
El 18 de noviembre de 2001, Fernando de la Rúa tuvo una bilateral urgente con George Bush en el Waldorf Astoria de New York para pedir apoyo económico y financiero, pero el presidente de los Estados Unidos nunca entendió su mensaje: De la Rúa habló mucho de los "limones nacionales", repudió los ataques terroristas ejecutados por Al Qaeda y mencionó la crisis que protagonizaba. Bush lo miró, posó frente a los fotógrafos con gesto amable y se fue. Nunca más lo vio como presidente argentino.
Ese fue su último viaje al exterior. De la Rúa estaba ausente, apagado. Ya había renuncia Carlos "Chacho" Álvarez, y el poder institucional se le escurría entre los dedos. El arzobispo Jorge Bergoglio acompañaba desde la Catedral, mientras la clase política y ciertos empresarios contaban las horas y conspiraban en un hotel americano de la avenida Córdoba.
El Presidente de la Alianza siempre se sintió sólo, y le costaba entender los ritos del poder. A su lado estaba su familia (Antonio, Aito, Inés Pertiné), sus funcionarios más leales (Darío Loperfido, Nicolás Gallo, entre otros), y los profesionales de siempre (Enrique "Coti" Nosiglia, Federico Storani y Rodolfo Terragno, por citar tres casos).

De la Rúa se sentía rodeado, acechado, espiado: hablaba poco con Ricardo Alfonsín, dudada de los consejos de Carlos Menem, sospechaba de Eduardo Duhalde. Y cuando perdió las elecciones de medio término, una imagen vino a su mente formada por los clásicos del derecho y la historia de Occidente: Roma en llamas.
El gobierno de la Alianza fue un choque de culturas políticas. Álvarez hablaba con los medios, entendía la rosca del poder y subestimaba al Presidente. De la Rúa se sentía arrollado por la agenda institucional y sus reflejos políticos eran del siglo XX, cuando un nuevo milenio se le acercaba a la velocidad de la luz.
Nunca supo salir de la trampa de la Convertibilidad, los viajes al exterior eran un rito geopolítico que apagaba aún más su sonrisa melancólica y cuando regresaba a Buenos Aires debía lidiar con los restos de la Alianza, que se movían a su ritmo y a sus intereses de coyuntura.
Al otro lado de la trinchera se agazapaba el peronismo. Hugo Moyano, Duhalde, Scioli, los hermanos Rodríguez Saá, los bloques parlamentarios, los intendentes del conurbano, y ciertos empresarios y banqueros y que preparaban el epitafio.

La opinión pública tenía a De la Rúa como un presidente dormilón, aristocrático, lejano, sin pasión y con escasa capacidad para comunicar sus ideas y sus sentimientos. El presidente radical contribuyó para moldear esa imagen abúlica, que se terminó de descascarar con las presuntas coimas en el Senado y su fallida participación en un show de Marcelo Tinelli.
"Vamos a dictar el Estado de Sitio", comentó el ministro Horacio Jaunarena a un joven cronista que pasaba todo el día en la Casa Rosada.
–Eso es el final del gobierno, si lo hacen, caen-, comentó el periodista.
Los dos estaban en una de las escaleras de mármol que llevan al despacho presidencial. Era el epílogo de la Alianza.
"Es lo último que podemos hacer. No hay más"–, se sinceró Jaunarena.
Al otro día, la Casa Rosada parecía un Titanic encallado frente a la Plaza de Mayo, que era escenario de una represión que se movía al compás de la guardia de infantería, los gritos de dolor y el ruido de las itacas cuando se artillaban.
–-¿Cuándo van a parar la represión?–, preguntó el cronista que había dormido en la Sala de Periodistas.
–No sé. Ya no estoy a cargo, renuncié–, contestó Ramón Mestre, que aparecía como ministro del Interior.
Bajaba la escalera de mármol con una caja repleta de expedientes.
–¿Y quién lo reemplazó?
–Nadie. No hay nadie.

De la Rúa ya no tenía el poder. Uno a uno sus amigos y funcionarios se abrazaban y lloraban en el despacho presidencial. El helicóptero había llegado.
En el piso, como una muestra arbitraria de la caída presidencial, había papeles tirados, mini escudos que se usaban en las solapas para exhibir el rango oficial, y unas fotos de archivo que se tomaron en épocas más benignas.
A pocas cuadras de allí, protegidos en unas oficinas con olor a glamour y poder, se preparaba la última coreografía para acceder a la Casa Rosada.
Un día más tarde del vuelo del helicóptero, De la Rúa regresó a Balcarce 50 para juntar sus últimos papeles y tomar un café con Felipe González. Fue una charla informal entre dos exjefes de Estado.
El poder ya estaba en otro lado: se había mudado al conurbano bonaerense, a Lomas de Zamora, adonde Duhalde movía los trebejos para alcanzar su propio sueño de poder.
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