
George H.W. Bush fue un maestro en política exterior. Conocía la lógica interna de la Guerra Fría y no dudó en aprovechar la caída del Muro de Berlín, invadir Panamá, lanzar la Guerra del Golfo y negociar con Boris Yeltsin cuando los restos Unión Soviética se habían convertido en peligrosas esquirlas para la seguridad internacional.
Pero George Bush padre era menos sensible a la agenda local y se confió en sus índices de popularidad: 80% antes de iniciar la campaña por su reelección presidencial en 1992. Bush estaba en la Casa Blanca, había derrotado a Saddam Hussein, y al otro lado había un joven demócrata que sólo podía exhibir su cargo de gobernador en Arkansas. Se llamaba Bill Clinton.
Clinton era astuto, y tenía un consejero electoral que era más astuto que él. Se llama James Carville, un antecesor old fashion de Jaime Durán Barba. Carville supo olfatear las aspiraciones y necesidades de la sociedad americana y propuso al candidato una frase que ya es un ícono del marketing proselitista: "Es la economía, estúpido".
Por ese entonces, la situación económica en Estados Unidos afectaba a la clase media y dejaba sin trabajo a la clase baja. Bush padre había jurado que no subiría los impuestos, pero al final quebró su palabra, incrementó los gravámenes y se negó a elevar el monto mínimo del seguro de desempleo.
El 3 de noviembre de 1992, con 44 millones de votos, Clinton derrotó al presidente Bush, que obtuvo 39 millones de votos. De nada sirvió la invasión a Panamá, la Guerra del Golfo y su amistad personal con Yeltsin. Fue la economía, estúpido.

Acuerdo histórico
Desde que asumió como presidente, Mauricio Macri se propuso lograr el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. Macri remendó y fortaleció el Mercosur -después de la peculiar política exterior de Cristina Kirchner-, se apoyó en la influencia global de Ángela Merkel y utilizó su empecinamiento personal para construir una estrategia diplomática que le permitió llegar al cónclave de Bruselas.
Ese cónclave en la sede de la Unión Europea, protagonizado por Jorge Faurie y un puñado de excelentes funcionarios argentinos, jamás hubiera pasado si Macri no hubiera trajinado su teléfono celular conversando con sus colegas de Francia, Emmanuel Macron, y España, Pedro Sánchez, así como las principales autoridades de la Comisión Europea.
El presidente argentino hizo un tándem imprevisto e inédito con Jair Bolsonaro, convenció a Macron de que jugaba en las sombras con el chauvinismo francés y aseguró a su mejor amigo en la Casa Blanca que un eventual acuerdo Mercosur-UE no afectaría los intereses americanos en la región.
Estos pasos estratégicos, sumados a la intención de la UE de superar con este acuerdo el trago amargo del Brexit, hicieron que la prepotencia diplomática de Macri terminara desembocando en un tratado bilateral sin antecedentes en la historia moderna de las relaciones exteriores.
En la tarde de Osaka, madrugada en Buenos Aires, un connotado miembro del gabinete nacional aseguraba a Infobae que el acuerdo histórico de Bruselas implicaba un nuevo relanzamiento de la figura presidencial a pocas semanas del comienzo oficial de la campaña electoral.

La argumentación se apoyaba en ciertas situaciones ocurridas post cumbre del G20 en la Argentina. Por este evento internacional, Macri aumentó su imagen positiva tras meses de caída libre por la crisis económica. Y en este contexto, explican en las cercanías del Presidente, el acuerdo Mercosur-UE tiene asegurado un efecto institucional de más largo aliento.
Sin embargo, los éxitos en política exterior no pueden resolver los problemas económicos que se arrastran desde el primer crédito blando concedido por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Macri tiene las principales variables socioeconómicas en rojo –desempleo, pobreza, inflación-, y esos rojos son imposibles de mimetizar con el azul fulgurante que se usa oficialmente en la Cumbre del G20.
Además, el cierre de listas afectó el funcionamiento político de la maquinaria electoral puesta a disposición de Macri y su reelección presidencial. Marcos Peña y María Eugenia Vidal, avalados por Macri, ejecutaron una decisión política-electoral que transformó en variables de ajuste a Miguel Ángel Pichetto, Rogelio Frigerio, Nicolás Massot y Emilio Monzó.
El jefe de Gabinete y la gobernadora bonaerense privilegiaron a su propia tropa y postergaron a la mayoría de los dirigentes de Frigerio, Massot y Monzó, que perdieron casi toda la representación en la Cámara de Diputados.

Y en el caso de Pichetto, que recién llegó a Cambiemos, no pudo "colar" a ninguno de sus escuderos. Claudia Rucci terminó en las listas provinciales y su caso nacional de "filibusterismo" -Alberto Asseff– no sirvió para nada: José Luis Espert será candidato a presidente, pese a las maniobras políticas y judiciales que se hicieron en su contra.
El acuerdo histórico Mercosur-Unión Europea resalta la perspectiva diplomática de Macri, pero no alcanzaría para derrotar a la fórmula Fernández-Fernández. Es un tratado bilateral inédito que ya se convirtió en un legado de la administración Macri, a pesar de las críticas de Fernández y del ex ministro de Economía, Axel Kicillof.
Sin embargo, las dificultades económicas continúan y en la tercera sección electoral -pleno bastión peronista- están muy preocupados por el precio del pan y la leche. Bruselas queda lejos de la Matanza, y Osaka, más aún.
En este contexto, ciertos ministros y legisladores del oficialismo se muestran preocupados por el denominado "Síndrome de Bush", que en términos sencillos implica lo siguiente: "No se puede derrotar al kirchnerismo sólo con el prestigio internacional de Macri, y es fundamental aceitar una maquinaria electoral que recupere, en el terreno, los votos perdidos", explicó un miembro del gabinete nacional a Infobae.
"Es la rosca, estúpido", finalizó.
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