
En el Perú, el rendimiento escolar sigue midiéndose casi exclusivamente en notas, evaluaciones y resultados académicos. Pero hay una dimensión que permanece fuera del radar y que hoy se vuelve crítica: la salud emocional de los estudiantes. La ausencia de una formación en habilidades socioafectivas en las aulas no es solo un vacío pedagógico, sino un factor que puede agravar problemas de ansiedad y depresión desde edades tempranas.
Las cifras lo confirman. De acuerdo con el Ministerio de Salud (Minsa), el 29.6 % de los adolescentes peruanos entre 12 y 17 años presenta riesgo de desarrollar algún problema de salud mental o emocional. A ello se suma un dato aún más alarmante: solo en 2023, más de un millón de niños y adolescentes de entre 6 y 17 años fueron atendidos por episodios depresivos en los servicios de salud.
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En un escenario marcado por el impacto pospandemia, la presión académica y entornos sociales cada vez más complejos, especialistas advierten que la escuela no puede limitarse a transmitir contenidos. Formar estudiantes emocionalmente preparados es, hoy, una necesidad urgente.

Cuando la política no alcanza al aula
En los últimos años, el país ha dado pasos importantes en materia normativa. Iniciativas como el Plan Nacional de Salud Mental en Instituciones Educativas “Salud mental en tu cole” 2025–2026 o el Proyecto Educativo Nacional al 2036 reconocen la importancia del bienestar emocional en la formación escolar. Sin embargo, el desafío sigue siendo llevar esas políticas a la práctica cotidiana.
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Para Víctor Vásquez, coordinador de Bienestar y Tutoría de Innova Schools, la educación emocional ha dejado de ser un tema accesorio, aunque todavía no ocupa el lugar que debería. “La educación emocional es un ámbito relativamente nuevo en el sistema educativo y, si bien ha ganado visibilidad, todavía enfrentamos serias carencias en formación docente, recursos y mecanismos de evaluación”, señala.

El especialista recuerda que recién desde 2018 organismos internacionales como la OCDE y las evaluaciones PISA comenzaron a medir el bienestar socioemocional de los estudiantes. “Eso refleja que la preocupación por la salud emocional en la escuela es reciente, incluso a nivel global”, añade.
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En la práctica, la brecha entre el discurso y la realidad sigue siendo amplia. Las habilidades socioemocionales suelen concentrarse en espacios aislados, como tutorías o intervenciones puntuales de psicólogos escolares, mientras el currículo prioriza matemáticas, comunicación y ciencias. “Esa desconexión tiene consecuencias”, advierte Vásquez.
Un escudo preventivo que aún no se consolida
Diversos estudios internacionales coinciden en que una educación emocional sostenida puede actuar como un factor protector frente a la depresión, especialmente durante la adolescencia. Aprender a identificar emociones, pedir ayuda, establecer límites y reconocer redes de apoyo puede marcar la diferencia antes de que el malestar derive en un problema clínico.

Países como Finlandia o Japón han incorporado estas habilidades de manera transversal en el currículo escolar, involucrando no solo a estudiantes, sino también a docentes y familias. En el caso finlandés, programas como KiVa —enfocado en la prevención del acoso escolar— se han convertido en referentes por su impacto medible en la convivencia y el bienestar estudiantil.
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En contraste, en el Perú, la falta de un liderazgo institucional claro limita los resultados. “Se necesita una estructura que articule, evalúe y financie programas socioemocionales como un eje central del sistema educativo, no como un complemento”, sostiene Vásquez.
Los desafíos que vienen
Mirando hacia adelante, el especialista considera que el próximo gobierno deberá asumir retos concretos: fortalecer la formación docente en habilidades socioemocionales, incorporar indicadores de bienestar en las evaluaciones nacionales y ampliar los recursos destinados a la tutoría escolar.
Otro punto crítico es el bienestar del propio docente. “Un profesor emocionalmente agotado difícilmente puede contener o acompañar a sus estudiantes. Es urgente hablar de cargas horarias equilibradas, espacios de apoyo institucional y cuidado emocional del educador”, remarca.
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Más allá de la prevención, invertir en educación emocional tiene un impacto a largo plazo. Autoconciencia, manejo del estrés, capacidad de pedir ayuda y resolución pacífica de conflictos son habilidades tan esenciales como aprender a leer o sumar.
“El Perú no puede seguir dejando estos aprendizajes al azar”, concluye Vásquez. “Si queremos generaciones más estables, empáticas y preparadas para enfrentar los desafíos de su vida, la educación emocional debe dejar de ser una promesa y convertirse en una prioridad real”, concluyó.
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