Ansiedad en adolescentes: cuándo consultar, cómo acompañar desde la familia y qué señales pueden mostrar que necesita ayuda

Cambios en el sueño, irritabilidad, aislamiento y rechazo escolar pueden indicar que un joven atraviesa un malestar que necesita acompañamiento profesional

Durante una emisión en el estudio de Exitosa Noticias, una psicóloga educativa habla acerca de la ansiedad en los adolescentes. En la conversación se abordan temas vinculados a las conductas violentas en entornos escolares, el impacto del entorno familiar y la importancia de la crianza en el desarrollo socioemocional de los jóvenes.
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La psicóloga y magíster en Psicología Educativa Reina Garbich advirtió que la ansiedad en los adolescentes requiere intervención cuando altera la vida cotidiana y supera la capacidad de respuesta del joven. El problema puede expresarse con aislamiento, irritabilidad, abandono de actividades habituales y dificultades para sostener la asistencia a la escuela.

La ansiedad forma parte de las respuestas emocionales ante situaciones de exigencia, como rendir un examen, postular a un empleo o enfrentar una tarea que parece exceder las propias capacidades. Esa reacción puede ayudar a anticipar desafíos y preparar una respuesta, siempre que no impida desarrollar las rutinas diarias.

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La preocupación aparece cuando el malestar se vuelve persistente y limita áreas centrales de la vida del adolescente. Si deja de concurrir a clases, evita encuentros con amigos, abandona actividades que disfrutaba o no logra cumplir responsabilidades habituales, la situación requiere una evaluación que permita identificar qué factores están detrás de ese cambio.

Durante una transmisión en la cabina de Exitosa, una especialista en salud mental y la conductora del espacio dialogan sobre la manifestación y el tratamiento de la ansiedad en la etapa adolescente. En la entrevista se abordan temas como el rol del entorno familiar, la identificación de síntomas físicos y emocionales, la importancia del acompañamiento continuo y la aplicación de terapias cognitivo-conductuales.

Los cambios en el sueño, el cuerpo y el ánimo pueden alertar sobre un desborde

Los trastornos del sueño, la falta de apetito, la caída del cabello, el hábito de morderse las uñas y los dolores de cabeza o cuello pueden ser algunas manifestaciones físicas asociadas a la ansiedad. También pueden aparecer reacciones emocionales, como llanto frecuente, irritabilidad, temor ante actividades habituales o una actitud defensiva frente a familiares y docentes.

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Garbich señaló que estas manifestaciones deben observarse en conjunto y dentro de la vida cotidiana de cada adolescente. Un dolor de cabeza aislado o una noche de insomnio no permiten establecer por sí solos que existe un problema de salud mental, pero la repetición de síntomas y su impacto sobre las actividades diarias pueden mostrar que el joven atraviesa una situación que lo sobrepasa.

“Ya son señales que esta ansiedad que es natural y que todos sentimos está sobrepasándolo”, explicó la especialista. La profesional remarcó que restar importancia a esos indicadores puede demorar la consulta y favorecer que el adolescente se encierre, pierda interés por sus vínculos o deje de pedir ayuda a los adultos de su entorno.

Una mujer y un adolescente sentados a una mesa de madera con una taza, una libreta, un bolígrafo y una mochila escolar en una silla.
Una mujer escucha a un adolescente sentado frente a ella en la mesa de la cocina durante un momento de diálogo en el hogar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La continuidad de la terapia permite trabajar el origen del malestar

El tiempo de tratamiento no es igual para todos los casos. Depende de las situaciones que hayan desencadenado la ansiedad, de la historia personal del adolescente, de su entorno familiar y escolar, y de la frecuencia con la que pueda asistir a las consultas. Garbich estimó que una intervención suele requerir, como mínimo, tres meses de seguimiento constante.

La psicóloga comparó las interrupciones prematuras del tratamiento con abandonar una medicación apenas disminuyen los síntomas iniciales. Algunas familias suspenden las consultas cuando observan una mejora y retoman el contacto con el profesional solo después de una crisis, un episodio de llanto, una reacción de enojo o el rechazo del adolescente a ir a la escuela.

La atención terapéutica se concentra, entre otros aspectos, en la forma en que el joven interpreta sus recursos y los desafíos que enfrenta. Un adolescente que piensa que no podrá resolver una tarea, que se siente inferior a sus pares o que teme equivocarse puede reforzar su inseguridad y evitar situaciones que le generan tensión. El enfoque cognitivo conductual busca revisar esas ideas y favorecer respuestas más funcionales a mediano y largo plazo.

Escritorio de madera con una lámpara encendida, un reloj digital, un cuaderno abierto, un lápiz, un vaso con agua, un plato de comida y una mano.
Los objetos cotidianos sobre un escritorio ilustran la acumulación de señales vinculadas a la alteración del sueño, la tensión y las dificultades escolares. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La ansiedad puede convivir con reacciones defensivas o conductas agresivas

La ansiedad en adolescentes no equivale de manera automática a depresión, aunque un malestar sostenido puede derivar en cuadros depresivos. También puede expresarse a través de reacciones agresivas, desafíos a las figuras de autoridad o respuestas defensivas ante observaciones que el joven percibe como críticas.

Para Garbich, esas conductas requieren una lectura que no se limite a la sanción inmediata. La irritabilidad, la hostilidad o el aislamiento pueden estar vinculados con un sentimiento de incapacidad, con temor a fracasar o con dificultades para expresar lo que ocurre. La intervención profesional permite distinguir entre conflictos puntuales y señales que requieren un acompañamiento más sostenido.

El objetivo no consiste en eliminar toda preocupación o evitar que los adolescentes enfrenten exigencias. La escuela, los vínculos y las responsabilidades forman parte de una etapa de cambios personales y sociales. El desafío consiste en brindar herramientas para que puedan reconocer sus emociones, pedir ayuda y afrontar las dificultades sin que el malestar desorganice su vida cotidiana.

Un joven sentado en una cama, una mochila en el suelo, una mesa con un cuaderno y teléfono, y un adulto de pie en el marco de la puerta.
Un joven sentado en el borde de su cama y un adulto en el umbral de la puerta ilustran el distanciamiento en la adolescencia y el acompañamiento familiar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los adultos deben revisar cómo resuelven los conflictos dentro del hogar

La intervención tampoco debe quedar restringida al adolescente si en la familia predominan formas agresivas de comunicación. Garbich indicó que algunos jóvenes llegan a consulta por observaciones de la escuela, pero luego relatan que sus padres también reaccionan con gritos, insultos o actitudes violentas frente a los conflictos.

Los adultos funcionan como modelos de conducta y necesitan revisar cómo establecen límites, cómo corrigen y qué respuestas ofrecen ante una conducta inapropiada. Según la especialista, la violencia no es una herramienta de disciplina. Humillar, maltratar o golpear a un hijo no corrige el problema y puede reforzar formas de relación basadas en el miedo o la agresión.

La psicóloga vinculó parte de la violencia entre pares con prácticas que pueden normalizarse durante la crianza, como las burlas, los insultos y la ausencia de consecuencias ante comportamientos dañinos. El diálogo, los límites claros y firmes, y el fortalecimiento de la autoestima aparecen como recursos para la convivencia escolar, un espacio donde los adolescentes pasan entre siete y ocho horas al día con sus compañeros.

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