
Agustín Lizárraga llegó a Machu Picchu el 14 de julio de 1902, nueve años antes que Hiram Bingham, grabó su apellido en carbón sobre una pared del Templo de las Tres Ventanas y murió ahogado en el río Vilcanota sin que ninguna autoridad peruana lo reconociera en vida. Su nombre fue fotografiado, anotado en un diario y luego borrado por orden del mismo hombre que el mundo recuerda como el descubridor de la ciudadela inca.
Esta es la historia no contada del agricultor cusqueño que se adelantó al mundo.
Nacido el 12 de junio de 1865 en Mollepata, provincia de Anta, Cusco, Lizárraga tenía 18 años cuando él y su hermano Ángel Mariano abandonaron su tierra natal para escapar del ejército, que los buscaba para enrolarlos en sus filas. Ambos se establecieron en el valle de Aobamba, en el departamento de Cusco. A fines del siglo XIX, el comercio entre Quillabamba y Cusco prosperaba: la principal ruta para los arrieros que transportaban café y hojas de coca seguía el curso del río Urubamba. Los Lizárraga se instalaron estratégicamente en la mitad de ese camino, cerca del puente San Miguel y en la zona de Intihuatana, donde cultivaron hortalizas, maíz y granadilla.
PUBLICIDAD
Con el tiempo, los hermanos se convirtieron en los mejores agricultores de la zona. Su reputación los llevó a conocer a la familia Ochoa, hacendados dueños de tierras cercanas a lo que hoy es Machu Picchu. Agustín comenzó a trabajar para ellos en la hacienda Collpani. El Estado también lo reconoció: el Ministerio de Transportes lo designó cobrador de impuestos y administrador de todos los puentes entre Cusco y Quillabamba.

El día que Lizárraga encontró la ciudad de piedra
El 14 de julio de 1902, Agustín Lizárraga organizó una expedición en busca de nuevas tierras para el cultivo. Lo acompañaron su primo Enrique Palma, administrador de la hacienda Collpani; Toribio Recharte, peón de Lizárraga; y Gabino Sánchez. Caminaron durante horas entre la maleza, a unos 2.453 metros sobre el nivel del mar, hasta que unos muros de piedra los detuvieron.
PUBLICIDAD
Lizárraga era conocido en la zona por su destreza para “trepar los lugares más inaccesibles” y “desafiar todos los obstáculos”. Ante lo que vio, intuyó que el lugar podía tener un valor. Tomó carbón e inscribió su apellido y el año en una de las piedras del Templo de las Tres Ventanas: “A. Lizárraga 1902”. Según el libro Agustín Lizárraga: el gran descubridor de Machu Picchu, del investigador Américo Rivas Tapia, fue la primera vez que alguien documentó su presencia en la ciudadela en tiempos modernos.
Al bajar, Lizárraga y sus compañeros contaron lo que habían visto. Señalaron que la ciudad parecía haber sido abandonada de un momento a otro, un misterio que no tiene resolución hasta hoy. Al año siguiente, Lizárraga comprobó que las tierras de la ciudadela eran aptas para el cultivo y mandó a las familias de Toribio Recharte y, posteriormente, de Anacleto Álvarez a establecerse allí.
PUBLICIDAD
Entre 1904 y 1905, José María Ochoa Ladrón de Guevara, hijo del dueño de la hacienda Collpani, persuadió a Lizárraga para que informara del descubrimiento en Cusco. Lizárraga aceptó, aunque temía perder su “explanada fértil y abundante en producción”, a cambio de nuevas tierras en Collpani Grande. Ochoa comunicó la noticia a destacados intelectuales, entre ellos su hermano Justo Antonio Ochoa Ladrón de Guevara, quien a su vez informó a profesores de la Universidad San Antonio Abad del Cusco y al rector Alberto A. Giesecke. La popularidad de las ruinas creció entre los pobladores de la zona: en 1904, la familia Ochoa organizó una excursión y permitió que algunos vecinos subieran a conocerlas.

Lo que Bingham encontró, anotó y luego borró
El 25 de julio de 1911, Hiram Bingham llegó a Machu Picchu ayudado por guías locales. Pasó aproximadamente cinco horas en el lugar, registró lo que veía con su cámara Eastman Kodak y realizó bocetos de los espacios que recorría. En uno de esos dibujos, correspondiente al Templo de las Tres Ventanas, quedó visible la inscripción que Lizárraga había dejado nueve años antes.
PUBLICIDAD
Al día siguiente, el 26 de julio de 1911, Bingham escribió en su diario: “Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu”. La entrada también consignaba que Lizárraga “vive en el puente de San Miguel, justo antes de pasar”. Su primer libro, Inca Land, publicado en 1922, mencionó lo que “estuvo escrito” en una de las rocas del templo. Sin embargo, en su segundo libro, La ciudad perdida de los incas, publicado más de treinta años después, ese detalle desapareció por completo.
En algún momento durante las excavaciones que Bingham dirigió en 1912, ordenó borrar la inscripción de Lizárraga. La justificación oficial fue la conservación del sitio. Bingham contó con el respaldo del presidente estadounidense William Howard Taft, del presidente peruano Augusto B. Leguía, de la National Geographic y de la Universidad de Yale para dar a conocer el hallazgo al mundo bajo su propio nombre.
PUBLICIDAD

El hombre detrás de la inscripción
Décadas después de la muerte de Lizárraga, un equipo de periodistas publicó en el diario El Sol del Cuzco un aviso que pedía a los descendientes de quienes participaron en la expedición de Bingham que se presentaran en un café de la Plaza de Armas del Cusco. Nadie esperaba respuesta. Antes de que terminara diciembre de 2007, una mujer llamó por teléfono y dijo llamarse Sonia Lizárraga. La cita en el café Ayllu condujo al equipo a un lugar detrás del Huayna Picchu, la montaña que aparece en todas las fotografías clásicas de Machu Picchu.
Al otro lado del río Urubamba, accesible solo a través de una frágil canastilla que se deslizaba sobre la corriente, los esperaba Germán Echegaray Lizárraga: un hombre menudo, de cabello blanco y largo, que caminaba apoyado en una rama a modo de bastón y que a sus 90 años era la única conexión viviente con la historia de su tío abuelo. El abuelo de Germán fue Ángel Mariano, hermano mayor de Agustín.
PUBLICIDAD

Germán Echegaray Lizárraga mostró al equipo una fotografía de Agustín Lizárraga. El nombre borrado de Machu Picchu por fin tenía un rostro: un hombre de tez clara, camisa blanca, sombrero y bigote. Nada que ver con la imagen del campesino analfabeto que algunos autores habían construido. Rivas Tapia lo confirma en su libro: “Lizárraga no era un indio ignorante. Era un hombre instruido, que trabajaba en sus tierras de manera estacional”.
Germán Echegaray creció escuchando las historias que su abuelo le contaba sobre su hermano mayor: la llegada a la ciudad de piedra, la presencia del “gringo” Bingham, el trabajo que el explorador estadounidense les ofreció en las excavaciones. También contó que Lizárraga habría dejado dos cajones de madera llenos de objetos recogidos en Machu Picchu: tallados en piedra, cucharas y estatuillas de metal. Cuando la esposa de Agustín enfermó, reveló la existencia de esos cajones a su confesor, el cura de la iglesia de Santa Clara en Cusco. El sacerdote le aconsejó llevarlos al convento a cambio de inscribir en el altar mayor la frase: “En gratitud a doña Rosa Lizárraga”. Ese nombre también fue borrado del convento.
PUBLICIDAD

La muerte en el río y la teoría del crimen
Agustín Lizárraga murió en el río Vilcanota en febrero de 1912. Su cuerpo no fue hallado. Según el catedrático cuzqueño José Gabriel Cosio, el suceso ocurrió a las cuatro de la tarde cuando Lizárraga cruzaba un “puentecito peligroso” en dirección a sus campos de cultivo de maíz. Cayó al río. Lo acompañaba solo un niño, que dio la voz de alarma. Buscaron el cuerpo en una extensión de tres leguas sin resultado. Cosio escribió al respecto:
“¡Pobre Lizárraga! Ha muerto, como morirán veinte y treinta, y como habrán muerto cientos de personas, porque el puente de que me habla el señor Ochoa, y de los que hay varios en la extensión del Vilcanota, no puede llamarse tal. Son palos o vigas atadas con lazos y cordeles que se echan de una parte a otra del río sin muros ni sostén seguro.”
PUBLICIDAD
La versión oficial habla de un accidente. Pero en la familia Lizárraga circuló siempre otra historia. Rómulo Echegaray, sobrino de Germán, narró que Bingham habría contratado a Lizárraga para limpiar el sitio durante las excavaciones de 1912. Aquel día, según esa versión familiar, Bingham le habría ordenado bajar solo a Mandorpampa por provisiones, en una hora en que la luz empezaba a decaer, cuando ese trayecto siempre se hacía de a dos. Al día siguiente, cuando intentaron reconstruir lo ocurrido, encontraron que las sogas del puente no estaban deshilachadas, como sucede cuando una estructura cede por desgaste, sino cortadas. El propio Germán Echegaray admitió haber escuchado ese rumor en su familia: que Bingham habría querido deshacerse de Lizárraga.
La teoría no puede comprobarse. Los registros indican que en febrero de 1912, fecha de la muerte de Lizárraga, Bingham se encontraba en la Universidad de Yale, en New Haven, preparando la segunda expedición a Machu Picchu.

El patrimonio que tardó un siglo en volver
Durante las expediciones de 1912 y 1915, Bingham extrajo de Machu Picchu más de 46.000 piezas: vasijas, cuchillos de obsidiana, restos humanos, ornamentos, cerámicas, objetos líticos, artefactos metálicos y elementos orgánicos. Todas fueron enviadas a la Universidad de Yale bajo un acuerdo con el gobierno peruano que autorizaba el traslado por un período limitado, con el compromiso de devolución una vez estudiadas. Las piezas nunca regresaron durante casi un siglo.
La discusión se reactivó con fuerza en los años 2000. Luego de una campaña diplomática encabezada por el gobierno de Alan García, Yale accedió a la devolución en 2011, en tres entregas, cuando se cumplía el centenario del hallazgo de Bingham. Las piezas están hoy bajo la custodia de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco y pueden verse en el Museo Machu Picchu de la Casa Concha.

El reconocimiento que llegó tarde
En 2002, el entonces alcalde del Cusco Daniel Estrada presentó una moción ante el Congreso para solicitar el reconocimiento oficial, en nombre de la Nación, de Agustín Lizárraga, Gabino Sánchez, Justo Ochoa y Enrique Palma como los descubridores de Machu Picchu. La moción también proponía rendir homenaje por “perennizar —a la manera de la época— la presencia peruana en Machu Picchu, el 14 de julio de 1902”.
En julio de 2011, con motivo del centenario del hallazgo de Bingham, la Municipalidad Provincial del Cusco otorgó de manera póstuma a Agustín Lizárraga la Medalla Cien años de Machupicchu para el mundo, basada en sus “merecimientos y aportes al descubrimiento del Santuario Histórico de Machupicchu”.

Machu Picchu fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1983. En 2007 fue elegida una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo, junto con la Gran Muralla China, Petra, el Cristo Redentor, Chichén Itzá, el Coliseo y el Taj Mahal. Hoy recibe más de un millón de visitantes al año.
El nombre de Agustín Lizárraga no aparece en ninguna de esas placas.
Más Noticias
Lingotes de oro robados a balazos en Surco tenían como destino Turquía: el cargamento valía más de 600.000 dólares
El comandante general de la PNP, Óscar Arriola, no descarta que este robo tenga alguna relación con el asalto a un cargamento de oro en la Costa Verde a inicios del 2026

“Te tengo en la mira”: los mensajes con los que una banda de extranjeros extorsionaba a dueños de negocios en Huaycán
Mensajes intimidatorios advertían que los criminales conocían la rutina del comerciante y daban un plazo para entregar el dinero

Gratificación para trabajadores CAS en la última recta: Congreso presentaría ‘fórmula’ hoy
Luego de postergarse el debate dos veces, la Comisión Permanente presentaría el texto del dictamen para implementar ‘sosteniblemente’ la Ley 32563

Comando Sur apuntó contra Paolo Guerrero y le exigió aclarar polémica: “Queremos darle la oportunidad de hablar directamente”
Recientemente se difundió una comunicación del ‘Depredador’ en la que reclamaba por las acreencias del club ‘blanquiazul’

Los cruces confirmados de cuartos de final en Copa de la Liga 2026
Los encuentros de la próxima fase del torneo peruano ya están definidos y la competencia se reanudará en agosto

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD


