
La escalada electrizante del dólar sacude otra vez la política el Gobierno cuando recién arranca el extenso proceso electoral. La última muestra es la exposición directa del Presidente, haciendo eje en una parte del problema, los sacudones externos, sin aludir a las gravitantes debilidades locales. A este último rubro se refirió Marcos Peña, de manera parcial, invocando el factor electoral y el desafío del voto. El implícito del jefe de Gabinete pareció ser la disputa con Cristina Fernández de Kirchner. Y eso a su vez empieza a plantear un interrogante crítico para el oficialismo, además de su desgaste: ¿cómo polarizar sin riesgo de alimentar incertidumbres?
El dólar y la inflación son elementos asociadados naturalmente y convergentes en el rubro de costos políticos. Y su control, hasta ahora frustrado, es del mismo modo la línea más elemental, básica, que necesitaría para plantarse el oficialismo, sin mayores expectativas en otros elementos económicos palpables. Allí se realimenta el círculo que, según repiten analistas de mercados, incluiría al horizonte electoral como parte destacado del problema.
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De algún modo, Peña abordó ese tema ayer en el Senado, en la exposición de rigor como jefe de Gabinete, con cruces habituales y de campaña: poco espacio para reflexiones algo autocríticas. Reiteró el discurso de la dureza del camino para salir de la crisis y aunque colocó el tema también y sobre todo fuera del terreno propio, incluyó la política como ingrediente.

En síntesis, Peña habló de responsabilidades de "sectores económicos que agitan irresponsablemente soluciones mágicas" y fracasadas –expresión cuidada del malestar con sectores empresariales, según se escucha en medios oficiales- y después fue de lleno a la cuestión electoral: dijo que la voluntad de pago del país está en duda por su propia historia y que habría que convivir con el clima que esa generaría hasta que quede claro el mensaje del voto.
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Resulta claro que, al igual que muchas preguntas y dardos críticos de la oposición, todos exponían recursos de campaña. En esa línea, Peña recreó así la idea de la polarización, con el recurso de la advertencia sobre la gravedad que supondría un cambio de rumbo político en las elecciones. Y al mismo tiempo, colocó un motor de los riesgos en los interrogantes que plantea el proceso electoral.
Precisamente, el camino hacia las elecciones y la incertidumbre a la que aludió el jefe de Gabinete generan también una mirada más descarnada y reservada en círculos del Gobierno y, más lejos, entre sus socios. ¿Hasta dónde quedar atados al recurso de la polarización con la ex presidente casi como única estrategia? ¿Cómo hacerlo además cuando las elecciones están lejos y el panorama está cruzado por cálculos y especulaciones de todo tipo?
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Las preguntas son más crudas cuando se evalúa que el proyecto de reelección es competitivo pero se advierte que nadie tiene atado el resultado. Esto último, extendido en el circuito económico y sobre todo en la lógica de las apuestas de mercado, podría en duda la polarización extrema como único recurso. "¿Para qué asustar todo el tiempo con el fantasma de Cristina?", se pregunta una fuente. Habla de cuidar el tema al menos en momentos de mayor tensión con el dólar, porque podría tener un sentido contraproducente: la retroalimentación del circuito que combina incertidumbre política, dólar y precios.

Por supuesto, eso no significaría alentar la disputa con un tercer participante. Esa sensación quedó instalada con la ráfaga de declaraciones –Presidente y ministros- que pusieron en foco a Roberto Lavagna. No está claro si fue algo planificado, pero sí que fue motivo de conversaciones en los principales despachos del Gobierno para acotarla.
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El recorrido que viene además de complejo, es largo. Hay tiempo y preocupaciones suficientes para seguir alimentando cuentas y especulaciones. Las mayores, giran en torno de Buenos Aires, con un cálculo persistente: cuánto puede María Eugenia Vidal tirar hacia arriba a Macri, y cuánto puede traccionar la ex presidente a su candidato a gobernador. Son tensiones cruzadas. Alimento además para quienes al menos en el plano hipotético puntean la alternativa de un plan B.

Esas especulaciones pueden subsistir en el almanaque electoral, formalmente, hasta junio. Será el momento de anotar las listas. Además, los tres primeros domingos de junio están anotados para elecciones locales en diez de las quince provincias que decidieron adelantar los comicios. Será un mes denso.
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Los tiempos de la economía son otros. En lo inmediato, un foco está puesto en el viernes de semana que viene, a la espera de la reunión del FMI que dará paso al nuevo desembolso de dólares. Y se estira algo más pensando en las liquidaciones del campo. Es un día a día intenso, difícil también para el laboratorio de campaña.
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