. Algunas plazas fueron reservadas al peronismo kirchnerista y a Máximo Kirchner. Poco y algo en la Legislatura para los jefes locales.
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Berni responde sin intermediarios, y lo ha dicho, a CFK. Y Frederic está vinculada por otra vía a la ex presidente, con relaciones mediadas en todo caso por Nilda Garré y el Cels, aunque también cercana al equipo “albertista”. Por esos canales fue potenciado el mensaje de respaldo presidencial a su ministra.
Como se mire, asoma nítido que no habría salida para este conflicto si eso es presentado como un resultado con ganadores y perdedores. La ex presidenta se encontró con este cuadro a su regreso de Cuba. Difícil pensar que tome alguna decisión que pueda ser interpretada como una derrota personal. El interrogante es si el silencio puede ser sostenido como expresión de equilibrio.
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